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Algo faltó en el VIII Festival Internacional de Poesía dedicado a Carlos Martínez Rivas: sus poemas. Hoy concluye la reunión poética más importante de la región, que por una semana homenajeó al considerado como el segundo después de Rubén Darío, pero quedó un vacío: el del gran poeta insurrecto.

El rastro del Martínez Rivas, que durante años llevó su vida bohemia en El Gato Abraham o donde El Negro Williams, cantinas de la vieja Managua; o el del joven que llegaba a la Hormiga de Oro y se sentaba en la mesa de al lado, donde Salomón de la Selva, Jacinto Suárez Cruz, Danilo Manzanares y José Antonio Pastora departían y conversaban sobre la literatura y la vida; el que en sus últimos años usaba un mecate en vez de una faja para sostenerse el pantalón, no se vio por las calles coloniales de Granada.

Anastasio Lovo, quien fue amigo de Martínez Rivas en sus últimos diez años de vida, recientemente acaba de publicar un libro titulado “Carlos Martínez Rivas: Una poética de dimensión humana”.

En esta breve entrevista, Lovo esboza al poeta que se negó a publicar su obra después de su primer título, La Insurrección Solitaria. Con él compartió tragos en las cantinas de mala muerte de Managua, durantes largas tertulias sobre literatura, chismes políticos y mujeres, en una entrañable amistad.

¿Cómo era el gran Martínez Rivas?

Martínez Rivas era un genio de la poesía y un ser muy complicado en la vida cotidiana. Con sus amigos era muy franco, muy directo. Era un tipo extremadamente humano, fraterno con sus amigos, leal.

¿Era de pocos amigos?
En el fondo, fondo, nadie era amigo de él, salvo él. Esa es otra gran verdad. A uno lo fustigaba, por sus versos, por su comportamiento, por un montón de manías que tenía de estructurar el mundo a su modo, que es característico en las personas con un gran ego. Era un gran ególatra, pero leal y sincero.

¿La relación con los poetas de su generación era igual de complicada?

Martínez Rivas siempre compitió con (Ernesto) Cardenal y Cardenal siempre reconoció que Martínez Rivas era el genio de su generación. Los respetaba literariamente hablando, y su famoso sistema de clasificación de poetas, entre sólido, líquido y gaseoso, donde generalmente encasillaba a Cardenal y a (Ernesto) Mejía Sánchez, se lo decía a cualquiera, y también a ellos en su cara…

¿Cómo los trataba a ustedes, a los poetas jóvenes?

Si no le gustaba una cosa se lo decía a uno, pero también padecía de cierto cansancio o aburrimiento del entorno de los poetas jóvenes. A mí me decía: “Nunca aprendiste a escribir”. Hasta que un día le dije: “Carlos, esta obra es contra vos, contra Cardenal, ¿no te has dado cuenta?”. Y después que le dije que era contra él, entendió más lo mío. Socarronamente me dijo: “Pero más contra Cardenal que contra mí”.

Él decía que no tenía ideas, ideales ni ideología, pero trabajó con distintos gobiernos…

En el pensamiento político era un hombre sin ideas y más bien sin ideologías, era un hombre con pensamiento. Carlos Martínez Rivas no viene de la oligarquía de este país, su familia no tenía tanto dinero como para permitirle dedicarse a la escritura y nada más que a los placeres de la escritura. Él tuvo que sobrevivir, pero lo que había que criticar lo criticó.

Ahora, sí había una visión de mundo en Martínez Rivas, que es fundamentalmente cristiana, por su formación con los jesuitas. No se le pueden apropiar ideologías partidarias porque no militó en nada, hizo trabajos para gobiernos, pero no asumió causas ni banderas ni consignas.
¿Esa constante necesidad de soledad a qué se debía?

Esos son problemas de una personalidad muy compleja, con una vida muy traumática, muy dolorosa, que yo no me atrevería a especular, no llega a tanto mi conocimiento personal ni biográfico de Carlos Martínez Rivas para formular una hipótesis sobre eso.

¿Y su relación con las mujeres?

Fue muy enamoradizo, muy donjuanesco. Sexualmente abierto. Un tanto agresivo, abordaba a las mujeres y rápidamente les planteaba la necesidad de establecer un contacto más profundo.

¿Una anécdota que lo describa?
Una vez le iba a mandar a Carol Bendaña una camiseta que le había preparado el grupo “Artefacto”, una camiseta única, muy linda, con unos versos de él. Me pidió que se la llevara a Carol. Yo la empecé a doblar y él me la arrebató de las manos, me dijo que era un niño mimado que no sabía doblar una camiseta, y en cuatro tantos dobló la camiseta a una velocidad pasmosa, seguramente como le habían enseñado los jesuitas en el Colegio Centroamérica. Yo lo quedé viendo y le dije: “Ve, vos sos insoportable, tan insoportable como… ¡Carlos Martínez Rivas!”. Se lanzó una carcajada porque no admitía comparaciones, salvo con él mismo.

¿Cuál de sus poemas lo retrata?

Memoria para el Año Viento Inconstante. Lo retrata como poeta, como el poeta genial que renuncia a escribir la obra maestra en la dimensión humana de la imperfección, y que en la línea de la imperfección se logra la obra maestra.

La primera estrofa del poema dice: “Sí. Ya sé/Ya sé yo que lo que os gustaría es una Obra Maestra/ Pero no la tendréis/De mí no la tendréis”.