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  • ACAN EFE

El expresidente costarricense Óscar Arias recuerda como si fuera ayer el 7 de agosto de 1987, cuando con sus colegas de Centroamérica anunció un acuerdo político para acabar con las guerras en esta región que, según él, 25 años después tiene pendiente la tarea de afianzar el sistema democrático.

Arias, de 71 años, obtuvo en 1987 el Premio Nobel de la Paz, por su liderazgo en los esfuerzos pacificadores en Centroamérica, que con la contribución de sus homólogos regionales de entonces, dio como fruto la firma en Guatemala del llamado Acuerdo de Esquipulas II, del que este martes se conmemora su 25 aniversario.

Aquel 7 de agosto de 1987 “nadie creía que hubiéramos llegado a un acuerdo, porque la presión de las dos superpotencias de entonces, Estados Unidos y la Unión Soviética, era muy fuerte para seguir con el conflicto” armado regional, narró Arias, en una entrevista telefónica con Acan-Efe.

El exjefe de Estado no oculta su satisfacción al recordar que esta pequeña región se armó de valor para oponerse a los deseos de Washington y de Moscú, y optar por una salida dialogada a un sangriento conflicto, que en algunos países se prolongó durante varias décadas y costó la vida de centenares de miles de centroamericanos.

“Tanto el presidente (Ronald) Reagan como (Mijail) Gorvachov querían una solución militar en la región. Las superpotencias ponían las armas y los centroamericanos poníamos los muertos”, afirmó Arias.

El exgobernante detalla que el tema de la pacificación de la región, que para 1986 hervía con conflictos en Nicaragua, Guatemala y El Salvador, fue el tema central de su campaña política, con la que llegó a la Presidencia de Costa Rica aquel mismo año.

“Yo había adquirido compromisos internos importantes en materia social y económica, pero siempre dije que nada de eso iba a poder ser si Costa Rica estaba inmersa en el conflicto, y que para evitar que las llamas que ardían en Centroamérica cruzaran nuestras fronteras, yo iba a tratar de apagarlas; y lo hice introduciendo un plan de paz”, cuenta.

Acuerdos contra pronósticos

Arias entregó su propuesta a los presidentes de Centroamérica en febrero de 1987, y luego se dedicó a promoverla a nivel internacional, bajo el lema: “Démosle una oportunidad a la paz”.

“Contra todos los pronósticos, finalmente nos reunimos el 6 de agosto en Ciudad de Guatemala, y les dije (a los otros presidentes centroamericanos) que solo nos podíamos levantar cuando hubiéramos llegado a un acuerdo. Lo logramos la madrugada del 7 de agosto”, afirmó.

De ese día, uno de los recuerdos más vívidos que mantiene es el del júbilo de cientos de guatemaltecos en las calles, y en particular el de una mujer indígena.

“A mí me tomó una señora indígena de las manos y me dijo: ‘Gracias presidente, por mi hijo que está en las montañas peleando y por el que tengo aquí en el vientre’”, recordó Arias.

Pero la firma de los Acuerdos de Esquipulas, reconoce el Nobel, “fue apenas el comienzo de un trabajo muy extenso, de muchas presiones para echar el plan de paz al cajón de la basura”.

El eje de la propuesta no era solo un cese al fuego: su verdadero espíritu, aseguró Arias, “era que se requerían sistemas democráticos en Centroamérica para que existiera una paz duradera”.

“Por eso introdujimos la obligación de tener elecciones libres, democráticas y supervisadas internacionalmente. El fruto fueron los comicios de 1990 en Nicaragua”, agregó.

Avances democráticos insuficientes

Lo que ha ocurrido a lo largo del último cuarto de siglo, opinó Arias, ha sido una serie de avances democráticos en la región, “pero no los suficientes”, alertó.

“Recordemos que en 2008 hubo elecciones municipales fraudulentas en Nicaragua, y en 2009 un golpe de Estado en Honduras. En el campo de la democracia, si no se avanza se retrocede”, insistió.

Pero a pesar de todo, Arias aseguró que si tuviera una nueva oportunidad de ser artífice de negociaciones de paz, “volvería a repetir el proceso” desarrollado en Centroamérica hace 25 años, “y si viviera en otras partes del mundo, también haría lo mismo”.

“En el caso del Medio Oriente todo el mundo quiere que israelitas y palestinos se sienten a la mesa de diálogo. En Centroamérica era al revés, no querían que nos sentáramos, y menos que nos levantáramos con un acuerdo”, agregó.

Por ese logro, Arias agradece a sus colegas de entonces: Vinicio Cerezo de Guatemala; Daniel Ortega de Nicaragua; José Azcona de Honduras, y José Napoleón Duarte de El Salvador, “que supieron ceder, transigir en aras de alcanzar la paz y silenciar las armas”.

“Fue una época en la que los jóvenes que debían estar sentados en un pupitre en un aula, estaban con una ametralladora peleando en una montaña. Centroamérica era la región donde las madres enterraban a sus hijos y no al revés”, subrayó.

 

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