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Destinatario: Dr. Icaza. La ruta de lectura del documento es la convencional, sin embargo, a medida que se avanza se va haciendo necesario cambiar el papel de vertical a horizontal, para descifrar las explicaciones a las que nos transporta con rayas desordenadas. Enrevesado como su carácter y asombroso como su obra, así se podría definir el manuscrito con tinte testamentario del poeta Carlos Martínez Rivas, que llegó hasta nuestras manos.

En el documento plagado de borrones y salpicado de frases ininteligibles, el poeta condena a la hoguera la más grande herencia: sus manuscritos. La obra sería incinerada bajo la supervisión de su “fiel amigo”, un comandante de la Revolución Sandinista, para evitar que fueran “mancillados por manos de seudopoetas o seudoexpertos nicaragüenses o de extraña nacionalidad”.

Según el documento, ese “fiel amigo” es Bayardo Arce Castaño, quien le prometió “amontonar todos esos folders de obra inédita en bolsas de manta, que serán consumidas en fuego por orden suya, a su propia vista y constatación”.

CMR define que sus bienes tangibles eran cuatro libreros en los que guardaba “los más ricos volúmenes sobre: Arte, Mitología, Religión y Lingüística”. El grado de importancia concedido a dichos muebles es único, pues asegura que “fueron hechos especialmente para mí en el Instituto Tecnológico Nacional (Intecna) bajo subvención del gobierno español, en madera de cedro real por los mejores artesanos en Masaya. Que su valor actual en moneda de córdoba vigente no baja de un millón de córdobas por cada mueble”.

El poeta describía así sus “pertenencias más valiosas que no deben quedar sino en manos de mis verdaderos y únicos herederos... mis dos hijos Emmanuel y Carlos Martínez-Rivas Mayorga”.

Sus amados Poe y Mur

El siguiente párrafo resulta más que emotivo, porque lega a Poe y Mur, sus amados gatos, a Róger Barberena Garay,  ya que “solamente él sabrá darles el amor y cuido devoto y costoso que yo en vida les doy. Ellos, los dos gatos, lo siento así y siento decirlo, son los únicos seres vivos que van a sufrir mi falta”.

EL NUEVO DIARIO contactó a doña Carol Bendaña, quien fue como una hija para CMR, y aparece en calidad de testigo en este que podríamos reconocer como el primer intento del testamento que nunca firmó el poeta. Ella ayudó a dilucidar quién es el doctor Icaza al que hace referencia el documento. “Yo me acuerdo de ese doctor, se llama Juan José Icaza”, afirmó.

La guía telefónica nos llevó hasta este hombre de leyes que amablemente comparte la historia de esta tarea que le encomendara CMR de una manera particular.

“Conocí al poeta antes de la revolución en algunos convivios. Su memoria fabulosa lo llevó a pensar en mí al momento de hacer su testamento. No puedo precisar fecha, pero sería a finales de los 80 cuando recibí una llamada de una señora que me decía que él quería verme”, aseguró Icaza.

La paranoia del vate

“Cuando llegué a su casa me recibió en el porche, mientras los gatos jugaban en la pared. Después de hacerme poesía por largo rato me dijo: ‘Tengo un problema grave, a mí me quieren matar, y lo más valioso que tengo es mi obra literaria que está en esta casa. Los médicos me dictaminaron que mi mal no tiene cura, que solo puedo tratarme en Cuba, y fui, pero cuando llegué me di cuenta de que ahí matan a la gente, y de que me mandaron para matarme”, recuerda el jurista.

Icaza no reveló la identidad de los personajes que según CMR querían verlo muerto. “Hay dos intelectuales que están en cargos en el gobierno que quieren quedarse con mi obra y publicarla, y la forma que quiero que usted me sirva a mí es evitando que eso suceda. Lo que quiero es que mis dos hijos sean herederos universales”, habría dicho CMR a Icaza.

El abogado recuerda que le explicó al poeta que el procedimiento para testar era sencillo, y que consiguiera tres testigos, pero CMR le interrumpió para decirle que deseaba que dos de sus gatos figuraran como herederos también. “Inmediatamente le aclaré que la legislación no permite que los animales sean herederos. Se molestó, pero al final logré convencerlo de que la única forma de beneficiar a los gatos era nombrando a alguien para que cuidara de ellos”, compartió.

Pero lo mejor vino cuando en su segunda visita el abogado se encontró conque el poeta le tenía, más que un testamento, una pieza literaria, así que asombrado le dijo que debía incluir esa “joya” en su protocolo, pero con el celo que lo caracterizaba, CMR lo señaló con el dedo índice de su mano derecha, que luego dejó caer sobre la mano izquierda, y se negó a entregar el manuscrito. “Cuando le dije que sin fotocopia no podría hacer el testamento, dio por cerrado el asunto y empezó a hablar de literatura”, afirmó entre risas el abogado.

Hasta ahí llegó el tema del testamento. Pasaron los años y cuando Arnoldo Alemán estaba en la presidencia de la nación (1997-2002), Icaza volvió a recibir una llamada en la que le indicaban que CMR quería verlo nuevamente.

“Esta vez ya no tenía ningún documento como este que tiene usted. Convenimos que solo declararía como herederos universales a sus dos hijos. En este momento pidió que el primer testigo fuera el Presidente de la República, don Arnoldo Alemán, que aceptó sin vacilar; el segundo era el doctor Julio Centeno Gómez, y el tercero (entonces) el rector de la UNAN-Managua, Francisco Guzmán”, prosiguió.

“Dispuse todo para la firma la siguiente semana, pero el doctor Centeno tenía que ir a El Salvador, sin opción de posponer el viaje, así que la aplazamos para una semana después. El día convenido llegué a traer al poeta a su casa para irnos a la Presidencia, pero me recibió un señor para informarme que una semana antes, CMR había sido internado y que había muerto el día anterior”, afirmó el jurista, que finalmente no pudo ratificar los últimos deseos de CMR.

Al final, sus hijos fueron los herederos, su obra no fue quemada, sino que ha sido reunida y publicada, y aunque no conocimos del destino de Poe y Mur, sus amados gatos, quizá murieron antes que él o vivieron mimados como Carlos Martínez Rivas lo hubiese querido.