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Hace algunos días, sin percatarse de la diferencia horaria, la madre del boxeador Osmar Bravo, Carmen Amador, recargó su celular y marcó el teléfono de un atleta panameño para hablar con el penúltimo de sus hijos. El boxeador de 27 años, alto, fornido y siempre serio, ya estaba dormido. “Estaba soñando que ganaba mi primera pelea, mamá”, le dijo cuando se puso al teléfono.

Aquel sueño, dice, no era una premonición. “Es que él es así, siempre positivo, siempre luchador”, cuenta la madre de Osmar Bravo, el boxeador nica clasificado en octavos de final en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, en la categoría de los 81 Kg.

El domingo pasado Bravo la llamó para saludarla y también para avisarle a qué hora sería la pelea.

“Él se tranquiliza llamándome y llamando a Nereida (su pareja). Siempre está pensando: ¿estarán bien?, ¿estarán enfermas? Nos llama desde el teléfono de su amigo panameño, aunque la última vez que me llamó, dijo que ya no puedo llamarlo a ese teléfono, porque ya no está cerca de él”.

La última vez que la llamó fue poco después de la pelea que ganó ante el montenegrino Bosko Draskovic. El sueño se había cumplido, pero Osmar no dijo mucho. Siempre ha sido de pocas palabras, un tanto seco, serio, y su mamá es igual. “Los dos somos apagaditos”, dice la señora.

Y se cumplió

El lunes a las 3:31 pm, dos hermanos de Osmar, su padre y su madre se sentaron frente al televisor en la pequeña casa donde viven, en el barrio Las Rosas, de Muelle de los Bueyes, a esperar la pelea.

La televisión enfocó al mismo Osmar de siempre. El de la cara dura y el cuerpo definido. “Yo agarré coraje cuando salió en la televisión, no estaba nerviosa”, dice la mamá.

Horas antes, los miembros de la escuela de boxeo a la que pertenece Bravo, colocaron una pantalla gigante en las cercanías del barco que está ubicado sobre la carretera que va hacia El Rama, en la entrada de Muelle de los Bueyes, un pequeño poblado que dista 254 kilómetros de Managua.

"“¡Ay!, en el primer round estábamos afligidos”, recuerda Rolando Lanzas, vicepresidente de la escuela de boxeo. Y al instante remarca, “pero es que él estaba analizando al adversario”.

Entre los tantos que se agolparon en la entrada de la ciudad, estaba Javier López, quien conoció a Osmar hace tres años, cuando empezó a practicar boxeo. Dice que él sí estaba nervioso, ¿será que va a perder?, se preguntaba en silencio. “Después, cuando empezó a ganar, no parábamos de gritar. Nosotros lo tomamos como que ya ganó la medalla, por las condiciones en las que entrenamos aquí, por cómo se ha superado él”.

Cuando concluyó la pelea salieron en caravana por todo el pueblo. “Píldora --gritaban--, no vengás con las manos vacías”.

Bajo la brisa persistente y típica que cae en este pueblo, en motos, carros y camionetas bajaron y subieron las empinadas calles de Muelle de los Bueyes, gritando vivas a Bravo, hasta llegar a la casa de Carmen Amador. Y entonces la madre del joven ebanista que logró llegar a Londres derribando hombres, repartió abrazos de alegría.