Jorge Eduardo Arellano
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Un niño nacido en Calton, un suburbio de Glasgow (Escocia, Reino Unido), vivirá una media de 54 años. Otro niño que nazca a unos pocos kilómetros de distancia, en el barrio rico de Lenzie, vivirá 82. Son 28 años de diferencia que no se deben a factores genéticos, sino sociales.

Es lo que viene a explicar, con gran profusión de datos, el primer estudio mundial publicado el jueves por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que afirma que “la gran mayoría de la población del planeta tiene peor salud de lo que permite la biología”.

Esta misma semana se celebra en Ginebra el XX Congreso Mundial del Cáncer, en el que expertos de todo el mundo analizan la importancia de las condiciones de vida de las personas para explicar el desarrollo de la enfermedad.

El presidente de Uruguay, el oncólogo Tabaré Vásquez, declaró el miércoles que “la situación socioeconómica de una persona es un factor clave ante la posibilidad de padecer cáncer”. Y lo acompañó de datos: el 50% de los casos de esta enfermedad en el mundo aparecen en países en vías de desarrollo. Un porcentaje que aumentará al 75% en el año 2020. ‘Nuestro desafío es prevenir que la pobreza y la desigualdad no provoquen más muertes por la falta de control de enfermedades’, añadió.

Las diferencias
Los niños tienen expectativas de vida muy diferentes, según su lugar de nacimiento. En Japón o Suecia pueden esperar vivir más de 80 años; en Brasil, 72; en India, 63; y en algunos países africanos, menos de 50. Pero las desigualdades en salud --aquellas diferencias que son “injustas y evitables”, según la OMS-- no se dan sólo entre países, sino también en el interior de los mismos.

En todo el mundo, la salud y la enfermedad siguen un ‘gradiente social’: a medida que las personas descienden en la escala social, peor es su salud. La esperanza de vida de un hombre indígena australiano es 17 años menor que la de un australiano no indígena.

Si en Estados Unidos los blancos y los afroamericanos tuviesen las mismas tasas de mortalidad, se podrían haber evitado más de 880.000 muertes entre 1991 y 2000. Para hacerse una idea de lo que esto significa, los autores del estudio aportan un dato: durante el mismo período de tiempo, los avances médicos en ese país sólo han conseguido evitar 176.000 muertes.

En los países ricos, una baja posición socioeconómica implica una educación de peor calidad, un mayor riesgo de desempleo e inseguridad laboral, malas condiciones de trabajo, o vivir en vecindarios más inseguros, con el consecuente impacto que todo ello tiene sobre la vida familiar. Esto hace que la salud de los desfavorecidos en los países ricos sea, en algunos casos, peor que la media de los países pobres o en vías de desarrollo.

Agua sucia,
causa de las causas
Las enfermedades infecciosas transmitidas por el agua no están causadas por la falta de antibióticos, sino porque el agua está sucia. Las razones políticas o económicas que explican que el agua esté sucia son lo que el informe de la OMS denomina ‘las causas de las causas’, es decir, los factores sociales que están detrás del desencadenante último de la enfermedad o la mala salud.

‘Las clases sociales más pobres tienen menos recursos para alimentarse adecuadamente, carecen de una vivienda adecuada, fuman y beben con mayor frecuencia, tienen peor acceso a los servicios sanitarios o éstos son de peor calidad. Todo ello daña su biología, genera enfermedad y aumenta el riesgo de morir’, explica Joan Benach, profesor de Salud Pública en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y uno de los autores del estudio.

‘Confiamos demasiado en las intervenciones médicas como una forma de aumentar la esperanza de vida’, señala sir Michael Marmot, el epidemiólogo británico que ha dirigido el estudio. ‘Cuando se piensa en salud, se hace sólo desde el punto de vista de la atención sanitaria, pero es importante distinguir entre las razones por las que la gente enferma y qué pasa cuando enferman. Tenemos que prestar más atención a las condiciones que provocan las enfermedades’, recalca.

Los expertos recomiendan que se aumente la inversión en políticas sociales ligadas a la infancia, ‘porque es una de las mejores formas de reducir las desigualdades en la salud’. Recalcan que los procesos de urbanización de las últimas décadas está cambiando el mapa de las enfermedades en el planeta. Frente a las tradicionales enfermedades transmisibles, las enfermedades no transmisibles, las lesiones por accidentes o ataques violentos, y las muertes y enfermedades ligadas a los desastres ecológicos son cada vez más prevalentes.