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Pasaba el medio día, y las aguas de Pochomil y de Masachapa bañaban a pocos. En sus costas, una rala afluencia se movía a caballos, cuadriciclos o a pie, en el caso de quienes hasta esa hora hacían su arribo, y apurados buscaban sombra donde no estuvieran obligados a pagar “consumo”.

Música a todo volumen, chicheros y un tentador olor a pescado frito, literalmente aderezaba el almuerzo de quienes el gusto de viajar en Navidad al mar, les dio solo para el viaje y no para disfrutar del placer de ese exquisito bocado.

En las bancas, aceras y cualquier rincón donde no “pegara” el sol, se acomodaron quienes llegaron cortos de presupuesto. Tímidos y apurados comían lo que se apreciaba como las sobras del “relleno” de la Nochebuena.

“Entre regalos y paseo, pues, nos tenemos que limitar, no podemos pagar por el almuerzo”, alcanzó a decir  con el bocado de arroz con pollo aún en la boca, la joven que un tanto apenada se identificó solo como Fernanda. Llegó casi a la una con su pareja, y debajo de un frondoso árbol se sentaron a comer para, en las horas de la tarde, poder disfrutar tranquilos de la arena y del mar.

Vendedores satisfechos
A pesar de que las playas no fueron el destino de la mayoría de los nicas en Navidad, los vendedores que con collares, vigorón, gorras, camisetas, lentes de sol y hasta juguetes se trasladaron a Pochomil, para ganar un extra, coincidieron en que “no estuvieron tan malas las ventas”.

Pasado el medio día, Juan Castillo ya había vendido buena parte de los sombreros que ofrecía a precios de entre 50 y 150 córdobas. “Está ralo (la afluencia) pero he vendido, ya llevo 1,800 (córdobas) y el día apenas comienza” dijo regocijado.

De lejos vemos aparecer a doña María Auxiliadora González, carga al menos diez inflables con motivos de dibujos animados, se mueve lento y renqueando, porque “ando con todos los dolores”, explica una vez que se acerca.

La señora, que invirtió 60 córdobas para ir y volver desde Ciudad Sandino a esa playa del Pacífico, sonríe. Su motivo: “Gracias al Señor he vendido, me ha ido bien”, relata contenta, porque la venta que le deje el día de Navidad dijo que le servirá para ayudarse.

Una respuesta similar refiere doña Sonia Medal, propietaria del restaurante La Piragua, uno de los tantos que con el frescor que dan las enramadas atrajeron a cientos a sus sillas.

Pero según Medal, al igual que quienes se quedaron solo con el olor del pescado en las orillas y bancas del popular balneario, muchos de quienes se sentaron tampoco se dieron el gusto de ver servido en su mesa un pescado bien frito.

La culpa, probablemente, la tengan los precios, pues por el pescado más pequeño, alrededor de una libra, los comensales debían pagar 100 córdobas; y por el familiar, de unas 4 libras, en el restaurante de la señora Medal se tenía que pagar 300.