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Luego de 36 años de ejercer la profesión y de haber entrenado a la mayoría de generaciones de cirujanos del país, continúa educando y operando con la misma pasión con que maneja su moto Harley Davidson.

El cirujano que educó a casi todas las generaciones de médicos con esa especialidad que hay en el país, solo podría dejar el quirófano para subirse en su moto Harley Davidson, pues esa es la otra pasión que ocupa su vida.

El doctor Alberto González, 56 años, no lo dice así de tajante, pero lo indica la satisfacción que deja ver cuando habla de su afición por manejar esas motos grandes, poderosas, que fueron fabricadas desde 1903 por dos amigos de apellidos Harley y Davidson y, que desde entonces, parecen estar destinadas para hombres rudos, llenos de tatuajes y vestidos de trajes de cuero color negro.

“Me encanta andar en moto, tengo una Harley Davidson, y doy una paseadita con mis amistades. Siempre me ha gustado el motociclismo, cuando estaba más joven tenía una montañera y si tenía chance me iba con unos colegas a la montaña”, cuenta.

Pero más que por su pregonar en el motociclismo, el doctor González es reconocido por su labor como educador y su habilidad como cirujano.

En sus manos se ponen los médicos cuando les toca hacer de pacientes, y generaciones de cirujanos le agradecen su devoción como maestro.

Alberto González es de los médicos que cualquier paciente quisiera tener en la sala de operaciones. Un dibujo de un esquimal ya amarillento, colgado en el mural del consultorio, con el mensaje “gracias doctor González Ortega”, fue hecho por niño que hoy ya es arquitecto.

“Entrar a un quirófano es una experiencia muy traumática para todo el mundo. Todo es nuevo, no se tiene a nadie familiar que lo soporte, y por eso nosotros debemos transformarnos en protectores en todos los sentidos. En general, el someterse a un procedimiento quirúrgico es un gran estrés, una sensación muy nueva”.

Al final del día, dice González, citando a los grandes pensadores médicos, “la labor es luchar contra la muerte”.

“Nosotros hacemos todo para devolverle la salud a los pacientes, y no hay satisfacción más grande que devolverle el esposo, la esposa o la hija, a la gente que guarda su confianza en nuestra preparación médica”.

Alberto González tiene 36 años de ser médico. Habla rápido, es afable y no anda con medias tintas.

Llegó a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-León, en 1970. En aquella época 1,250 jóvenes como él aspiraban ser médicos, pero solo 50, los de mejor promedio ingresaron a la carrera.

Su inclinación por la Medicina fue más bien una casualidad. “Mi sueño era ser ingeniero electrónico, pero estando en tercer año de secundaria operan a mi padre, y mi madre me pide que lo vaya a cuidar; estaba en el hospital del Seguro Social, allá por el Banco Central. Como a las 7:30 de la noche llega a pasar visita el doctor que lo operó, era un personaje, andaba vestido de blanco: “Soy el doctor Felipe Valenzuela”, dijo. Lo atendió con tanto amor que ese día decidí ser médico… Después me tocó serlo, luego cirujano y ser jefe de ese hombre”, cuenta.

González fue jefe del Departamento de Cirugía del Hospital Manolo Morales durante 22 años. Fue allí donde aprendió la especialidad y donde posteriormente contribuyó a formar a la mayoría de cirujanos del país.

Él lo dice de otra forma: “Soy hecho en casa, a mucha honra y con mucho honor”. Cuenta que la especialidad fue el proyecto de un grupo de médicos soñadores que decidieron que en Nicaragua se podían hacer esos estudios.

“Tuve maestros espectaculares que sellaron mi alma y actuar, el doctor Edmundo del Carmen; el gran maestro doctor Elías Vega, quien todavía ejerce; el doctor Jorge Elías Estrada, quien era brillante, y el entrañable doctor Roberto Calderón.

Soy un producto de sueños y realidades, porque los sueños de hoy son las realidades de mañana. Allí formamos a todas las generaciones de cirujanos que hoy ejercen la cirugía en todo el país”.

Pero, ¿qué se necesita para ser un buen cirujano? “Mucha disciplina, mucha entrega, mucho cuidado personal para dar buenos resultados; además, uno tiene que ser testimonio de lo que educa y tener buenos modales, preparación científica y una entrega total al paciente. El paciente pasa a ser lo más importante en la vida del médico”.

Aunque, dice, el binomio perfecto son los conocimientos médicos y maestros que te enseñen. A su criterio la cirugía es la especialidad más exigente, la que más entrega requiere.

El doctor González dejó el servicio público cuando Arnoldo Alemán asumió el poder. Entonces “hubo un cisma en los hospitales docentes, creyendo que los profesores éramos políticos, casi todos fuimos retirados”.

“Yo sentía que se me estaba cerrando la puerta al cielo, sufrí mucho, porque me había entregado con alma, vida y corazón”. Desde entonces está enseñando en el Hospital Bautista, pero de una manera diferente a su propio aprendizaje. Está tutorando a los residentes, porque considera que estar junto a ellos al momento de las cirugías es el método más indicado, pese a que agradece a cada momento a los maestros que tuvo, y respeta la metodología empleada por ellos.

Sus familiares, incluso los más cercanos, sus hermanos y madre han estado en sus manos en una sala de operaciones. “No es contraproducente, cuando uno decide operar a un familiar, se acompaña de un colega que tenga muchos conocimientos para resolver este problema. Me ha tocado operar a mi mamá de una úlcera perforada, a mis hermanos. Creo que uno dice: nada más seguro que conmigo”.

Y cuando le ha tocado a él ser paciente, se ha puesto en las manos de su colega, el doctor Valerio Guevara. Algo que para él ha sido “una dicha”.

Además del quirófano y de esas caravanas oscuras que organizan los aficionados a las Harley Davidson, al doctor González también se le puede encontrar en la frecuencia Yn1-AL.

Este hombre que sale de su casa montado en su moto, sin temor alguno porque la vida es un continuo riesgo, es también radioaficionado. Como todo en su vida invoca una pila de años, tiene 25 de estar en esto. Cuando lo cuenta sonríe con el mismo entusiasmo con el que habla de medicina o de las motos.

Si alguna recomendación tiene que darle a las generaciones que le suceden, es esta, y se resume en tres palabras: que se entreguen.