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El carro avanzó sobre la carretera Managua - León.

Los tres niños se extrañaron de que no nos detuviéramos a comer quesillos en La Paz Centro.

La situación no era para menos. Yo había hablado con la madre para explicarle que iríamos a León y que el Chele Aguilera había jurado matarme.

La Unión de Periodistas de Nicaragua, UPN, me había nombrado miembro del Comité Ejecutivo para Tiempos de Guerra, junto a Danilo Aguirre, Fredy Rostran, Manuel Eugarrios y Alejandro Romero.

Y la misión que me encomendaron era ir precisamente a León, para reunirme con los periodistas; y explicarles su trabajo en la insurrección final que estaba a punto de estallar: informar la verdad de lo que pasaba en las trincheras para contrarrestar la desinformación somocista.

Saldríamos de Managua a las siete, llegaríamos a León a las ocho y media de la mañana, los dejaría en casa de la abuela, me dirigiría a la Cámara de Comercio, donde comenzaría la reunión a las diez.

Entregaría los documentos editados por la UPN, daría las orientaciones correspondientes y a las 11 y 55 cerraría la sesión.

Porque a la una, la Guardia se retiraba a sus cuarteles, el Frente se tomaba las calles y todo el mundo se encerraba en sus casas. A las doce y media, tendríamos que estar en la carretera con rumbo a la capital.

Mayo de 1979. Faltan pocos días para que la guerra se generalice.

La reunión comenzó con 12 periodistas, entre ellos, los experimentados Wilfredo López Valladares y Eligio Álvarez Montalván, quienes constituían mi principal apoyo.

A las once y 55 di por terminada la reunión y me dirigí a mi carro.

Entonces, escuché un ruido infernal que venía de la Universidad: la guerrilla estaba atacando a la Guardia que se encontraba en el Parque Central, a 30 metros de donde sesionábamos.

La Cámara se ubicaba en el edificio de la Alcaldía. Estábamos, pues, en las mismas costillas de la Guardia.

Una tanqueta, comenzó a disparar hacia las posiciones sandinistas y cada detonación parecía que iba a derribar el edificio. Bajamos el portón, para evitar que nos detectaran.

Asumimos la cruda realidad: con el color de antisomocistas, nadie iba a creer que estábamos allí de casualidad. Nos matarían.

Por las hendijas del portón, mirábamos correr a la Guardia, atacando las posiciones guerrilleras, luego retrocedían llevando heridos en camillas. También muertos.

Era como si estuviéramos viendo una película, nada más que nosotros no éramos espectadores, sino que estábamos dentro de ella.

Nos ubicamos en el fondo. Sentados en el suelo, conteniendo la respiración.

El combate arreciaba y la tanqueta continuaba haciendo destrozos en el edificio, que, con solo el ruido, dejaba caer arena y pedazos de bloques sobre la habitación.

Como jefe del grupo, me sentí responsable por lo que pudiera pasarles. Los miré uno por uno.

Wilfredo López había recibido entrenamiento guerrillero en La Habana.

Hacía ocho meses cuando el Frente se tomó nuestra emisora Radio Centro de León y emitió un comunicado, la Guardia creyó que era un autoasalto. Porque allí trabajaban Denis Moncada Colindres, Eligio Álvarez, Lester Mendieta, Vicente Baca y otros, todos miembros del Frente.

La Guardia atacó la emisora, como si fuera un cuartel guerrillero, destruyó el techo, las puertas y se llevó presos a Wilfredo y a Julio Pineda, el operador de audio. Yo me escondí en Las Peñitas.

Fue gallarda la actitud de Wilfredo. Lo pusieron a desarmar el artefacto que dejaron los guerrilleros. Lo golpearon toda la noche.

En la mañana, Julio lo vio regresar a su celda, agotado, pero sereno.

La seguridad quería saber todo. ¿Dónde está Chuno? ¿Eligio? ¿Denis Moncada? El martirio se prolongó una semana.

Wilfredo sería, pues, uno de los primeros en morir.

Miré a Eligio Álvarez. Una vida de carceleadas y torturas, Léster Mendieta, activista de la Juventud Socialista, Edmundo Icaza y Nelson Regalado, habían estado presos con Sócrates Flores, en 1967. Todos estábamos fichados.

Rafael Cervantes, Bernardo Hernández, y los otros más jóvenes apenas podían creer lo que estaba pasando.

Me senté junto a ellos a esperar y a recordar.

Managua 18 de febrero 1979. Reunión del Estado Mayor GN. Caso Radio Futura, emisora en la que se concentran los más conocidos periodistas sandinistas: César Estrada, Eligio Álvarez, William Montiel, Mayra Reyes, Marlen Chow, Lily Soto, Luis Hernández, Guillermo Cortez, entre otros. Director Chuno Blandón.

Según fuentes allegadas a la GN, están presentes Samuel Genie; Aquiles Aranda, Alberto Luna y otros altos oficiales.

“Hay que matar a los periodistas principales que son: César Estrada, Eligio Álvarez y Chuno Blandón”, dijo fríamente Alberto Luna.

“Matar un periodista sería demasiado costoso. Recordemos lo de Pedro Joaquín”, terció Aquiles Aranda. “Mejor dinamitemos las plantas de la radio”.

Era más efectivo y menos dramático.

Noche del 19 de febrero. Un escuadrón de la GN se presentó en las plantas de Radio Futura, barrio El Chorizo. Sacaron al cuidador, lo ataron y lo dejaron en la costa del lago.

Al día siguiente, cuando fui al lugar de los hechos, los transmisores y la torre habían quedado reducidos en un líquido melcochoso, derretidos por los explosivos.

Somoza, en conferencia de prensa dijo que el atentado lo había hecho uno de tantos grupos armados que andaban en el país, eludiendo su responsabilidad.

Lo acusé, en La Prensa, (20 de febrero 79) de ser el autor intelectual del atentado, convirtiéndome así en un blanco de los paramilitares.

Un nuevo tanquetazo me sacó de mis cavilaciones, mientras la batalla arreciaba a cada momento.

El ring del teléfono resonó mil veces en medio del silencio. Me levanté despacio y tomé el auricular. Era Nacho Briones.

En Managua ya sabían que estábamos atrapados.

“Te voy a dar la lista de los que están aquí, por si acaso nos matan. Decile a los miembros del comité que estamos cumpliendo”, y colgué el aparato.

El ruido de las ambulancias le daba un toque más fúnebre a aquella tarde extraña.

Reunión con un perseguido por la seguridad somocista

Los gritos de la Guardia se oían tan cerca, que podíamos adivinar sus rostros congestionados por la furia y el miedo. Nos asomábamos de vez en cuando y mirábamos pasar los muertos y los heridos que llevaban en su retirada de las posiciones guerrilleras.

Los muchachos más jóvenes estaban visiblemente nerviosos.

Uno de ellos criticó a Rafael Cervantes porque andaba camisa verde olivo, como los guerrilleros.

Otro le rogó a Edmundo Icaza que escondiera su muleta porque la Guardia iba a creer que era una ametralladora.

Retrocedí en el tiempo.

Después de la muerte de Carlos Fonseca, por orientaciones que él había dejado, comencé a reunirme con el comandante William Ramírez (“Luis”), quien me apoyaría en la primera edición de Entre Sandino y Fonseca.

Frecuentemente, el intercambio se producía a través de la valiente guerrillera Ibis Hernández (“La Negra”), quien siempre andaba con dos pistolas en el bolso.

A las cinco de la tarde, estacioné mi carro frente al Hospital “Manolo Morales”, para recoger a quien era ahora uno de los principales jefes del Frente Interno.

William apareció con una grabadora, dentro de cuya caja adiviné, escondía el arma.

Me saludó sonriente. No parecía ser uno de los hombres más buscados por la Seguridad.

Fuimos hasta la iglesia La Fuente, del padre Julio Manuel Díaz y ese fue el inicio de una serie de encuentros en mi casa y en la radio.

Me escribía con Ibis, sobre este libro, que sería publicado por el FSLN. Yo pasaría a la clandestinidad, decía Luis.

Al Frente le interesaban mucho nuestras dos emisoras, Radio Centro y Radio Futura, ya que mis socios, Alejandro Mora y Ronaldo Lacayo, también colaboraban con la insurrección.

Mi sobrino, Róger Rizo Blandón, era Gerente de Ventas y en septiembre, combatió en la Centroamérica.

Un día desapareció y su esposa lo encontró en la morgue del “Manolo Morales”.

Róger jefeó el asalto al Banco Nacional de Esquipulas, Matagalpa. Se quedó cubriendo la retirada de sus compañeros, y cayó tendido, desangrándose en la carretera.

Desde allí lo sacamos con todo sigilo, para enterrarlo, ya que la Guardia no entregaba cadáveres de guerrilleros. Fue un día de terror para la familia, temiendo nos arrebataran el féretro.

Una fuga espectacular

Una tarde tenía que ver a Ibis, frente a la Plaza Julio Martínez, a las dos. No la vi. Di una vuelta y pasé a los diez minutos. Tampoco.

Me fui a mi casa y esperé.

Sonó el teléfono, era William. Ibis había sido capturada y yo tenía que irme a la clandestinidad. Un carro pasaría recogiéndome. Me reuní con mi esposa y con mis niños, los abracé y salí a la acera. Allí esperé una hora.

Sonó nuevamente el teléfono. “La Negra” había escapado espectacularmente de sus captores y daría una conferencia de prensa en la Casa del Periodista.

Ibis denunció que había sido detenida por un jeep de la Guardia en el hospital Occidental, hoy “Bertha Calderón”.

La condujeron a unos predios detrás del Teatro Nacional, donde fue torturada y vejada por cuatro guardias. Cuando la llevaban hacia las cárceles de Tiscapa, escapó.

“La Negra” fue quien pasó a la clandestinidad.

Mientras tanto, los miembros del Comité para Tiempos de Guerra de la Unión de Periodistas de Nicaragua, nos reuníamos periódicamente.

Pedí permiso para ir a Matagalpa a visitar a mi padre, ya que no sabía cuándo volvería a verlo. Llegué a las seis de la tarde y vi que la caseta de la Guardia en la entrada, había sido arrancada.

Matagalpa era una ciudad fantasma. Calles oscuras, vehículos quemados, casas cerradas. Avancé entre los escombros a la casa de mi padre, Miguel Blandón Rodríguez, quien había sido herido por la Guardia durante una protesta y lo encontré tendido en un sofá, con una pierna vendada.

Me fui a una farmacia, a suplicarles que me vendieran los medicamentos, de modo que esa noche la pasamos cuidándolo.

Aunque tenía 70 años, era un hombre muy fuerte. Se recuperaría.

Oí más golpes en el portón y regresé al presente. Eran nuestros vecinos los bomberos.

A las cinco, el Frente se retiraba de sus posiciones.

Salí a la calle. El carro estaba milagrosamente intacto. Sentí en mi cuello la mirada de los francotiradores de la Catedral. Di la vuelta en redondo y, contra la vía, corrí a toda velocidad rumbo a la Universidad, alejándome de los puestos de la Guardia. En la esquina de la UNAN doblé a la derecha. Mi familia montó al carro.

Había muertos en ambas aceras.

Vi una tanqueta que se deslizaba hacia el barrio de Sutiava, la dejé pasar y salí por la calle de la Montaña Rusa.

En el cielo aparecieron los aviones y helicópteros, que sobrevolarían León esa noche.

Mi hijo menor había dejado de llorar. Estaba dormido.

Primero de junio 1979. Combates en los barrios de Managua. “La Negra” y William han desaparecido. Mi nuevo contacto es la periodista Vivian Torres.

Dos de junio Managua luce desierta. Tres de junio. Espero órdenes del Frente Interno. Mañana comienza la Insurrección. Vivian Torres me dice que el comandante Luis me ordena salir hacia Cuba, donde se realizará el IV Congreso Latinoamericano de Periodistas.

¿Pero cómo iba a ir si no le daban visa de salida a nadie, mucho menos a mí? Comenté mi problema con la periodista Alicia Talavera y su hermana me dijo:

“Yo trabajo en Migración. Te consigo la visa”. Ella cumplió y me entregó el pasaporte visado.

A las seis de la mañana del cinco, un joven de seudónimo “Carlos”, me pasó recogiendo.

No sé cómo pudo atravesar la Carretera Norte, pues había balaceras por todos lados. El aeropuerto era un pandemónium.

En los rostros se reflejaba el pánico.

Creí que en Migración me detendrían, pero era tanto el desorden que me dejaron pasar.

En Prensa Latina de San José me dieron los documentos y en México me esperaba Mayra Reyes. También Rolando Elías Serrat y su esposa Odesa, de Prensa Latina.

Cuando iba hacia el avión de Cubana, recordé el viaje que 17 años antes hice con Carlos Fonseca. Los mismos fotógrafos, los mismos servicios de inteligencia.

Miré mi pasaporte que no era válido para viajar a la URSS, China Comunista, Cuba. Nunca volvería a Nicaragua legalmente. A menos que triunfara la insurrección. Pero eso, en aquel momento, era solo una esperanza.

 

(Del libro Entre Sandino y Fonseca, IV edición).

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