•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

¿Cómo escribiría su perfil el locuaz, enamorador, bailarín de twist, muequista, hombre de estudio y siempre lector, Róger Matus Lazo?, ¿recurriría a las hipérboles?, ¿al escaliche?, ¿a la afectividad?, ¿a los libros? Probablemente, haría una mezcla de todo eso y le agregaría también un recital de su vida.

Y es que, aunque no lo diga, al maestro Matus Lazo le fascina recitar. Como se sabrá, no hay buen recitador que no sepa memorizar, y para esto último él está pintado.

A Matus Lazo todas sus palabras lo retratan. El “vea señorita”; el “figúrese usted”; su silencio, su sonrisa, sus muecas; su propuesta para hacer la entrevista en la casa de campo, allá por Nindirí; sus recuerdos del pasado y su conocimiento del ganado. Todo lo pinta tal cual es.

No es difícil imaginárselo haciendo las dinámicas de grupo que propone en sus libros de estudio. En su época de juventud fue de esos maestros de pueblo que concebían la educación como un todo, y se entregaban a los alumnos con una devoción tal que los hacían salir del letargo permanente en el que vive la juventud.

Más de una generación ha sido educada con los libros de literatura, español, ortografía, y sobre el habla nicaragüense, que Matus Lazo ha elaborado y reelaborado desde 1975.

Tampoco es difícil imaginarlo enamorando a una mujer ni gozando cuando escucha hablar a la gente en la calle.

“El individuo que rehúye al trabajo no es un simple haragán, sino un solemne güevonazo; y el más grande insulto que alguien puede proferir es un hijueputazo. Lo excelente es cachimbón y lo mediocre es balurde. Un equipo ganador no solamente derrota al contrario dejándolo tendido con un turcazo de cuatro esquinas, sino que le propina tremenda pijiada, mientras el vergazal de fanáticos abandona el estadio dejando en las graderías una tendalada de bolsas plásticas…”, escribió en “El nica en su palabra”. Y quien lo conoce se lo imagina pronunciando todo esto con una sonrisa en el rostro.

¿Quería ser escritor?

No sabría contestarle… La facilidad para redactar no se la puedo ocultar. Desde chavalo traía eso. En primer año de secundaria hice un recorrido por las Isletas de Granada, escribí un trabajo titulado “Las isletas de Granada”, de unas cinco páginas y comencé así: “La banderilla que iba en la parte superior de la proa, ondeaba tanto cuanto más aumentaba la velocidad en que viajaba…”.

¿Y sabe qué escribí también? Algo que titulé “El Curioso Impertinente”… Figúrese, yo leía y se reflejaba en lo que escribía.

Quiero detenerme un poquito para no dejar la impresión de que por mi vocación de escribir, ahora soy lo máximo, una cosa extraordinaria. Simplemente le digo: es una enorme vocación, no la niego, no la oculto, no la disimulo, es una enorme vocación, me encanta, ¿que no lo hago muy bien? ¡Eso es otra cosa!

¿Por qué dice que no lo hace muy bien?

Dígame usted, que yo diga: ¡ah!, yo lo hago muy bien. Lo hago como puedo, pero le digo una cosa, usted me tiene que ir conociendo poquito a poco, no hay cosa más odiosa para mí, y se lo digo con una convicción profunda, que la arrogancia, la soberbia y la autosuficiencia. Me ufano y me enorgullezco de sentirme humilde, figúrese.

¿Y cómo fue su época en la escuela y en la universidad?

De muchas novias las dos épocas…

¿Fue noviero?

¡Ummm…! No, ¡ya voy a caer otra vez, además de escritor, un gran mujeriego! Tuve muchas novias como todo muchacho. Fueron épocas de mucho estudio, era muy disciplinado.

Tuve unos grandes maestros porque eran sabios, sabían enseñar y sabían ser amigos. Fidel Coloma González, Julián Corrales Munguía, Guillermo Rothschuh Tablada, doña Socorro Bonilla, doña Elba Álvarez… era una pléyade de educadores.

***

Róger Matus Lazo tiene 11 hermanos, 68 años, más de 40 libros publicados, cuatro hijos, siete nietos y una esposa. Es pequeñín, un poco calvo y tiene un semblante serio. Nació en San Pedro de Lóvago, “un pueblo que ahora es ciudad”, donde aprendió a hacer todos los oficios de ganadero --ordeñar, castrar, herrar--, pues su padre tenía ganado.

Dice que de pequeño ya escribía. “En tercero y cuarto grado, los compañeritos me regalaban una cajeta o algo para hacer un acróstico o una cartita a una niña que les gustaba. Tempranamente descubrí mi facilidad para redactar”.

Y aquí viene una parte sorprendente: “Los libros que empecé a leer los encontré en un baúl de mi papá: leí una versión escolar del Quijote, la Divina Comedia, Fausto… La primera obra de Shakespeare, Romeo y Julieta, y de allí no paré… Las Alegres Comadres de Windsor, Hamlet. También una versión escolar del Cid Campeador, que luego en mis estudios especializados leí con más detenimiento. Siempre me ha gustado leer…”.

Cuenta que en sexto grado, de la invitación para ir a un estero, hecha por un muchacho a quien llamaban Macarión, nació un poema que ahora mismo recita: “Pescaba Macarión a la vera del estero, en la mano tenía un sombrerito y en la espalda un patacón… Con mirada de chacal sentose en unas latas y le subían en total 35 garrapatas”.

Pese a los poemas y a las lecturas, desde chiquito quería ser doctor, pero no logró terminar ni el primer año de Medicina en México.

“Esto ha sido la pasión de mi vida. Y si me pregunta a estas alturas cómo me siento, le contesto que siempre me he sentido muy bien con lo que estudié, con lo que sigo estudiando y con lo que hago. Siento una inmensa satisfacción porque miles de muchachos han leído textos eminentemente formativos”.

El maestro en continua formación duerme poco. A las dos o tres de la madrugada está en pie, escribiendo, leyendo. Ninguno de sus hijos siguió sus pasos, y solo una de sus nietecitas parece imitar su pasión. A ella “no la bajan del cuadro de honor”.