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Gallos y más gallos. Un gallo de porcelana en la cocina que sirve de tapa a un recipiente. Otro gallo sobre la mesita que está ubicada en el porche. Cuatro gallos pintados en acuarela, cada uno en un cuadro. Un estante con más de 40 adornos con forma de gallos de diversos estilos, tamaños y colores. Y en el fondo, en un patio estrecho, más de 200 gallos de verdad que cantan al unísono de día y de madrugada, volviendo loco a cualquier visitante desacostumbrado a este sonido incesante. Gallos de vistosos plumajes, pollitos y casi un centenar de gallinas.

Aquí vive Mario Tapia. El fotógrafo y corresponsal de guerra del diario Barricada en los años 80. El fotógrafo oficial durante las visitas del papa Juan Pablo II y del expresidente Jimmy Carter a Nicaragua. El corresponsal fotográfico de la agencia Reuters durante siete años. El fotógrafo y el gallero padre de ocho hijos.

La plática, como cualquiera imaginaría, no inicia con el tema de los gallos. Esta semana Mario Tapia cumplirá 61 años. De su época de conquistador, de corresponsal de guerra y de fotógrafo solo quedaron el bigote y una camioneta antigua, celeste, que lo ha acompañado desde hace más de 20 años en su transitar por todo el país.

Hace calor. La casa, ubicada sobre la calle central de Masatepe, donde el rugir de los buses y de los furgones impide que el silencio se estacione, refleja las dos cosas que han marcado la vida de este hombre: las fotos y los gallos.

Fotos enmarcadas en una de las paredes de la sala principal develan cómo han sido sus últimos 30 años. En la mayoría de las que están colgadas sale posando. Puede ser con el expresidente Enrique Bolaños, con la expresidenta Violeta Barrios de Chamorro, con el presidente Daniel Ortega, con el expresidente estadounidense Jimmy Carter o con el palestino Yasser Arafat.

Mario Tapia habla y camina pausado. Antaño --según las fotos-- estaba entrado en carnes y su bigote era abundante y oscuro. Dicen que era un conquistador, pero ahora la vejez lo ha convertido en un hombre más paciente y reflexivo. La edad también le ha pronunciado sus facciones aindiadas.

La tierra tembló
Ese día se durmió sin ropa porque en los tres hornos que funcionaban en su casa, allá por el Instituto Ramírez Goyena, estaban haciendo pan. Cuando la tierra empezó a temblar y el pavimento parecía competir en un concurso de samba, él salió desnudo a la calle. Era el 23 de diciembre de 1972 y Mario Tapia estaba en traje de Adán en plena calle.

Ríe al contarlo. “Hasta que estoy afuera me doy cuenta de que mi abuela Filena Montenegro aún estaba dentro de la casa. Entonces me volví a meter, agarré un mantel cuadrado para el comedor, me tapé y saqué a mi abuela y a otros familiares. Fue una época de terror”.

Oriundo de Masatepe y crecido entre gallos, llegó a Managua a los 10 años buscando una mejor vida, porque su madre los crió sola a él y a sus cinco hermanos. “Había estado en Chinandega y en Jinotega con unos tíos que trataban de ayudarle a mi madre con la carga”.

En Managua se hizo tipógrafo, y en 1969 obtuvo su primer trabajo en una empresa dedicada a la serigrafía e impresiones, propiedad de Enrique Bolaños. Se dedicaba a la separación de colores y a la fotomecánica. Por aquel tiempo se metió a estudiar diseño y arte gráfico en la Upoli, pero jamás terminó la carrera.

La siguiente etapa es mejor que la cuente él. Está llena de nostalgia, de coraje y de recuerdos.

“Llegué el 26 o el 27 de julio de 1979 a Barricada, que había salido por primera vez, ya en la Revolución, el 25 anterior. Llegamos a la Colonia Mántica, donde estaba Novedades. No había ni una máquina de escribir, todo había sido saqueado. Comenzamos a trabajar con periodistas de La Prensa y con los técnicos de Novedades”.

La historia sigue: “Me tocó depurar el área técnica… Mi primera experiencia fue como fotógrafo de Barricada. Nunca había tenido una cámara aunque había tenido un hermano fotógrafo, Luis Tapia, que trabajó en La Prensa y fue asesinado en Guatemala. La primera reunión que cubrí con mi cámara Pentax, regalada por una periodista española, fue la de Misurasata --miskito, sumo y rama-- en Musawás”, en el Caribe nicaragüense.

No era un experto en la fotografía. “Sabía que si estaba en rojo no podías disparar. Pero al ritmo acelerado de Barricada, cuando casi todos los días teníamos algo, el trabajo era agotador, y se aprendía rápido”. Dice que se movilizaban en un Mercedes Benz, y que mucha gente, al verlos llegar, inmediatamente decía: “Dirección General, ¡ordene!”.
“Muchísimas veces me tocó dormir en los escritorios de Barricada o en los vehículos, y en la guerra pasé mucho tiempo movilizado, nunca dije no, aunque en algunas ocasiones tuve temor… Lo dimos todo y teníamos unos salarios simbólicos. Esa fue una escuela para los periodistas, y ahora los veo y son destacados”.

El canto del gallo

Los gallos están cantando. Cantan todos a la vez. Esta es la peor época del año para ellos, cuenta Tapia. Están desplumando, y ante cualquier movimiento o manipulación sufren.

Mario Tapia camina por los angostos pasillos donde están los gallos encerrados en sus jaulas, identificadas algunas con las placas de los vehículos que ha tenido en su vida, que suman cinco.

Su día inicia con el canto de los gallos. Por ahora no está a cargo del mantenimiento de los animales por asuntos de trabajo, así que les toca a sus hijos bañarlos y darles de comer.

Hay un cuarto donde los gallos entrenan. Allí los tiran, los agarran y los vuelven a tirar unas 15 veces. Y es que hay que entender bien el asunto: “Si el gallo está bien comido, físicamente no necesita mucho, si está muy gordo hay que bajarlo de peso. Debe ser un míster gallo. El gallo flaco no sirve”. Sus gallos tienen fama de buenos, y la gente cree en ellos. “Tengo buenos amigos que le apuestan a mis gallos”.

“En las galleras hay varios tipos de gente: el que juega por deporte, el que juega porque vive de eso, y el que va a apostar porque es apostador. Generalmente la gente que es apostadora, apuesta a cualquier cosa… Aquí todo el mundo asocia que el borracho de la gallera es el gallero”, comenta.

Él no vive de eso. Ha tenido gallos de US$2,000, de US$1,500, pero eso no quiere decir que sean los mejores, y, mucho menos, que los tenga en venta. “Uno se da cuenta si son los mejores hasta que salen los hijos”. Ese fue el caso de “Fenómeno”, el gallo que más ha querido y que murió tras 10 años de vida. Una mañana lo sacaron de la jaula, se agitó y murió. Está enterrado en el patio, y una pintura de Tapia cargando a “Fenómeno” en la sala, indica lo importante que fue ese animal.

Desde hace 15 años se ha dedicado a recorrer los municipios buscando las historias de los pueblos y su relación con los gallos. Todo está plasmado en “Gente de Gallos”, una revista mensual, el ABC de esta afición a los gallos que mueve la vida del fotógrafo y que es un deporte nacional. Allí están los testimonios de muchos como él, que experimentan una profunda pasión gallera.

Gallero conocido
A Mario Tapia lo conocen los galleros de al menos 85 municipios del país. Nació entre gallos, creció entre ellos, vio a sus mayores criar gallos, tanto que uno de sus tíos murió de la emoción en una gallera, y hoy convive con más de 200 de estas aves. También recorre el país entrelazando la historia de los pueblos con la de los gallos. Este es, sin duda, el hombre de los gallos.