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Es sábado. Para la mayoría de los nicaragüenses, desde los más grandes hasta los más pequeños, es un día para levantarse tarde. Pero en la comarca Ampopuá, municipio de Potosí, departamento de Rivas, Adonis Agustín Gómez Velásquez, de 16 años, está de pie desde las tres de la mañana.

Adonis es el joven que obtuvo la segunda medalla de oro en las Olimpíadas Matemáticas de Centroamérica, recién celebradas en El Salvador, y todos los sábados viaja más de un centenar de kilómetros para llegar a Managua y asistir a la Academia de Jóvenes Talentos, que coordina la Universidad Nacional de Ingeniería, UNI, con el apoyo de Fundación Uno y el Ministerio de Educación, Mined.

Aunque sale de su casa a las 4:30 de la mañana, dice que no lo hace sin desayunar una buena ración de gallo pinto, pan y café, y sin haber escuchado las recomendaciones de su mamá, María de los Ángeles Velásquez, quien religiosamente le pide que se fije bien a ambos lados de la carretera antes de cruzarla y que sujete bien sus pertenencias, para, según ella, evitar un asalto.
Pero no es para menos. Adonis es el único hijo que procreó con Faustino Gómez, y ha sido el orgullo de esta pareja por su destacado desempeño en las Matemáticas desde que cursaba Primaria.


Un talento escondido
La primera vez que Gómez Velásquez participó en unas olimpíadas de Matemáticas fue en sexto grado, y llegó a ganar la competencia a nivel departamental.

“Pero no llegamos (a competir) a las nacionales, no sé qué pasó, no sé si es que en mi colegio no se dieron cuenta”, lamenta ahora.

Hoy este adolescente estudia quinto año en el Instituto Nacional “Benjamín Zeledón”, del municipio de Potosí, situado a dos kilómetros de su casa, por lo que en bicicleta se tarda unos 5 minutos en llegar.

Pese a su disciplina y a su gusto por las Matemáticas, su entrada a la Academia de Jóvenes Talentos fue casi una casualidad.

Adonis cuenta que cuando estaba en primer año, uno de sus profesores les habló de esa iniciativa y les enseñó los exámenes que tenían que resolver para postularse y hacer un examen presencial, que de aprobar le aseguraría un cupo en la academia.

En un intento de probar sus conocimientos en la materia, tomó uno de los exámenes y pudo resolverlo, al igual que el examen presencial.  Ahora ya son casi cinco años los que lleva viajando entre Potosí y Managua, y hasta el año pasado lo hacía acompañado de un profesor que imparte clases en la Academia, pero este año lo hace solo.

En todo ese tiempo, solo en una ocasión ha salido por las calles de la capital por su cuenta. “Una vez fui con unos compañeros al Colegio Americano a preguntar cuánto cuestan los cursos de inglés”, confiesa. Y es que para él también es “importante” aprender ese idioma.

No todo ha sido fácil
Adonis asegura que el apoyo incondicional de sus padres ha sido clave para llegar hasta donde está. Dice que a pesar de ser una familia pobre, nunca estuvo ante la posibilidad de tener que dejar las clases para comenzar a trabajar.

Pero su historia es una excepción en su colegio, pues afirma que varios de sus compañeros han tenido que abandonar los estudios por dificultades económicas en sus hogares.

Gener, con quien aún tiene amistad, es uno de ellos. “Él sólo hizo la primaria y se quedó (trabajando) en el campo”,  refiere.

Además, en 2009, cuando tenía más de un año de estar en la Academia, flaqueó. “Hubo un tiempo en que quise retirarme porque me salía muy pesado las clases de aquí junto con las de mi colegio. Me quise salir, pero mejor no, además ya iban a terminar las clases”, cuenta. Hoy cursa el último nivel de este curso especial extra.

Y, definitivamente, fue la decisión más acertada, ya que él mismo, a manera de reflexión, dice que ese año obtuvo notas de excelencia y con ello pudo viajar a El Salvador a participar en el programa Futuros Dirigentes Técnico Científicos, FDTC, de la Academia de Jóvenes Talentos de ese país.

De hecho, en estos últimos 5 años se ha ganado un cupo en dicho programa, aunque recuerda que el primer año no asistió porque sus padres no le dieron permiso por considerar que era muy peligroso.

Desde 2009 viaja a El Salvador todos los fines de año para participar en el programa que, según el sitio web de la Academia de Jóvenes Talentos del vecino país, introduce a los estudiantes “al fascinante mundo de la ciencia, ingeniería y matemáticas, en un medio exigente y acelerado, pero a la vez estimulante”.

A los jóvenes, que llegan de toda Centroamérica, se les imparten cursos de nivel universitario durante cuatro semanas, con un ritmo de trabajo de ocho horas diarias de clase, evaluación y tarea diaria.

Un mundo abierto
Sábado. 11:00 am.  En su sesión rutinaria de la Academia de Jóvenes Talentos, Adonis está concentrado en un examen. Está sentado de tal forma que hace parecer que terminará con un fuerte dolor en la columna.

Dice que quiere estudiar “una ingeniería”, pero aún no sabe cuál. Se inclina por la geometría euclidiana, “la que ve todo lo relacionado con formas”, explica, pero no encuentra entre las ramas de la ingeniería una donde este tema se aplique como a él le gustaría.

Y aunque faltan pocos meses para que termine su quinto año de secundaria, no se preocupa por esa indecisión. Es más, asegura que piensa pasar un año más en la Academia y que le gustaría ser tutor.

De lo que está seguro este joven, es de que si no hubiese tenido todas estas oportunidades, sería un alumno destacado de su municipio y nada más. “Tendría una vida corriente, mientras que con este tipo de cosas me doy a conocer más en lo académico y me sirve para un futuro”, afirma.

“Me gusta bastante estudiar porque me da la oportunidad de salir del país y de tener experiencias como las olimpíadas, los cursos en El Salvador y conocer a otras personas a las que les gustan las Matemáticas”, agrega.   

¿Lo que más quiere en el corto plazo? Que las Olimpíadas Centroamericanas de Matemáticas se realicen en Nicaragua y ser guía de las delegaciones visitantes, por lo que espera que el Gobierno apoye esa posibilidad. Además, participar en las Olimpíadas Iberoamericanas de Matemáticas que se celebrarán en Bolivia en septiembre próximo, algo que para él es muy seguro.

A largo plazo se ve como todo un profesional, que con su trabajo logró sacar a su familia de la pobreza, y, por supuesto, con su propia familia. ¿Qué si le inculcaría las Matemáticas a sus hijos? “Si, me gustaría, pero si a ellos no les gusta, no, porque tal vez van a tener interés por otras ciencias”, contesta sin titubeos.