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Es miércoles, el cielo a ratos se nubla y una brisa rala humedece el ambiente. Ese clima no es tan malo para quien espera que una de esas mujeres, la mayoría en batas, con rostros apesarados, y las cabezas cubiertas con pañuelos,  que se mueven por el par de pasillos del albergue del Hospital “Bertha Calderón” en Managua, se acerque y confíe su historia de batalla contra el cáncer de mama.

“Yo le voy a contar bien lo que estoy pasando”, dice doña María Martina Guido, quien se levanta de una de las bancas desde donde junto a otras pacientes ve pasar los días.

Desde el otro lado de una malla --que ya tiene grandes hoyos, probablemente hechos cuando las personas buscan la manera de entregar algo que necesita su enfermo y no pueden por el control y normas del hospital--, ella cuenta cómo desde el día que la diagnosticaron con cáncer en su seno, todo cambió.  

Tiene 59 años, es de Estelí, y para quien ha estado acostumbrada a trabajar desde “oscuro” en una fábrica de tabaco, acumular un mes recluida en Managua, sola, y a sabiendas que al menos deberá transcurrir un período igual para poder regresar a casa, no es cosa fácil. Se resigna, quiere sanarse, tanto, que ese sitio que desde afuera aparenta ser incómodo ya lo considera un hogar.

Por su edad, esta señora debía haberse realizado 19 mamografías. Lo ideal, según la gineco-oncóloga María Delma Mejía, es practicarse ese examen cada año a partir de los 40 años, etapa en que las mujeres aumentan el riesgo de padecer cáncer de mama.

Doña María Martina no sabía de mamografías. Del cáncer de mama “había escuchado”, pero nunca pensó que la podía afectar. Iba al médico por lo normal: una gripe, una calentura o el control de la diabetes que padece.

 

El cuerpo avisa… debemos conocernos
De repente sintió una picazoncita “en la mera punta del pezón”. Primer tratamiento médico: pomadas.  Pasaban los días y en uno de sus senos comenzó a notar pellejitos y una pequeña secreción de sangre.

De  acuerdo con la doctora Mejía, las mujeres debemos poner interés en conocernos, y eso incluye observarse en espejos y explorarse con frecuencia las mamas; así sabemos si “es suavecita por un lado y durita por otro”. Un pequeño cambio de coloración o de textura en la piel del busto, puede ser la señal con la que nuestro cuerpo nos está alertando de que algo anda mal.

Si el pezón se hunde y presenta secreciones, amerita “correr e ir donde el médico”, recomienda la especialista. Eso hizo doña María Martina, y le ordenaron la biopsia por aguja fina, que ayudó a detectar un cáncer de mama en etapa tres. Recuerda que andaba sola, y allí mismo la dejaron internada por ocho días en el hospital de Estelí.

Luego fue traída a Managua para recibir un tratamiento de quimioterapia que no le iba a costar un peso. Paso seguido: mastectomía radical.

De eso hace ya tres meses. Ha tenido sesiones de quimio y le falta completar otras de radioterapia.

“Uno queda con dolor (post operación), cuando llegué hace un mes venía muy inflamada. He soportado todas las pruebas”, expresa con pesar, pero con la certeza de que lo más duro ya lo vivió.

 

Aceptar la realidad sin reproches
“Dios me ha dado fortaleza”, añade, para contar que la pérdida de su seno la asimiló sin reproches. Es “mejor aceptar”, dice con su humilde y franco hablar.

De la atención médica no se queja, lo que le afecta --aunque verbalmente lo niega-- es el abandono de su familia. De los siete seres que parió y alimentó con ese pecho que ahora ve mutilado, solo una hija la visita y esporádicamente.
“Para poderme venir para acá me ha tocado hasta pedir”, se desahoga. Está dolida, porque ni su esposo “quiso hacerse responsable como otros maridos que vienen aquí (al albergue)”.

Pero como quien se pone una coraza contra el dolor del alma, doña María Martina asegura que realmente el único que no le falla y al que más necesita ha estado a su lado incondicionalmente: Jesucristo. “Él me tiene sana”, agrega, pero se ha sentido tanto con el asunto que decide: “Ya no quiero hablar más”, mueve la mano en señal de no dar más lugar a preguntas y se aleja.

Antes, doña Martina contó que no recibió acompañamiento psicológico, que es “fundamental” para estas mujeres que además del duro proceso que supone la enfermedad, son afectadas emocionalmente por la falta de apoyo de sus familias.

Según explica la doctora Indiana Talavera, el afecto de la familia es determinante ante una enfermedad como el cáncer, que físicamente deja “huellas” dolorosas.

 

¡Mujer de 40, alerta!
Si bien la condición de mujer es el principal factor de riesgo que se tiene frente al cáncer de mama, la edad es determinante, advierte la doctora María Delma Mejía. Entre los 40 y 60 años debemos activar todo un sistema de prevención, añade la experta, poniendo como referencia las investigaciones científicas en torno a esta enfermedad que a nivel mundial es la principal causa de muerte en la mujer.

Son más vulnerables quienes experimentan menstruación precoz y menopausia tardía, porque su período de exposición hormonal es mayor, explica la doctora Talavera, bajo la aclaración de que está en nuestras manos el diagnóstico temprano de la enfermedad.

Ambas expertas coinciden en que si bien el cáncer de mama no es la primera causa de muerte en la mujer como ocurre a nivel mundial, en Nicaragua se reporta un incremento alarmante de casos positivos.

Explican que eso se deriva de un incremento en el diagnóstico, pero también revela que la enfermedad está ganando terreno, y esto último lo relacionan con hábitos que parten por una vida sedentaria y una muy mala alimentación.