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Sus diminutas dimensiones contrastan con la magnitud del festejo que provoca en la capital de Nicaragua. Vestido con el hábito de la orden que fundó, luciendo el rosario como estandarte y protegido dentro de un receptáculo de cristal, ovalado, navega Santo Domingo de Guzmán, entre el mar de gente que sale a las calles a celebrarlo, aunque la mayoría no alcance ni a verlo entre el “jardín” plantado en la inmensa peaña que sacuden los cargadores.

Son doce días de fe, fiesta y licor. El 31 de julio es bajado de su nicho en la iglesia de Las Sierritas para dar por iniciadas las “patronales” que paralizan Managua, y que concluyen oficialmente el 11 de agosto, cuando la imagen regresa a su altar.

Al infiltrarse entre la masa que participa en las actividades “santodominguianas” se podría recoger material suficiente para llenar un libro con las historias de los hombres y de las mujeres, sin importar la edad, que aducen que obtuvieron milagros por la intercesión del santo.

“Tengo 40 años de pagarle promesa a Santo Dominguito, siguiendo también la tradición de mi marido, el Cacique mayor de los pobres, que el 21 de octubre cumplirá 14 años de muerto”, cuenta doña María Mendoza, quien movía su penacho hecho de plumas de gallina al son de los filarmónicos, mientras la Policía Nacional trataba de formar el cordón de seguridad alrededor del santo.

Más adelante, apartado del relajo, serio y sereno, un señor lucía una impecable cotona blanca, con una alforja de mecate al hombro, bordados típicos de Masaya en el pecho, un hacha en la mano derecha, un machete en la izquierda, y un sombrero de pita que protegía su rostro.

“Soy un promesante que baila a Santo Domingo en agradecimiento porque me sacó con bien de una cirugía con la que corría el riesgo de quedar ‘arriba’ (loco). Mi personaje representa al leñador Vicente Aburto, que fue el que encontró la imagen en un tronco de árbol”, compartió.

Pero más allá de la fe, hay algunos elementos que llaman poderosamente la atención, y que hacen que desde el punto de vista cultural, el festejo patronal capitalino sea diferente de los que se realizan en otros departamentos.

Huipiles sin marimbas

Blancos, verdes, rojos o estampados. Adornados con surcos de trencillas o simplemente con encaje, los huipiles dicen presente en las festividades de Santo Domingo de Guzmán, al igual que en otras regiones del país, sin embargo, a diferencia de ellas, en Managua los trajes folclóricos están divorciados de su par por excelencia: la marimba.

Aquí los promesantes y los tradicionalistas bailan al ritmo de chicheros, un detalle del que el periodista cultural Wilmor López anotó que antaño los promesantes danzaban al son de las marimbas alrededor de Santo Domingo, sin embargo, afirma que la sonoridad de los bolillos en las teclas de madera rivalizaba con el contagioso estruendo de las bandas filarmónicas, y en esa “pugna” la marimba fue desapareciendo poco a poco, abriéndole campo a las bandas filarmónicas.

Sin embargo, hoy los “chicheros” han encontrado competencia en las camionetas con megáfonos conocidas popularmente como “baratas”, un fenómeno que López considera peligroso para los músicos, que en algunos años podrían ser limitados a sonar en grabaciones.

Y en lo que a “baratas” se refiere, me llamó la atención que aunque la mayoría andaba acompañando a grupos de promesantes sonándoles sones de marimba y de “chicheros”, hubo una que ofrecía servicios funerarios tanto para Managua como para el resto del país. ¿Advertencia o simple publicidad?

Trajes de caciques y diablitos

Si bien el Cacique (o mejor dicho los caciques, porque son varios) y los “bañados en aceite negro” son iconos de las celebraciones agostinas, no existe en ellos ni unidad de atuendos ni constitución de cofradías o grupos de promesantes, como sí se da en Masaya, Diriamba o Jinotepe, por mencionar algunas ciudades que tienen bailes organizados que poseen un mayordomo que los coordina.

Aquí cada cual hala por su lado y se viste como puede. No existe, como en los lugares anteriores, una preocupación por el aspecto estético del atuendo, solo importa bailar a “Minguito”.

Y en esa disimilitud es fácil encontrarnos con caciques que lucen taparrabos de saco, otros que sobre un short colocan tiras gruesas de telas, hasta admirar el más elegante, que es confeccionado con cuero.

Los penachos también son variados, los hay de plumas de gallinas, de cartón y de plumeros para sacudir el polvo, hasta llegar al más vistoso y atractivo, que está hecho con plumas de pavo real.

“En Managua las manifestación de los promesantes son bastante espontáneas, la mayoría paga sus promesas de una forma particular, y lo de los atuendos obedece un poco a las condiciones económicas, por ejemplo, en el caso de los caciques, hay que ver que un penacho es caro”, opinó Wilmor López.

Santo domingo, el barco y el arco

La noche del 9 de agosto El Nuevo Diario llegó hasta San Judas, a la casa de la familia del difunto Lisímaco Chávez. En la esquina estaba una inmensa estructura con forma de barco, pintada en blanco y amarillo, colores de la Iglesia católica. A cada lado colgaban guineas, gajos de cocos, alforjas, guitarras, abanicos de palma y artesanías nicaragüenses.

Un grupo de personas lo cuidaba y “a bordo” contemplaban cómo se divertía la masiva concurrencia que bailaba con la música que elegía DJ que amenizaba la tradicional vela del barco.

“Como familia tenemos ya 70 años de tradición, aunque hace 39 años mi abuelo Lisímaco se hizo cargo del barco. Entre la tradición de los 9 de agosto está que hacemos 700 nacatamales para repartírselos a la gente; en la noche hay música para los jóvenes, y a las 12 nos llevamos el barco para la iglesia de los escombros”, dijo Enrique “Lisi boy” Chávez, nieto del tradicionalista de San Judas.

Pero existe la inquietud en cuanto a la incorporación de este símbolo acuático, porque la tradición reza que la imagen venerada en Managua fue encontrada en el tronco de un árbol, nada que ver con navíos.

No obstante, el acérrimo investigador cultural afirma que hay tradiciones que se tienen que ver con lupa histórica, como esto de la vela del barco y lo referente al arco que se hace en el Gancho de Caminos.

“El arco representa la producción, y se celebra en el Gancho de Caminos porque ahí fue un tiangue en el que los comerciantes indígenas que venían de Tipitapa y de San Francisco realizaban sus intercambios. Estos mismos comerciantes, para agradecer al dios Xolotl por los frutos de la cosecha, hacían una especie de peregrinación en lanchas o en canoas desde San Francisco a Managua. El dios venía en una canoa cargada de los comestibles cultivados, entonces de ahí se retoma la tradición del barco, y por eso se adorna con frutas”, aclaró López.

Y respecto de la sustitución del ídolo por la imagen, señaló que todas las fiestas y manifestaciones religiosas tienen como característica el sincretismo, la transculturización: “Eso sí, la forma de celebrar tiene más de indígena que de católico, de esto último solo se toma la imagen, pues la bebedera y las comilonas son propias de nuestros pueblos indígenas, además de los cohetes y el baile, nada de eso es católico”.

Los diablos, el palo lucio y “las vacas culonas”

El aceite negro sobre la piel reviste de esencia diabólica a muchos promesantes que danzan a los pies de Santo Domingo, y aunque la maldad y la santidad son conceptos contradictorios, en este contexto obedece a que según la biografía del fraile, este fue tentado por el demonio, pero por su santidad lo venció, logrando que los demonios quedaran a su merced.

Y paralelo a la vela del barco, muy cerca del centro de Managua, José María Barahona, mejor conocido como “Chema Pelón”, paraliza el tráfico y convierte la zona de la rotonda de Cristo Rey en un punto donde sobrevive el único palo lucio de la capital, el que muchos, llenos de ilusión, tratan de escalar para hacerse del premio.

“El palo lucio era un juego indígena, pero ahora han exagerado en la altura del palo y en la cantidad de sebo que le untan. En el caso de “Chema Pelón” se trata de una promesa que hizo a Santo Domingo para que le permitiera que una de sus hijas viviera, a pesar de que tenía un problema cerebral”, ilustró López.

Y no podían quedar fuera de la tradición las “vacas culonas”, relacionadas con la herencia taurina devenida de la conquista, sin embargo, hoy se aprecia que más allá de cualquier promesa, el licor hace que muchos de los que andan con vacas se dediquen a “cornear” al pueblo que acompaña al santo, además de que bailan de forma totalmente desvirtuada. Y por si eso fuera poco, algunas empresas utilizan las mantas que recubren la armazón para hacer publicidad. ¡En fiesta revuelta, ganancia de publicistas!

En fin, a pesar de lo tumultuosas que resultan las fiestas de la capital, es innegable su valor para la conservación de tradiciones heredadas de generación en generación, y que de no ser cultivadas adecuadamente podrían correr la suerte de bailes que ya han desaparecido, como el de los negritos, el cual, según Wilmor López, estaba integrado por niños pequeños que salían el primero y el 10 de agosto en el barco, acompañando la imagen.

Y después del estruendo festivo, los managuas colgarán sus penachos, guardarán sus huipiles y pacientemente esperarán el próximo año para volver a saludar a “Minguito”.