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Su historia puede musicalizarse. O leerse con una música de fondo. Yo no he escogido esta música, solo el destino. Pancho Cedeño, sentado contra la pared tocando el piano. Dos jóvenes cantando. Suenan los tambores, el piano, la guitarra eléctrica… 1, 2, 3: “Y la carne que tienta/ con sus frescos racimos/ con sus frescos racimos/ y la tumba que aguarda/ con sus fúnebres ramos/y no saber adónde vamooos/ni de dónde venimos”.

La práctica debe ser interrumpida por unos cuantos minutos. Francisco Alberto Cedeño Maglione, 52 años, toma un descanso. De lejos aún se oye el poema de Darío: “Y sufrir por la vida/por la sombra/ y pooor”.

Este hombre jovial y amable, es el que dio vida a los “Apuntes del Tío Sam”, una de las canciones emblemáticas de los años 70, que aún se escuchan en las manifestaciones durante la celebración de la Revolución Sandinista, y que movió a centenares para derrocar a la dictadura somocista.

“Aquel pueblo está cansado de vivir siempre de esclavo, ya Sandino le dio su lección y si no se va aquí está mi brazo empuñando el fusil para darle su cachimba…”, decía el estribillo pegajoso de aquella tonada.

Cuando la compuso tenía 17 años y muchos deseos de contribuir a cambiar Nicaragua. A derrocar a un tirano. A vivir un futuro en paz. A heredar una patria libre a sus hijos. Así, pues, fue que tomó su gui-tarra, dejó el piano por un tiempo y se dedicó a cantar y a componer. Con otros jóvenes formó Pancasán.

Esas canciones y su época en Pancasán, dice, “representan una etapa de la lucha del pueblo. Son una faceta de la canción popular nicaragüense, son parte de acervo cultural y de la memoria histórica”.

Décadas después, sentado en un amplio auditorio de la Unica, universidad donde trabaja como profesor horario de música, teniendo de fondo el poema que escribió Darío en sus momentos de tristeza y muerte, y que sus alumnos cantan, Pancho Cedeño, como todos lo conocen, dice que lo más gratificante de esa etapa de su vida fue actuar en correspondencia con la Revolución.

“En aquella época se buscaron todas las formas de lucha posible, desde el que lo hacía a través de las armas, organizando y denunciando. Las canciones denunciaban la represión y le daban entusiasmo y esperanza a la gente”, comentó.

“Y te queda la satisfacción porque sí soy un convencido, que la Revolución fue un evento histórico. Te queda la satisfacción de decir: “Yo participé en uno de los eventos históricos más importantes de este país”.

Con su cotona y el cabello encolochado, largo, la guitarra en el hombro y una sonrisa de esperanza, sale retratado en las fotografías de los conciertos de Pancasán.

Pancho Cedeño se metió al Frente Estudiantil Revolucionario, FER, porque tenía la inquietud de contribuir a derrocar la tiranía somocista.

Quería ser sociólogo y estudiaba para ello, pero se quedó en el camino cantando, tocando piano y guitarra. Luchando, protestando.

Aquí su protesta hecha música: “Vamos haciendo la historia por lo nuevo que vendrá/
obreros y campesinos van combatiendo a la par/vamos haciendo la historia a fuerza de golpe y fusil/la clase obrera adelante construyendo el porvenir”.

Creció oyendo bossa nova
Tenía ocho años y era estudiante del Colegio Calasanz. A las cuatro en punto terminaba sus estudios y se iba a estudiar música a la vieja Managua, donde hoy es la Mansión Teodolinda.

“Empecé a estudiar música desde los ocho años. Me metí a estudiar solfeo, música. Me matricularon en la escuela porque les gustaba que tocara un instrumento, pero yo me empatiné con la música.

Crecí en un hogar donde se escuchaba bastante música, música clásica, semiclásica, popular, a mis padres les encantaba el jazz y el bossa nova. Mi abuelo materno es italiano, entonces crecí oyendo cantar muchas canciones napolitanas. Había mucho ambiente musical”, contó.

“Fui un alumno destacado en la Escuela de Música de aquellos años. Tuve influencia de dos profesores, el profesor Arturo Medrano y una profesora portuguesa llamada Bela Rubeiro, que además de profesora de piano, era también de armonía y eso ahora me sirve mucho para lo que yo hago.

La armonía es el acompañamiento  de los acordes musicales que lleva el cantante; entonces, el cantante va con una melodía y puede ser que va una guitarra o un piano que sirve como instrumento acompañante”.

Recordó que en aquella época debían estudiar un año solfeo, algo que al final resultaba aburrido porque “estabas con el rigio de sentarte con tu instrumento, pero el solfeo es el ABC de todo”.

En su casa el ambiente musical se mezclaba con el antisomocista. “Eso me hizo tener las inquietudes antisomocistas y como muchos jóvenes me integré a la lucha guerrillera. En la UNAN, en la UCA había un movimiento muy fuerte, entonces me integré al FER y al grupo Pancasán, ligado al FER, por mis inquietudes musicales dejé el piano y agarré la guitarra y compuse canciones”.

“Las ideas de izquierda estaban influenciando a mi generación. Nos encargábamos de actividades de propaganda, trabajo en los barrios, redes de apoyo, de colaboradores, conseguíamos casas de seguridad para guardar armas, para esconder compañeros, clínicas clandestinas, conseguíamos recursos, vehículos”.

El joven de ayer
Según Cedeño, uno de los problemas actuales de los jóvenes menores de 30 años es que no tienen memoria histórica. “Si no conoces tu historia no vas a entender tu presente y tampoco vas a poder proyectar tu futuro.

Es necesario comprender la historia para poder hacer una correcta lectura de lo que Nicaragua necesita”.

“La generación nuestra se mueve entre dos grandes influencias, la de los movimientos guerrilleros y la de la contracultura, era tanto icono el Che Guevara como Jimmy Hendrix”, dice.

-¿Volvería a cantar música de protesta?
-No, no creo. No porque no pueda, sino porque la juventud de hoy tiene que hacer sus propias canciones de acuerdo a sus propias características. Para que este canto tenga la fuerza y la vigencia de aquel canto, lo idóneo es que la juventud de hoy en las condiciones de hoy pueda hacerlo.

El músico

Preguntarle a Pancho Cedeño qué hace en sus ratos libres puede ser una pregunta sosa. Obviamente que lo que hace es escuchar música, pero advierte que solo oye “buena música”.

¿Cuál es la buena música? “Es aquella que trasciende y perdura, a mí igual me encantaba Plegaria de Labrador, de Víctor Jara, que la Canción de Judas, con que abre la opera Jesucristo Superestrella. Son buenos ambos temas”.

-Si tuviese que escoger una música en especial, ¿cuál sería?
-Escogería música latinoamericana, me encanta Mercedes Sosa porque interpretó a muchos autores latinoamericanos. Esa es música de mucha fusión, de mucho mestizaje, ritmos africanos, indígenas…

-¿Y qué piensa de la música actual?
-Me gusta lo que llaman el neo soul. A Lauryn Hill, Erykah Badu. Me encanta Calle 13, por el contenido, por la protesta musical, no es el rap vulgar, su sonoridad, sus textos, ritmos. También me gusta Rubén Blades.

-¿Y cuál es la mala música?
-La música mala es la comercial. Todo lo que dice “mueve la cintura mami”, “el chicle se te pegó”. Es música alegre, sobre todo si estas con tus 5, 6 cervezas adentro.

-¿Qué le parece la música de los jóvenes nicas?
Hay algunos de ellos que me llaman la atención por el tipo de propuesta. A mi manera de ver en Nicaragua se cierra un círculo con Salvador Cardenal. Toda esa generación: Norma Helena, El Guadalupano, Mario Montenegro, Pancasán, Luis Enrique y Carlos Mejía, con Salvador cierran ese círculo. Cada uno de estos nombres aporta algo novedoso al canto nicaragüense. Hay otra generación donde puedo mencionar a Ramón Mejía, a La Cegua, a Monroy y Surmenage, Malos Hábitos, División Urbana. Ellos están haciendo un trabajo interesante y tratando de perfilar sus propias propuestas, obviamente aún están en una etapa de búsqueda y de despegue, pero pienso que lo hacen bien.

También le apasiona el cine y la lectura. De sus tres hijos, dos mujeres y un varón, este último es el único que siguió sus pasos. “A diferencia mía, parte de su tiempo laboral lo dedica a su carrera y en sus ratos libres está ensayando. Eso es correcto porque hoy es más difícil vivir solo de la música. Entonces, en alguna medida tiene garantizada su existencia a través de la carrera y su espiritualidad con la música”.

A mediados de los 90, Pancho Cedeño retomó el piano y se metió de lleno a hacer arreglos musicales. Hoy, tiene un estudio de grabación. Así, dice, mantiene la nariz fuera del agua.
Y cuando se siente “down”, escucha una canción que es “vitamina para el alma”. Enciende la grabadora para oír a Mercedes Sosa dándole gracias a la vida. “Si algo no te salió bien y te sentís frustrado, no quiere decir que te ha ido mal toda la vida. Hay 10 mil cosas por qué darle gracias a la vida, aunque hoy haya sido un día terrible”.