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Durante el afrancesado y artificioso siglo XVIII, en la ciudad de Granada -concretamente los años de 1789 y 1794- aparecieron oficialmente en público los primeros travestidos de Nicaragua. El escenario fue la plaza de Jalteva. La primera vez en el contexto de la real proclamación de Carlos IV. La ciudad, siguiendo una costumbre implantada en el Reino de Guatemala desde 1713, se desbordó para celebrar ese acontecimiento en el cual el elogio retórico del rey de los españoles y las Américas no tuvo límites.

La proclamación de Carlos IV

El alférez real Joaquín Solórzano y el regidor Ubaldo de Pasos coordinaron el magno evento emblemático. La festividad duró tres días. Colaboraron en ella el vecino Manuel Antonio de Arana y el teniente coronel Francisco Antonio Ugarte. El artista limeño José Palavicini, establecido en Granada, fue encargado para elaborar los telones y demás figuras apropiadas para convertir ilusoriamente en teatro y ficción el festejo.

Este incluyó aseo, adorno e iluminación de las calles, invitaciones a los miembros de los ayuntamientos españoles de León y de la Villa de Nicaragua, la construcción de un barco simulado -sobre el eje de un coche- con pinturas y velas, gallardetes y banderas; descarga de salvas de los artilleros y desfile de las milicias; lanzamientos de monedas por el alférez que recogieron presurosos hombres, mujeres y niños no españoles; baile en casa del mismo alférez solo para españoles; celebración religiosa y Te Deum en la iglesia parroquial con los asientos distribuidos para el ayuntamiento en pleno, clero, oficialidad, comunidades conventuales e invitados especiales; recorrido de 100 indios jóvenes, disfrazados con plumas y tocados multicolores, arco en manos y carcaj con flechas en espalda, cargando la mitad a “Moctezuma” la otra a “Atahualpa”, cubiertos con mantos de pieles y plumajes, empuñando cada uno su cetro y con las cabezas coronadas, para representar una loa en honor del monarca español.

“Amazonas” desfilando hasta el “trono real”

También incluyó un espectáculo de hombres travestidos en “amazonas” que marcharon desde Jalteva con el imprescindible acompañamiento musical hasta el trono real, donde la “coronela” y la “tenienta” recitaron décimas, seguramente compuestas por Pedro Ximena, cura de la ciudad y cronista del mega evento. Dicho trono era una alta estructura de madera junto al cabildo, adornada de molduras, cornupcias, espejos, colgantes de sedas y dos estatuas: la de Carlos IV y la de su esposa la reina María Luisa de Parma. El cura Ximena anotó en su relación: “El Palavicini había trabajado dos retratos de cuerpo entero de SS.MM. con tan primorosos y majestuosos aires, que parecían unas imágenes vivas, si la vista acercándose no distinguiera las apariencias de las realidades. Estaban vestidos de ricas lanas de plata y oro con los demás adornos correspondientes, los que se colocaron sobre el tercer plano, sentados en sus hermosas sillas, bajo un magnífico dosel, tapetes y almohadas a los pies. El del rey tenía azul, toisón, cetro y corona de oro”.

De nuevo, como se acostumbraba en el Reino y en las demás posesiones de la monarquía, se oyeron resonar las palabras de rigor pidiendo silencio y atención para que el alférez reclamase gozoso: “¡Granada por el señor don Carlos IV, Rey de España y de las Indias!”, y el pueblo granadino contestaba: “¡Viva el rey! ¡Nicaragua por España!” El festejo terminó, mientras las calles seguían luciendo vistosos arcos cubiertos de ramos y flores, con los toques de las campanas que anunciaron el postrero acto barroco de la real proclamación.

Esta culminaría con una carroza triunfal tirada por tres parejas de mulas, enjaezadas con estribos y frenos de plata, sillas forradas en terciopelo carmesí y galonadas, conducidas como cochero por el regidor Ubaldo de Pasos. En ellas fueron montadas, para desfilar, las dos estatuas de Palavicini, en medio de numerosas descargas y fuertes vítores, encabezando el paseo el navío de los marineros, siguiendo cinco grupos de indios danzantes, con todos los alcaldes y regidores de los pueblos de la jurisdicción a caballo, las pretenciosas milicias, las “amazonas”, los palanquines de los “emperadores” azteca e inca con séquito atrás, el “vecindario distinguido” y, como remate, la carroza de los reyes, a quienes arrojaban flores y vivas.

Desborde de glorificación monárquica

Por fin, desocupada la plaza, ya estaba lista una barrera con follaje para la diversión de toros que desafiaron sus lidiadores y también un teatro donde el gremio de artesanos presentó tres piezas cómicas con sus loas y sainetes. Así concluyeron estas fiestas reales fastuosas en la pequeña ciudad de Granada, dispuesta a unificar en ellas grupos sociales y étnicos, pero manteniendo sus niveles, bien estratificados, en un alegórico, efímero e ilusorio desborde de glorificación monárquica.

La visita del Capitán General del Reino de Guatemala

La segunda ocasión en que los travestidos -o soldados disfrazados de “amazonas”- tomaron parte en otro desfile fue durante la visita que realizó a Granada el recién nombrado Capitán General del Reino de Guatemala, José Domas. Este procedía de Panamá y, apenas la ciudad se enteró de su desembarco en Punta Arenas, comenzaron los preparativos. Dice una crónica suscrita el 8 de abril de 1794: “El coronel de milicias de esta plaza (don Francisco Antonio de Ugarte), celoso de que su batallón se presentase como correspondía con arreglo de ordenanza, y uniformes en un todo, hizo trabajar de su peculio cincuenta casacas de bramante prieto, a más ciento y tantas que tiene el batallón. Para su breve conclusión embargó todos los oficiales de sastrería que hay en el lugar filiados. Estando concluido este trabajo, se obligó (fiando a todos los individuos) a darles calzón, chupín y botín a cuyo efecto les franqueó tienda para que cada uno sacase lo necesario… Los dos señores alcaldes ordinarios, capitán don Mateo Espinosa y alférez don Máximo Solórzano, estaban en este tiempo en un continuo laberinto en la apertura de calles y composición de caminos, calles y su aseo, providenciando se ilumine el lugar por la noche conforme a la orden del señor Intendente, en composición de pretiles; en fracción de enramadas en el tránsito del Río de Ochomogo (que es donde confina su jurisdicción con la Villa de Nicaragua) a esta ciudad, y de donde prepararon mesas y todo bagaje. El señor cura don Pedro Ximena también se afanó lo posible en el adorno y aseo de la casa que se tenía preparada para palacio de Sus Señorías Muy Ilustres. En fin, no se encontraba doméstico de ninguna clase que trabajase a particular pues todos estaban empleados en estas operaciones”.

Pues bien, por un elaborado sistema de señales con banderas blancas desde la torre de La Merced hasta la de la Parroquia, se inició el 1ro. de abril una salva de 15 cañonazos “de calibre 25” disparadas por el cuerpo de artillería del fuerte del lago. El Cabildo costeó una carga cerrada que duraría cuatro minutos “con horrible estrépito”. Un vecino le recitó tres décimas al Capitán General, su señora e hijas. Las visitas, cenas, saraos, “refrescos” y desfiles se sucedieron día y día hasta la partida de Dumas el sábado 5 de abril a las cuatro de la mañana.

Pero el desfile de 48 “amazonas” en la plaza de Jalteva, mandadas por sus respectivas ayudantes fue una de las significaciones más notoria. Los travestidos llevaban “naguas de estampado azul con famosos adornos”, por tanto fusiles bien alineados, porta-bayonetas y cartucheras con diez tiros de pólvora. Estas fueron las dos ocasiones en que soldados de la tropa fija del Rey se convirtieron, simuladamente, en “piquetes de guerreras”. Todo por instrucciones de las autoridades y vecinos principales de la ciudad de Granada, que en 1789 -el año de la revolución francesa- celebró la asunción de Carlos IV con pujos de metrópoli y recibió a José Domas como excelente anfitriona.

Transcurriría mucho, muchísimo tiempo, para que verdaderos travestis aparecieran en el “Toro-venado” de Masaya.