•  |
  •  |

Nicaragua es un polvorín dada la cantidad de armas de todo tipo en manos de civiles, y, principalmente, en estos momentos de convulsión política que se vive tras las elecciones, señala Mónica Zalaquett, Directora del Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev, quien además criticó la falta de políticas gubernamentales efectivas para reducir la violencia en las calles, las violaciones, la violencia intrafamiliar y el machismo que la impulsa.

Zalaquett, durante un conversatorio de medios, destacó que la violencia está en aumento, y ni en las calles ni en los hogares la gente, en especial mujeres, niños y niñas, tienen seguridad.

“En lo que va del año, en los 36 barrios que trabajamos se han registrado, por arma de fuego, 52 muertos, 158 heridos, y siete personas discapacitadas. Esto demuestra que todo lo que se absorbe de la cultura de la violencia y del machismo se está convirtiendo en realidad”, dijo la directora del Ceprev.

Señaló que en estos barrios hay mucho tráfico de armas, y tanto jóvenes como adultos tienen armas hechizas, pistolas y hasta subametralladoras, como las UZI, lo que es un polvorín.

Determinó la necesidad de cambiar esa cultura de violencia que nace en nuestros propios hogares con la violencia intrafamiliar, donde el máximo odio a la mujer se demuestra con el feminicidio. Hasta el momento, se recuentan al menos 80 mujeres muertas en lo que va del año, y se espera que haya un repunte al final del mismo. Igual, la violencia intrafamiliar sigue en aumento, desmitificando al hogar como el lugar más seguro, convirtiéndolo en uno de los sitios más peligrosos, en especial para las mujeres y las niñas.

Lo terrible de “acostumbrarse”

Por otra parte, Zalaquett subrayó que otro problema es el acostumbrarse a la violencia, y lo que antes causaba conmoción como el asesinato con saña contra una mujer o la violación de una niña, ahora se ve como algo normal, y solo se mira como un incidente más.

En el caso del aborto terapéutico que se solicita para una niña violada, dijo que hay grandes reacciones de algunos sectores religiosos y políticos, pero a ninguno de estos se les ocurre tomar acciones contra la violencia que sufrió esa niña, y mucho menos en el castigo hacia el delincuente que la embarazó. A esto le denominó complicidad.

Indicó la necesidad de una nueva cultura, la cual debe ser aplicada tanto a través de políticas estatales como por la propia familia, para reducir el sufrimiento tanto social como personal para hombres y mujeres.