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En la piel de su brazo se notan rastros del esparadrapo con el que le fijaron una bránula. No hace ni 24 horas que Martha Guerrero salió del Hospital “Bertha Calderón” donde recibió la segunda de las seis sesiones de quimioterapia que espera le ayuden a eliminar los tres nódulos cancerígenos que apenas en mayo le detectaron en su seno izquierdo.

Aunque ya no siente pena por haber perdido todo el cabello, lleva la cabeza cubierta con un pañuelo, y viste una blusa roja sin mangas que deja ver su delgadez y las pequeñas marcas de los “pinchazos” en sus venas.

Explica que bajó bastante de peso, que ha sufrido vómitos y hay días que pierde el apetito por completo, y cuando logra comer, lo hace porque sabe que necesita energías que le den fuerzas para no entregarle fácil su vida al cáncer.
Martha ha rechazado la posibilidad de que quirúrgicamente le extirpen el mal que se enraizó en su mama izquierda. Su decisión no la motiva la vanidad, sino el dolor y la angustia que le estruja el alma cuando repasa su calvario, luchando contra la enfermedad.

Es la segunda vez que el cáncer entra en el cuerpo de Martha.  Hace nueve años, luego de mucha insistencia, los doctores pudieron detectarle un tumor que ameritó una mastectomía radical en su seno derecho.

“Si voy a morir, no quiero que me sigan mutilando”, logra expresar deshecha en lágrimas, luego de hora y media de haber relatado con impresionante serenidad cómo el cáncer apareció en su vida, y como cual avalancha arrasó sin piedad todo y lo mejor que tenía: le arrebató sueños, la hizo descartar metas, le ha opacado el placer de ver a su única hija convertirse en una profesional, afectó su relación, y tiene herida a su familia entera.  

Martha no suelta la fe, se agarró de ella, la cultiva, y cada vez que el dolor la desmorona le llora a Dios, no le reclama ni se queja, solo le dobla sus rodillas y se pone en sus manos, porque “a estas alturas del partido” solo quiere paz.

Tampoco busca culpables, no le recrimina a nadie su realidad, solo quiere vivir el tiempo que los planes del creador dispongan. Eso sí, está dispuesta a darle batalla al cáncer.

Martha se enjuga las lágrimas, respira hondo como para cargarse de coraje,  luego de desahogarse sobre cómo le corroe el alma que después de esforzarse tanto para sacar adelante a su familia, y justo cuando estaba lista para comenzar a buscar un mejor porvenir, cuando pensaba que ya lo había superado, el cáncer la volvió a atacar con una gran ferocidad, pero “no me voy a rendir”, dice retomando el temple.

El recuento de su vida
Era el año 2000. Martha, con 29 años, y un esposo dos años mayor, con el que a pesar de las limitaciones económicas se acoplaba de lo mejor, solo se enfocaba en encontrar la manera de sacar adelante a su pequeña, entonces de ocho años.

Un día, bañándose en una piscina, rozó el seno con su brazo derecho y sintió un gran dolor. Se exploró y detectó una pelotita, “como un nancite”. Solo si la tocaba le dolía, pero extrañamente los médicos no lograban palparla.

No sabe si llamarle mala suerte, negligencia o destino. Prefiere pensar que son los planes de Dios, pero increíblemente Martha, luego de insistirles a los doctores, segura de tener algo en el cuerpo que no era normal, logró que le  practicaran una biopsia por aguja fina, y dos veces el análisis  resultó negativo.

Siguió con el dolor, y así trascurrieron dos años durante los cuales fue a muchas citas, y como casi siempre la atendía un médico distinto, tuvo que relatar una y otra vez su historia, “porque antes al cáncer de mama no le deban la importancia que vemos ahora”, comenta.

La agria noticia
Finalmente le palparon el tumor y ordenaron una tumorectomía para extraer parte del tejido. Dos meses esperó por resultados.  

“Usted tiene cáncer”, fue el corto diálogo que una doctora sostuvo con ella para informarle su diagnóstico.

“¡Ay, Dios mío!, yo sentí como que me caía un balde de agua helada, y le dije: ¡No, no, no! Me puse a llorar y le pregunté: ¿Está segura de que soy yo?... ¿Usted es Martha Guerrero? Sí, le contesté. Entonces es usted, me dijo”, relató.

“Tardarse dos años para diagnosticarme fue demasiado largo. Pudieron hacerlo en menos tiempo y no darle chance al cáncer que se fuera extendiendo”, dice resentida.

Se negaba a operarse porque la médico le informó que le extirparían toda la mama. A Martha no le cabía en la cabeza la idea, y ante sus lágrimas, la doctora sentenció: “Bueno, pues, entonces alistá tu caja… así cruelmente me lo soltó”. Pensó en suicidarse, pero lo superó cuando una doctora le dijo que por una “chicha” no valía la pena ceder la vida.

Llegó la fecha de la operación y el cirujano decidió que solo retiraría el cuadrante donde estaba alojado el tumorcito.

“Bendito sea Dios que iluminó a este doctor y que no me va arrancar todo, decía yo”, pensó.

La cirugía salió bien y los análisis también. Martha tuvo que regresar pasado un mes y le informaron que no lo sacaron entero, que había bordes tumorales y había que operar. Fue cuando le retiraron la mama completa y también le aplicaron seis ciclos de quimioterapia y sesiones de radioterapia, que pudo costear gracias a la ayuda de la Asociación María Auxiliadora, AMA, que apenas iniciaba su labor de apoyo para mujeres que como ella no tenían posibilidades económicas de pagarse el tratamiento, sobre todo cuando hasta los hilos, el suero y todo el material de reposición tenía que proporcionarlo.

Por una nueva vida
En 2003 Martha fue declarada sana. Entonces quiso enfocarse en estudiar. Primero un curso de computación, pero luego pensó que necesitaba más para superarse. Quería ser médico, pero por la pobreza no pudo estudiar, y entonces optó por la Medicina Veterinaria, ya que los animales son otra de sus pasiones.  

Los últimos seis años y medio los dedicó a estudiar, en diciembre de 2010 defendió su tesis y en mayo, luego de recibir el título, decidió tomar un curso de manejo, pensando que eso le facilitaría el trabajo. En la última clase le comenzó un dolor de cabeza fuerte, que creyó era por tensión.

Pasaron los días y el dolor aumentó, y en los hospitales le diagnosticaron estrés. Ni un solo examen le mandaron, pese a su historial médico. El dolor ya no la dejaba ni levantarse de la cama, y de ver su sufrimiento una de sus hermanas decidió llevarla a consulta privada.

“¿Cree en Dios?”, le preguntó el doctor cuando ya tenía los resultados de la tomografía. Martha ya sabía que eso era la antesala de una pésima noticia.   

“Dele gracias a Dios por esos nueve años de vida extra que le dio el Señor, dele gracias a Dios por todo lo que ha hecho”, cuenta que le dijo el neurólogo, luego de informarle que tenía cinco lesiones tumorales en el cerebro.

Le ofrecieron operación, pero optó por un tratamiento de radioterapia, porque de lo contrario, le dijeron que máximo dos años podía vivir.  

Volvió al Hospital “Bertha Calderón” y al Centro Nacional de Radioterapia, donde la radiaron por 10 días, lo que la hizo caer hospitalizada con muchos malestares. En ese proceso estaba cuando se descubrió un nódulo en la mama izquierda. Resulta que tiene tres.

Luego de dos de las seis sesiones de quimio que debe hacerse para atacar el cáncer en su seno, Martha se ha sentido mejor, siente el nódulo más grande reducido y los dolores de cabeza han disminuido, al menos ya puede dormir.

Repasando su historia, repite varias veces que esos dos años que perdió peregrinando fueron claves para que el cáncer se anidara en su organismo.

“Al inicio estuve frustrada, no sé cuántas veces detesté a quienes nunca pudieron detectar a tiempo el primer tumor”, revela.

Incluso a Dios le reprochó: “¿Por qué me dejaste estudiar, si no iba a vivir para disfrutar mi carrera? ¿Para qué me maté estudiando? Ahora tengo esto aquí (golpea los diplomas), pero no estoy produciendo y mi familia necesitaba esto”, expresa en un estado profundo de desconsuelo.

“He luchado para salir adelante como una loca, y a estas alturas del partido yo solo me aferro a Dios, a nadie más”, agrega esta mujer, que aceptó contar su historia esperando que su dura experiencia sensibilice a las mujeres sobre la amenaza que representa el cáncer de mama.

A su hija de 20 años la aconseja, le dice que se explore, que aprenda a conocerse, que si siente algo extraño le insista al médico, porque el cáncer de mama no discrimina, y seás negro, blanco, rico o pobre, te puede afectar.

“Tengo fortaleza, Dios me la ha dado, pero es duro… Yo no me estoy rindiendo en ningún momento. Yo si voy a morir voy a morir peleando”, expresa con admirable determinación.

Martha termina el próximo año las quimioterapias. Esta vez la enfermedad la obligó a cerrar un negocio de veterinaria que apenas comenzaba, y tuvo que sacar a su hija de la universidad, porque con su esposo sin empleo, no les alcanza el poco dinero que entra al hogar. Una vez pasada esta tempestad, sus planes se reducen a que su hija estudie y “tenga con qué defenderse”, por si ella falta.