•   El Castillo, Río San Juan, Nicaragua  |
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Río abajo desde El Castillo, en aguas del San Juan, se descubre el dantesco escenario: la carretera construida por el gobierno de Costa Rica en la margen derecha, paralela al importante afluente nicaragüense, luce como una profunda incisión al de por sí ya ralo bosque del territorio costarricense.

A pocos metros del río, las laderas erosionadas, de tono rojizo, que contrastan con el vibrante verde de la vegetación, se muestran propensas a deslavarse hacia el río.

Pero a la amenaza que representan esos inclinados y erosionados taludes ya desnudos --de la malla geotextil colocada para protegerlos poco queda-- se suma el acelerado asentamiento humano a orillas de la cuestionada vía.

Y peor aún, hay muchas otras personas que se nota están preparando el terreno para la mudanza, según pudo constatar El Nuevo Diario, END, en un recorrido por el Río San Juan.

Significa que a las 38,000 toneladas de sedimento al día, que podrían caer al Río San Juan por el arrastre de las corrientes producto de la falta de planificación y diseño de la obra, de acuerdo con estimaciones de expertos nacionales, se sumará la presión que ejercerán cientos de moradores sobre el maltratado ecosistema, pues es una zona donde la gente cultiva para sobrevivir.

Los nuevos vecinos representan alto riesgo para especies animales y vegetales, muchas de ellas ya en peligro.

Según el ambientalista Kamilo Lara, este fenómeno poblacional debe ser punto de análisis, porque además del impacto ambiental que generen, en ese lugar no es nada conveniente que se instalen, por ser sitio propenso a deslizamientos.

Alteran vida de lugareños

“El futuro de este río depende del manejo de las partes altas. La carretera acelera los procesos”, comentó Antonio Ruiz, Presidente de la Fundación Amigos del Río, en alusión a los daños ambientales provocados al Río San Juan. “Lo que nos sirve es el manejo de la cuenca con enfoque binacional”, agregó.

Pero quienes allí habitan no hablan en futuro, ni parecen dispuestos a esperar. No pueden. Ocurre que su vida tranquila y modesta en ese sitio, donde del lado nica la vegetación crece “a sus anchas”, cambió desde que las máquinas abrieron la trocha.

Don Efraín Miranda, morador de la zona, dice con franqueza que están viviendo “un desastre”.

De sus 56 años de vida, 48 los ha pasado en su propiedad, ubicada entre las comunidades La Juana y Bartola, justo frente al segundo mojón que marca los límites territoriales entre ambos países.

Según este productor, que desde hace unos años está en sintonía con el llamado a preservar los recursos de la cuenca, la vía tica “en ningún momento ha beneficiado, porque allí no había gente”, más que su familia y la de un vecino.

Pero ahora, asegura ser testigo de la llegada de vecinos y saqueadores del bosque. “Están barriendo con todo, están metiendo fuego, están llevando madera, ¡cómo no va ser esto un desastre!”, expresó afligido.

Relató que uno de los pocos vecinos del lugar está literalmente lotificando la ribera a orillas de la carretera. Habla de unos tres kilómetros poblados en la zona de la que es vecino.

Según ha llegado a conocer este lugareño, un terreno de media manzana es posible adquirirlo por medio millón de colones, equivalente a US$986.52.

“Lo que están es barriendo el río”, denunció, tras agregar que él que ha pasado la mayor parte de su vida allí, nunca vio la necesidad de esa vía.

“El buen camino que había era el de La Tiricia, que le servía al poquito de gente que entra al otro lado (Costa Rica) a trabajar”, apuntó.

Invasión de pobladores

Esa invasión orillas del río San Juan es posible constatarla con tan solo navegar por la zona. Además de la herida rojiza que dejó la construcción del camino, sobresalen manchones negros, algunos son lomas enteras en las que se aprecian aún los árboles caídos que cedieron a las llamas encendidas por quienes están alistando el área, ya sea para ponerse a cultivar o a criar animales de corral, o bien para que no más vegetación eche allí raíces, y así poder edificar chozas a base de madera, zinc y plástico.

Avanzando río abajo es posible ver una serie de casas, algunas ya terminadas y hasta forradas con parte de la malla Geo textil que los obreros ticos colocaron en los taludes, a raíz de los cuestionamientos a la obra de parte de ambientalistas, que calificaron la medida como “maquillaje del ecocidio”.

Hay viviendas ya terminadas, a otros se les ve apurados terminando de levantar chozas, y hay quienes apenas tienen parados los “esqueletos” del sitio donde esperan llegar a vivir.

“Están haciendo casas, vendiendo solares, como que estamos en una ciudad”, apuntó Miranda, quien además se quejó porque después de las seis de la tarde, en la zona donde apreciaba vivir, ahora es riesgoso transitar.

Miranda habla de un ir y venir de botes, y de un movimiento vehicular que se activa con frecuencia una vez que cae la noche.