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Los trabajadores de la Alcaldía de Managua llegaron a decirle que no podía seguir allí, que tenía que recoger los pedazos de cartón y de plástico negro que le sirven de champa, así como su ropa y la de sus siete hijitos, los baldes que le sirven para recoger agua, y las esponjas donde se acomodan para dormir. “¿Pero para dónde voy a agarrar?”, se pregunta Josefa Rugama Zavala.

Cuenta que es originaria de San José de Bocay, Jinotega, y que hace tres semanas se instaló en una de las esquinas de los semáforos de Montoya, “porque he andado rodando y rodando por todos lados, de barrio en barrio, y a donde llego me han corrido”.

“Hace días me fui a asomar con mis hijos a las casas que están por el estadio (Casas para el Pueblo). Estaban bonitas, pero me tuve que regresar porque me dijeron que eran únicamente para los trabajadores, así que ni modo”, comenta resignada a EL NUEVO DIARIO.

“Mis niños aquí los tengo a todos. Yo busco qué hacer, y hasta tengo una niña de trece años que trabaja de payasita en la calle porque necesitamos dinero, porque la verdad estamos desesperados”, comenta, mientras sus pequeños se pasean descalzos en la acera pública.

“Yo trabajo si alguien me da empleo, pero también necesito que me ayuden, que se pongan la mano en el corazón. Con que me regalen zinc y madera yo me las arreglo para levantar una casita”, asegura.

Éste es el drama de Josefa y sus hijos --cinco niñas y dos pequeños--, que tienen casi un mes de vivir a la intemperie, expuestos a cualquier peligro, y ante la mirada de los managuas que todos los días aguardan por la luz verde del semáforo de Montoya.