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Este diciembre llegará a los 98, tiene un matrimonio de 62 años, aguantó 105 carceleadas y cada día se levanta a las cuatro de la madrugada, minutos antes o minutos después. Toma su foco, lo enciende, ilumina el reloj y cuenta hasta 500 con los pies puestos en la pared.

Enseguida empieza una singular caminata que consiste en ir de un costado a otro de su cuarto y al terminar diez vueltas concluye los ejercicios matutinos.

¿Quién a los 97 años tiene esas energías? Pues el hombre que arengaba en las tribunas, que encabezó huelgas obreras en Nicaragua, el luchador tenaz que empezó el combate por la defensa de los trabajadores; uno de los enemigos de los Somoza y el que sin ser abogado tenía dominio pleno de las leyes laborales.

Chagüitillo, el que salió a los siete años de esa pequeña comunidad entre Sébaco y Matagalpa; a quien sus padres nombraron Domingo por Santo Domingo de Silos, tiene aún fuerzas para hablar de corrido durante más de 40 minutos.

Padece de una enfermedad que para él es penosa, una dolencia denominada enfermedad pulmonar obstructiva crónica, pero quien platica con él no logra percibir la gravedad de esto, pues hay que pararlo para que calle.

Sale de su cuarto apoyándose sobre su bastón. Se le nota alegre. Nada de aquella tristeza típica en los ancianos que viven el final de sus vidas llenos de quejas. Nada de descuido: parece un conquistador envejecido, perfumado, oloroso a pasta dental. Se sienta y mira fijamente a los ojos:
¿Vamos a hablar de mi biografía y de mi autobiografía?, porque una parte la pone usted y otra la pongo yo, ¿verdad?

Así es, cuénteme de su niñez.
Pero, ¿cómo se llama usted?
Matilde.
¿Sin apellido?
Córdoba Núñez.
¿Córdoba?, ¿la moneda de nuestro país? Yo tengo las historias de las monedas que han habido en Nicaragua. Bueno, entonces… pero una pregunta, ¿usted tiene alguna noticia de mí?
Claro. Toda Nicaragua sabe quién es usted.

Desde 1915 soy Domingo Sánchez Salgado…

Y aquí empieza la historia de su vida. La historia que ha repetido a cuanto periodista lo ha entrevistado. La historia que lo enorgullece, que lo describe tal cual es. La del niño que salió a los siete años de Chagüitillo rumbo a la Escuela y Seminario San Luis, en Matagalpa, donde un aspirante a cura le preguntó de dónde venía y desde entonces, en vez de ser Domingo, se convirtió en Chagüitillo.

A los 18 años, el Chagüitillo que todos conocían en el colegio San Luis se convirtió en una especie de iconoclasta que defendía sus derechos y los de los demás trabajadores. Entonces era albañil e hizo una huelga exigiendo el aumento de los salarios.

Nadie en Matagalpa sabía qué era eso de la huelga. Preguntaban en un lado y en otro y la gente solo tenía una respuesta: “Pregúntenle a Chagüitillo, porque es él es el que sabe”.

Pero antes de eso, un domingo al salir del estadio, un joven le entregó un periódico del Comité Organizador de la Confederación General del Trabajo, y él se interesó en ese asunto. Así fue que tras una reunión con Absalón González y otros, quedaron en que llegarían a Matagalpa para orientarlos en eso de la lucha sindical. El Teatro Margot estuvo a reventar durante esa primera reunión.

La huella de Chagüitillo no es solo por su lucha sindical. Digamos que al perder su nombre también contribuyó al enriquecimiento de nuestro léxico.

Róger Matus Lazo lo explicó mejor: “El vocablo chagüite (del náhuatl chiauitl, plantación en terreno húmedo), en los años 80 adquirió un nuevo significado: discurso o alocución, arenga”. Y es que en eso de los discursos, Chaguitillo era un experto.

Era un gran agitador y dice alguien por allí, otro sindicalista de vieja data, que tal era la necesidad de sensibilizar a los trabajadores, que no podía ver a cuatro trabajadores parados en una esquina, porque empezaba a explicarles sobre sus derechos.

“El origen del término con este nuevo significado se remonta a los discursos políticos de don Domingo Sánchez, apodado “Chagüitillo” por ser oriundo de ese pueblo del municipio de Sébaco. Él nos lo explica así: Eso del ‘chagüitazo’ fue una creación de Henry Ruiz; dicen que decía: ‘Hombré, andá echate tu buen chagüite’; pero era ‘buen chagüite’, porque yo era buen orador. Es decir, un discurso político, ideológico, como yo lo sabía hacer”, escribió Matus Lazo en 2007 ayudándose de la frase de una entrevista realizada a Domingo Sánchez en la revista Gente de Gallos, ese mismo año.

Su día empezó a las cuatro de la madrugada y terminará a las ocho de la noche. Nadie lo creería, pero don Domingo Sánchez es también novelero y está informado de lo que pasa en el país. A las 12 en punto está viendo una novela en el Canal 10; a las cuatro de la tarde, justo a la hora que termina esta entrevista, le toca su cena y a las siete está de nuevo frente al televisor viendo otra novela. Entre anuncio y anuncio, camina, hace ejercicios.

¿Cuáles han sido los momentos más importantes en su vida?
Tengo varios momentos importantes, las tres veces que me sacaron a fusilarme, no me convenía morir, no estaba en la raya… Los momentos cuando sentía el aprecio de los trabajadores, y cuando conquistamos las mejores leyes sociales de Nicaragua.
Otros de los momentos de placer, no de orgullo ególatra, fue cuando la Uponic me dio el título Doctor Honoris Causa en Ciencias Sociales. También sentí placer cuando la Upoli me dio este mismo reconocimiento.

¿Y todo valió la pena?
Claro que valió la pena. Sin pizca de orgullo, soberbia e idolatría, dirigí las conquistas de las leyes sociales, desde el Código del Trabajo.

¿Qué dice de los sindicalistas de hoy?
Es una lástima. Hay dirigentes sindicales pero no hay dirigentes sindicales revolucionarios, las conquistas sindicales que dejamos se están perdiendo.

Su herencia, dice, no es de capital. Por el momento está escribiendo sobre su comunidad, Chagüitillo. La entrevista termina, aunque él quiere seguir hablando.