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Samahí Elizabeth Navas, de siete años, lleva puesto un vestido floreado con cuello blanco redondo, de su hombro izquierdo cuelga un pequeño bolso hecho de la misma tela, y su cabello está dividido en dos colitas amarradas justo sobre sus orejas. Ella trata de colocar figuras de distintos tipo de vehículos en una tabla donde hay huecos que coinciden con sus formas, y de vez en cuando busca la mirada aprobadora de su mamá que la observa desde atrás.

Esta niña menuda y de cabello castaño liso, comparte una pequeña mesa con tres niños y otra niña de las mismas edades. Hamilton Vásquez realiza una actividad similar a la de Samahí; José Manuel López agrupa por orden de tamaño y color unos anillos de madera; Norma Beteta Medina también, y Javel Herrera Mendoza inserta en una tabla con varios hoyos unos tubos de madera pintados de diferente color, procurando crear filas de color amarillo, rojo, azul, etc.

Para sus madres parece mentira verlos así, pues hasta hace poco eran niños y niñas muy dependientes de ellas. Pese a tener la edad adecuada, eran demasiado tímidos; no podían ir solos al baño; tenían que comer con ayuda de alguien; se comunicaban por señas, y sus capacidades motoras eran limitadas.

Y en esas mismas condiciones estarían en este momento si sus madres no los hubiesen llevado a la Unidad de Educación Temprana, UET, de Los Pipitos, ya sea porque ellas mismas lo consideraron necesario, por insistencia de sus allegados al ver que “algo no estaba bien” con el niño o niña, o porque fueron transferidos desde sus colegios.

Yamileth Vásquez Rivera, mamá de Hamilton; Tamara Orozco, mamá de Samahí; Gabriela Nazaret Pérez Dinarte, mamá de Javel; Gabriela Beteta, mamá de Norma; Juana Patricia Pérez, mamá de José Manuel, y María Paola López Chavarría, mamá de Sharon María Ocón, dan testimonio de cómo sus retoños han solucionado las dificultades.

Hamilton era muy tímido; Samahí dependía totalmente de su mamá; Javel no podía saltar; Norma no podía caminar; José Manuel se comunicaba con señas, y Sharon era muy introvertida. Pero hoy hablan entre ellos, toman un juego didáctico, lo terminan y siguen con otro; corren, saltan y se comunican con sus progenitoras.

La doctora María de la Luz Silva, encargada de la UET de Los Pipitos, explicó que esta especialidad atiende a niños y niñas que llegan remitidos desde los hospitales o por iniciativa de sus padres, porque presentan algún factor de riesgo que pueda altera o limitar su desarrollo.

Por tanto, se les da una atención integral que va desde el lenguaje hasta las actividades motoras, y a la par de todo ello se capacita a los padres para que acepten la condición de sus hijos, y comprendan que su apoyo es fundamental para el desarrollo de estos.

Cada mes, la UET atiende a entre 40 y 50 niños y niñas nuevos, y da seguimiento a 180. Hace unos días, se llevó a cabo la graduación de 20 infantes, lo cual implica que han finalizado el ciclo de educación temprana y que sus padres deben seguir el camino solos.