•   Londres, Inglaterra  |
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Cuando desperté, las imágenes seguían ahí, como diría Monterroso, dando la impresión que nunca se desvanecerían. Fue una maravillosa inauguración. El productor Danny Boyle frotó la lámpara y se hizo la magia. El Estadio Olímpico de Londres, desde ayer una de las joyas de la corona, se convirtió en el ombligo de lo fantasioso. Lo que vimos ayer, no se olvida. Sobrevive como recuerdo, incluso a enfermedades drásticamente implacables.

Cada una de estas ceremonias, sin temor a exagerar, debería ser incluida en un agregado de “Las mil y una noches”. Como en Beijing, quedamos con la impresión de haber visto una noche de fin de año en Disney con diferentes características. Era lo grandioso, flotando frente a nuestras miradas, sujetadas firmemente por signos de admiración.

El trabajo de Boyle, un ganador del Oscar, fue sencillamente fantástico. Tuvo respuesta al mayúsculo reto planteado: ¿cómo competir con Beijing? Lo hizo tomando otra ruta con mucha habilidad, exhibiendo su talento apoyado por un presupuesto de 34 millones de euros. Eso le permitió mostrar la campiña, incluyendo 70 ovejas y 12 caballos, la cultura, el desarrollo industrial y tantos legados ingleses, en una estupenda revista que supo mantener oculta, aún después de haber realizado un ensayo general con tantos participantes, escapando a la cacería de los que se adelantan a todo con el uso del internet.

Lo musical fue tan armonioso, nostálgico y aprieta corazones, que atrapó a todos. La música de los Beatles, de los Rolling Stones, de los Bee Gees y su Stayin´Aalive, de la orquesta sinfónica de Londres y el cierre, con Paul McCartney, todavía en pie de lucha, motivando a las nuevas generaciones cantando Hey Jude, esa canción que anima a mejorar las cosas, como si estuviera saliendo de su alma, contagiando a la multitud. Fue como ver el mundo de pie, agitando sus brazos. Un momento sublime.

En el palco de personalidades: la reina Sofía de España; Angela Merkel, Cancillera de Alemania; Francois Hollande, Presidente de Francia; Yoshihiko Noda, Primer Ministro de Japón; Alberto, Príncipe de Mónaco; Dimitri Medvedev, Presidente de Rusia; Michelle Obama, Primera Dama de Estados Unidos; Dilma Rousseff, Presidenta de Brasil, y, por supuesto, el príncipe Guillermo de Inglaterra y su esposa Catalina.

La campanada hecha sonar por el ganador del Tour de Francia, Bradley Wiggins, puso en marcha el cronómetro; el poema de Shakespeare, fragmentos de “La tempestad”, vocalizado por Kenneth Branagh; las chimeneas, los aros olímpicos, la llegada de la reina en helicóptero durante la presentación de un corto acompañada por Daniel Craig, el moderno James Bond, el abrazo de Michelle Obama con David Beckham, el rugido escalofriante provocado por el escuadrón de los aviones caza, el dominio del pop incursionando en todos los rincones, el uso del humor inglés tan punzante, Mister Bean funcionando como pianista, la aclamación al inmenso Muhammad Alí que encendió el pebetero en Atlanta, los niños y el universo de la literatura infantil, la presencia de J. K. Rowling, las varias Mary Poppins y los fuegos artificiales, llenaron de satisfacción a ese inmenso atleta que fue el semifondista Sebastián Coe, Presidente del Comité Organizador, y mantuvieron encadenadas las emociones de dos o tres mil millones de televidentes en el planeta.

De lo que se perdió Shakespeare, hubiera dicho Harold Bloom.