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A la joven nicaragüense Laura Baumeister el pánico la invadió apenas unos segundos. La segunda planta del Centro de Capacitación Cinematográfica, adscrito al Centro Nacional de las Artes, empezó a moverse al compás de un sismo de 7.8 grados en la escala de Richter, cuando corregía el color de una película.

Entonces ella, de cabello rubio ensortijado, se vio obligada a caminar hacia la salida.  ¡Pero, diablos!, no había electricidad, y recordó que la puerta de aquella sala se abre y se cierra cuando se le digita un código.

Era mediodía en México D.F. cuando Laura, estudiante de Cinematografía, de 29 años, pasó por esos segundos de pánico. Para su suerte, aquellos momentos fueron sucedidos por otros de alivio, pues la planta automatizada empezó a funcionar y lograron salir hacia el jardín, donde acuden cada vez que realizan simulacros de terremotos, exactamente cada cuatro meses, cumpliendo así con los reglamentos aprobados tras el terremoto de 1985.

Marcho Chiquet trabaja en algo parecido a lo que estudia Laura, pero contrario a ella, a las 12 del mediodía de ayer iba en un metrobús circulando por la Glorieta de Insurgentes. “¿Está temblando?”, se preguntó en silencio.

El metrobús se movía mucho y eso no era normal. “Le pregunté a otro pasajero si estaba temblando, y con él confirmé que sí. Pasaron algunos instantes y el metrobús continuó su marcha. Una mujer pidió que abrieran las puertas, pero el conductor no hizo caso”, comenta Marcos, un joven mexicano editor de vídeos.

El sismo, considerado por el jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, como el “más intenso después del de 1985”, agarró a Karla Fajardo, “Penny”, tomando café.

“Pensé que se me había bajado la presión porque todo se me movía. Le colgué a la operadora del diario para poderme recuperar, y justo allí mi hermano tocó mi puerta, informándome que había un temblor”, escribe Karla, una nica que trabaja en My Rocket Music y hace promoción de artistas.

Otro nicaragüense que vivió el sismo de ayer en México, fue el doctor Héctor Gutiérrez Morales, un rivense que labora en el Centro Médico “Lic. Adolfo López Mateos”, de la ciudad de Toluca, situada a 60 kilómetros de la capital mexicana.

“Me encontraba en la planta baja del hospital, que es de cinco pisos, y se sintió como que estábamos en una hamaca. De inmediato nos evacuaron a todos, y luego tardamos como dos horas en regresar al interior del edificio porque hubo una fuga de gas, pero no daños humanos”, narró Gutiérrez a EL NUEVO DIARIO.

El médico especialista en terapia intensiva explicó que los pacientes “más graves se quedaron adentro (del edificio), otros, los que estaban despiertos y podían caminar fueron evacuados, como establece el plan de evacuación de los hospitales”.

Gutiérrez, de 40 años y con nueve de residir en México, señaló que los constantes simulacros de terremotos que se realizan en ese país, sin duda fueron de mucha utilidad durante la emergencia de ayer. “La gente está bien entrenada en las evacuaciones porque tienen el recuerdo del terremoto del 1985. Claro que hubo personas que no hicieron caso y se quedaron, y algunos familiares de pacientes tampoco quisieron salir y decidieron quedarse con sus pacientes”, agregó.

¿Sirenas? ¿Qué pasa aquí?
La periodista mexicana Nayeli Roldán pensó que las sirenas que se escuchaban desde la sala de prensa del gobierno de la Ciudad de México avisaban sobre un simulacro imprevisto.

“Habíamos bajado dos pisos cuando comenzó a sentirse el movimiento muy intenso y no se podía caminar recto. Una brigada de protección civil integrada por los mismos trabajadores nos indicó que ya no siguiéramos bajando por las escaleras y nos quedáramos en un pasillo, junto a un muro, que esa era una zona segura. Fueron unos segundos con un movimiento oscilatorio que te hacían sentir un mareo terrible. En cuanto bajó de intensidad el movimiento, terminamos de salir”, cuenta Roldán.         

La periodista agrega que en El Zócalo algunos estaban muy nerviosos, pero minutos más tarde llegaron un par de ambulancias para atender las crisis nerviosas, y mucha gente se formó en filas para que le midieran la presión arterial.

“Yo nací en 1982, tres años antes del terremoto más devastador de México, será por eso que desde que tengo uso de razón he participado en simulacros. La gran mayoría sabe que debe desalojar el edificio, que no debe correr, ni gritar, ni empujar; será por el fantasma de 1985, será porque las políticas públicas de protección civil han funcionado, lo cierto es que podemos reaccionar de mejor manera ante un sismo, y los reglamentos de construcción son mejores porque los edificios ya no se caen como torres de cartas, como hace 27 años”, cuenta Roldán.

Mauricio Acosta es un arquitecto nicaragüense que durante el sismo estaba trabajando en la colocación de acabados y mobiliario en una casa de tres niveles, ubicada en la Delegación Álvaro Obregón, en una colonia de la ciudad, que se encuentra a unos 12 kilómetros en línea recta del Centro Histórico.

“Al momento del sismo me encontraba en el último nivel revisando detalles de la obra con el dueño de la propiedad y su esposa, cuando la estructura empezó a mecerse en un vaivén prolongado que iba haciéndose cada vez más rápido. Las puertas oscilaban lentamente y se escuchaban sonidos leves de movimiento. Nadie salió de la casa, solo comentamos que estuvo muy fuerte y prolongado el temblor. Seguimos en nuestras ocupaciones, un familiar y mi esposa intentaron llamarme, sin embargo, se cayó el sistema”, relata Acosta en un correo electrónico.