Jorge Eduardo Arellano
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Washington
La ex candidata presidencial Hillary Clinton se negó a atacar a su contrincante, Barack Obama, utilizando argumentos como su ‘falta de patriotismo’ o ‘carencia de raíces norteamericanas’, tal como revelan 200 correos electrónicos a los que ha tenido acceso el periodista Josh Green, de la revista Atlantic Monthly.

‘Las puñaladas en la espalda y el conflicto de estrategias produjeron un derrumbe de dimensiones épicas’, según escribe Green en su artículo. En este análisis se retrata la candidatura de la senadora Clinton como una víctima no del envite de Obama, sino de una cadena de duras luchas internas en el seno de su propio equipo.

Los mensajes electrónicos, memorandos y transcripciones de conversaciones telefónicas revelan que la campaña de Clinton se negó muy temprano a ver en el senador por Illinois a un contrincante serio. Ya en la precampaña, a principios de 2007, el estratega jefe Mark Penn centró su táctica en desbancar a Al Gore, de quien pensaba que llegaría a ser candidato. ‘La derecha sabe que nadie votaría a Obama excepto si se enfrentara a alguien como Atila, el rey de los hunos’, bromeó en un memorando fechado el 19 de marzo de 2007. ‘La candidatura de la gente necesitada somos nosotros. Ganamos a las mujeres, a las clases bajas y a los demócratas’. Éstos parecían, entonces, argumentos suficientes para ganar unas primarias.

Los golpes bajos
En este mismo memorando, Penn, que dimitió el 6 de abril de este año, después de que Clinton perdiera en 28 procesos de primarias, también preveía un posible plan de ataque contra Obama: su supuesta falta de patriotismo.

‘Todos estos artículos de prensa sobre su infancia en Indonesia y su vida en Hawai están destinados a mostrar que su bagaje es diverso y multicultural. Les podría servir en 2050’, escribe. ‘Esto denota una gran debilidad en su candidatura’. Green escribe que la senadora ‘eligió adecuadamente no seguir por ese camino’.

Ya en plena campaña, y después de la decisiva victoria de Obama en los caucus de Iowa del 3 de enero, las comunicaciones internas entre Clinton y sus asesores demuestran una lucha fratricida por el poder en el equipo electoral. El día después de los caucus, en una conferencia telefónica, Penn intentó tomar completamente las riendas del equipo, desbancando a los asesores que Clinton había mantenido desde sus días como primera dama.

La candidata se quejó entonces de que se hubiera permitido que los medios la retrataran como la candidata ‘del aparato del partido’. Después de un encendido discurso, del que un asistente tomó notas, nadie se atrevió a responderle. ‘Menuda conversación más instructiva’, dijo. ‘Aquí estoy hablando conmigo misma’. Colgó el teléfono sin esperar respuesta.

Penn siguió insistiendo en que se emitieran mensajes negativos contra Obama, algo a lo que se oponía la directora de campaña, Patti Solis Doyle. Finalmente, cuando ésta abandonó su puesto para dejar paso a una veterana colaboradora de Clinton, Maggie Williams, llegaron los golpes bajos. Este cambio le permitió a la senadora por Nueva York dos magras victorias en Ohio y Tejas, el 4 de marzo. Mientras, la campaña perdía dinero en todas las partidas de gastos posibles, en parte, según afirma Atlantic Monthly, gracias a una ‘desastrosa’ gestión de Solis Doyle y Harold Ickes, asesor financiero de la candidata. Ambos insistieron en destinar una gran cantidad de dinero a los caucus de Iowa. En total, antes de enero se habían gastado ya 106 millones de dólares. Desde el momento en que se perdió la primera cita electoral, ‘la campaña era ya insolvente’, según dice Green. Clinton todavía debe 22 millones de dólares.