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Se dedica a la docencia en una universidad de Estados Unidos, pero cada mañana se levanta decidido a escribir “al menos una buena página”, porque además de impartir clases y ejercer como crítico de literatura, escribe poemas y cuentos.

Nicasio Urbina Guerrero nació por casualidad en Argentina, donde sus padres nicaragüenses estaban exiliados. Tiene 54 años de edad y desde pequeño vivió en medio de las disputas políticas tradicionales de Nicaragua. Su abuelo, Lorenzo Guerrero, era un político granadino vinculado con el régimen de los Somoza. En cambio, su papá Guillermo Urbina era antisomocista.

Nicasio Urbina, doctor en Literatura Latinoamericana, dirige el Departamento de Lenguas y Literaturas Románicas de la Universidad de Cincinnati.

Usted ha dicho que no tiene patria, pero le gusta considerarse un escritor nica. ¿Por qué?

Yo considero que soy un hijo de la diáspora y del exilio nicaragüense, me tocó nacer en Buenos Aires, Argentina, porque mis padres estaban en el exilio durante el somocismo por 17 años. Viví aquí (en Nicaragua) de los cinco a los 17 años, lapso de años formativos del colegio, por lo que me considero ciento por ciento nicaragüense. Desde el año 75 vivo fuera de Nicaragua, viví en Europa y en Estados Unidos, vengo como cuatro veces al año, vivo y trabajo en el extranjero, por lo que se me puede considerar apátrida, pero por eso mismo refuerzo mi identidad nicaragüense; hablo como nica, tengo las mismas costumbres. A pesar de estar rodeado de muchos extranjeros, mi dicción es típica nica y en mi literatura hago un esfuerzo por enfatizar las raíces nicaragüenses, aunque escribo también cosas que no tienen que ver con Nicaragua.

¿Cómo conserva la identidad nicaragüense?

Es una lucha diaria porque vivo en un mundo inglés, estoy casado con una norteamericana y la lengua de mi casa es el inglés, aunque también mi hija habla español. Entre mis costumbres tengo leer los periódicos nacionales (de Nicaragua), estoy en contacto y pendiente de las publicaciones de libros, literatura nicaragüense y vengo a menudo aquí.

¿Cómo considera la literatura nicaragüense?

Creo que es una literatura riquísima, es un país que a pesar de sus pequeñas dimensiones ha producido una literatura grande, de alcance continental, con una gran calidad y que ha distinguido a Nicaragua a nivel internacional, más que otras riquezas que tenemos. Nuestra literatura y nuestro arte creo que ha logrado ciertas fibras con la figura máxima de Rubén Darío y escritores como Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y Gioconda Belli.

¿Cuál es la percepción de su nueva obra?

Son cuentos desarrollados mayormente en Granada y Managua, reflejan situaciones humanas de la vida cotidiana, problemas económicos, emocionales, de dependencia, deseo, infidelidades, cosas que hacen que se complique la vida diaria de las personas. Muchos de los cuentos, recogidos en el libro “Caminar es malo para la salud”, tienen relación con Granada y Managua. Es un esfuerzo por historiar el espacio urbano de las ciudades, los personajes caminan por la calle La Calzada, se mueven en la Calle Real, el  Parque Central, pero no es una Granada real, no trato de describirla como es sino como me gustaría que fuera.

¿Cuáles son sus primeros recuerdos de la lectura?

Los cuentos infantiles que leía. Los primeros libros que me impresionaron fueron las novelas de Julio Verne en versiones infantiles o juveniles, “Viaje al centro de la Tierra”. Estas novelas son maravillosas, visionarias, con profesionalismo e imaginación enorme. Luego una serie de libros de corte filosófico-existencialista, como “El Principito”, “Juan Salvador Gaviota”, que me enseñaban una filosofía de vida y me ayudaban a buscar la felicidad y que sigo releyendo con cariño; además de tres libros muy fuertes de Herman Hesse, “Demian”, “Siddhartha” y “El lobo estepario”, que son unas obras intensas, dramáticas y con una gran calidad literaria.

Ha escrito poemas y ha escrito cuentos. ¿Qué prefiere ser, poeta o narrador?

Me gustan las dos cosas porque cumplen diferentes funciones en mi vida de escritor. La poesía es intimista, es personal, uno habla de su yo lírico, de las situaciones que uno vive y que al relacionarse con otras personas le sirve en su vida. La narrativa es una forma de recrear un mundo más completo, poder ponerle colores, sonidos, música y acciones a las cosas, la poesía y la narrativa cumplen funciones distintas. Una tercera dimensión de mi trabajo es la crítica literaria y el ensayo, eso ya es un trabajo más racional, donde se piensa y se analiza mas fríamente, los sentimientos no tienen mucho protagonismo.

¿Cómo se define mejor, como escritor de ficción o como crítico literario?

El papel de crítico literario es lo que hago en la universidad, en mis clases, en mis conferencias y libros, pero la escritura creativa, tanto la poesía como la narrativa, forman parte importante de mi carrera, me sentiría incompleto si no tuviera la oportunidad de cultivar esos géneros.

¿En qué circunstancias llegó a ser diplomático?

Nací prácticamente en una familia de políticos, aunque marcados entre somocistas y antisomocistas. Mi abuelo Lorenzo Guerrero Gutiérrez era un político de Somoza y mi padre, Guillermo Urbina Vásquez, era antisomocista. La política estaba en mi casa desde que era pequeño. Lorenzo Guerrero Mora era el colaborador más estrecho de Arnoldo Alemán en su campaña, por lo que me invitó a colaborar con él. Así fue que el doctor Alemán me ofreció servir a Nicaragua en las Naciones Unidas.

¿Extraña algo de la vida diplomática?
La verdad no. Parece muy atractiva pero es bastante cansada, te absorbe totalmente, tiene sus aspectos positivos. Laborar dos años en las Naciones Unidas me permitió ver cómo funciona una de las instituciones más grandes que ha creado la humanidad; el poder tener un parlamento mundial y que cada país esté representado me parece un principio de democracia hermoso donde cada nación tiene voz y voto, pero cuando renuncié y regresé a la universidad, a mi rutina, a mis libros de crítica literaria, a mis cursos, sentí un alivio enorme. No niego que me sentí sumamente honrado por ese puesto, pero me convencí de que mi carrera y mi futuro estaba en la literatura y eso era lo que quería desde pequeño.

¿Por qué admira a César Vallejo? ¿Qué le enseñó?

Vallejo es uno de los poetas más grandes de América Latina, fue el que de cierta forma liberó a la poesía de todos los adornos y el bagaje que había adquirido con el romanticismo y modernismo, la desnudó y escribió los poemas más bellos, sencillos y profundos de la poesía hispanoamericana. Primeramente, lo que me ha enseñado es que el poeta tiene que estar explorando y buscando nuevas formas de expresión y no quedarse con el estilo que ha logrado dominar, porque se “duerme en los laureles”; y, segundo, uno tiene que expresar sus pesares, dolores y sentimientos, porque ese es el material más importante que aportamos. La forma, la elegancia, la belleza con la que se exprese es muy importante, pero si no hay sustancia será una obra vacía y carente de significado.

Ganó un premio en Nicaragua con un análisis de la novela nicaragüense. ¿Qué es lo que más le llama la atención de la novelística nicaragüense?

En ese tiempo no había un estudio sistemático de la novela nicaragüense, me parecía importante tomar la producción novelística de ese momento y analizar de una forma objetiva cómo se contaban esas historias, qué se contaba, qué tipos de narradores aparecían en las historias, cuáles eran los artificios literarios empleados. Me pareció un proyecto necesario, la novela nicaragüense es uno de los espejos que tenemos para conocer Nicaragua.

Un mensaje a los jóvenes poetas nicaragüenses.
Nicaragua tiene una serie de movimientos literarios interesantes, gente joven que se esfuerza por trabajar y producir una literatura vibrante. Les aconsejo que lean, que trabajen con mucho ahínco y estén siempre con la tradición literaria. Es difícil inventar algo nuevo, a veces lo que hacemos es replantear y reconstruir lo que antes se hizo. Si no conocemos la tradición literaria, podemos reescribir el mismo drama con otro nombre y otra situación. El gran escritor es el que recibe la tradición y la devuelve mejorada.

¿Qué es lo que menos hemos valorado en la obra de Darío?

Darío ha sido un poeta bastante valorado, leído y mitificado, y aunque hemos abusado de su imagen y lo hemos utilizado para todos los proyectos políticos y culturales, también ha sido apreciado, no solamente por los nicaragüenses, sino por los críticos y escritores latinoamericanos y mundiales, tanto en el aspecto de su belleza formal, de su revolución de lenguaje poético, como las cosas más íntimas, como su depresión, el alcoholismo, el misticismo y el terror casi patológico frente a la muerte y la oscuridad. No encuentro un aspecto con el que diga que no ha sido valorado.

Ha dicho que caer es uno de los requisitos más importantes en la vida ¿Ha caído alguna vez? ¿Cómo sucedió y qué consecuencias tuvo?

He caído muchas veces, la vida está llena de retos y situaciones en las que tenemos que reaccionar; todos cometemos errores y la vida se basa en aprender de esos errores y eso es lo importante. No es importante errar, sino saber corregir los errores.

¿Por qué ha dicho que la razón es torturante?

La razón trata de explicar todos los eventos y las cosas de la vida, pretende ser objetiva, fría, exacta y los seres humanos somos seres pasionales, tenemos reacciones inesperadas, irracionales y no podemos vivir toda la vida bajo el dictamen de la razón. Me parece que lo importante es mantener un balance entre la razón y la pasión, el instinto y el conocimiento. Actuar instintivamente e irracionalmente nos lleva a la locura, al crimen y al caos; y actuar racionalmente nos puede llevar al automatismo y la soledad.

Podríamos decir que ya tiene la vida completa….

Hay cosas que nunca se terminan, hasta que uno muere puede decir se acabó. Espero tener muchos retos en mi trabajo profesional, en la escritura de mis libros, poemas, novelas, cuentos, ya que eso siempre continúa siendo un desafío. Todas las mañanas uno se levanta con la determinación de escribir al menos una buena página, tengo que dividir el tiempo entre la administración del departamento de la universidad y mi trabajo de creación literaria.