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Santiago Pupiro sonríe porque no le queda de otra. Está vivo gracias a una máquina de hemodiálisis a la que recurre tres veces por semana, pues ninguno de sus riñones funciona. Su expediente clínico indica que sufre nefropatía diabética en estado terminal, pero aun así, sonríe. Su expediente guerrillero lo ubica entre los 25 miembros del Comando “Rigoberto López Pérez”, y su expediente de vida dice que ha sido militar, agricultor, ayudante de albañil y guarda de seguridad.
Santiago es moreno, delgado, y las continuas canalizaciones por las hemodiálisis, le ha provocado moretones en su brazo izquierdo. Pese a eso, no deja de sonreír. Pero sonrisas son las que menos le ha dado esta vida.
Hace 34 años, Pupiro cultivaba quequisque, maíz y frijol con su padre. Entró en la guerrilla urbana cansado de tanta represión, y un día le dieron una orden: debía formar parte de un operativo cuyos detalles iban a ser dados a última hora. Solo sabía que aquello era un asunto de “patria o muerte”.
“Patria o muerte” son las mismas palabras que pronuncian José Hermógenes Hernández, Donald Pastora y Porfirio Salinas cuando hablan de los preparativos previos a la “Operación Chanchera”, ocurrida el 22 de agosto de 1978, que logró la liberación de 106 presos políticos y se convirtió en uno de los mayores golpes políticos a la dinastía somocista, dada su trascendencia nacional e internacional.
Sobre todo valientes
Poco antes del mediodía, hace 34 años, Porfirio Salinas y Santiago Pupiro salieron en una camioneta verde olivo de una casa de seguridad en Tipitapa hacia el Palacio Nacional, donde sesionaban los diputados de la época. Vestían como guardias de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, EEBI. No eran grandes guerrilleros, pero tenían disposición y habían sido escogidos para esa operación, cuyos detalles conocieron apenas un día antes de que se realizara.
Salinas cargaba un fusil Garand, 120 tiros, y en una mochila llevaba 10 cordeles para amarrar a los rehenes, una pañoleta rojinegra, una máscara antigás, un pequeño botiquín de primeros auxilios, lámpara de mano y bolsas para guardar agua. Los 25 miembros del Comando vestían como los guardias de elite: camisa arremangada y boinas negras, y actuaban como ellos. Gritaban, insultaban, parecían tipos sin piedad.
Entraron por la parte oeste del Palacio Nacional, descrito por Gabriel García Márquez en una crónica sobre el suceso, como un viejo y desabrido edificio de dos pisos con ínfulas monumentales. Ambos pertenecían al grupo que lideraban los guerrilleros Hugo Torres  y Walter Ferreti, quienes tenían la misión de subir las escaleras y entrar por la parte trasera del salón donde sesionaban los diputados.  
Al mismo tiempo, el grupo de 12 que encabezaban Edén Pastora y Dora María Téllez, entraba por la parte delantera del salón. En ese grupo iba José Hermógenes Hernández.
Sobreviven con una pensión
A José Hermógenes Hernández le dicen “La Tunga”, y no porque sea una pulga, sino porque en su juventud fue muy ágil. Es el típico monimboseño: moreno, aindiado, pelo chirizo color azabache. Hoy tiene 53 años, y las marcas del implacable tiempo se le notan en el rostro.
Hernández se sienta a conversar antes que empiece el convivio por el 34 aniversario del asalto al Palacio Nacional, que se celebró el domingo recién pasado, y al que asistieron 12 de los miembros del comando guerrillero. Se ausentaron dos de los dirigentes del comando por diferencias políticas (Dora María Téllez y Hugo Torres), mientras 11 de ellos ya murieron.
Los que aún viven y estuvieron en esta actividad, excepto Edén Pastora, han estado alejados de la opulencia, de los flashes de los medios de comunicación y de los altos cargos. En 2008, el gobierno les otorgó la Orden “Carlos Fonseca Amador” y ordenó concederles una pensión de C$8,000 mensuales.
“Sí, nos hemos sentido olvidados, pero no por eso nos sentimos mal… Muchos de los liberados no nos han apoyado”, dice “La Tunga”, cuyo único hijo abandonó la universidad hace poco porque no puede costear los gastos de transporte y de papelería que se requieren para concluir la carrera.
“La Tunga” está de pie muy a las 5:30 de la mañana. Trabaja como supervisor de los barrenderos de la Alcaldía de Masaya y tiene un molino, pero el negocio últimamente no va muy bien. Hay mucha competencia en esa ciudad.
Porfirio Salinas también es de Masaya. Luego del triunfo de los sandinistas, en julio de 1979, entró al Ejército. Estuvo en las tropas “Pedro Altamirano”, en las Pequeñas Unidades de Fuerzas Especiales, y fue jefe del destacamento de Peñas Blancas. En 1997 tenía el grado de Mayor. “Pero se me dificultaba hacer planes”, confiesa. Por eso se retiró de la institución militar.
Su opción fue formar una cooperativa de taxis, pero luego faltó el dinero y el vehículo se fue dañando más y más. Vendió la concesión, quedó de cadete, y poco después se dedicó a vender hortalizas. “En el mercado, Dios llegó a mi vida”, cuenta. Hoy es chofer en el Bufete Boris Vega.
Donald Pastora se jubiló cuando era conductor de la Alcaldía de León. Tiene una mirada triste y un bigote que llama la atención. Después de julio de 1979 probó suerte en varios oficios.
“Me metí a trabajar de inspector en el Ministerio de Comercio Interior, luego me fui a Enabás. Me integré a los batallones de reserva. La última movilización fue en la V Región. Me tocó dialogar con la contra, y quise desarmar a ‘Superman’. Después trabajé de chofer, y el año pasado me operé de la cervical. Estoy en mi casa haciendo quehaceres”, cuenta.
Si llega la muerte, que sea misericordiosa

Eran las 12 del mediodía del domingo 20 de agosto de 2012. El acto empezó sin que llegara Santiago Pupiro, el único de los 12 que confirmó su presencia, pero que aún no llegaba.
Edén Pastora hablaba y hablaba. Narraba detalles, gritaba, se callaba, hacía muecas, estiraba un brazo y el otro. Recién llegó Pupiro. Se le notaba cansado, aunque insistía en sonreír. En la década de los 80 estuvo enlistado en el Ejército, pero se cansó pronto. “Ya me sentía cansado… primero la guerra de liberación, después la contra”. Era capitán cuando salió del EPS. Después de salir se deprimió.
“No dormía tranquilo, desconfiaba de todo el mundo, escuchaba ruidos”. Santiago tenía traumas.
“La guerra es algo horrible, pero hoy mi vida es diferente. Volví al campo por un momento corto. Después me fui como ayudante de albañil, y al año me volví, como dicen, albañil de cuchara gorda. Ahora soy guarda de seguridad en la Alcaldía de Managua, el trabajo me lo consiguió Nicho (Marenco), pero tengo insuficiencia renal a causa de la diabetes, y estoy en etapa terminal. A veces uno le pregunta a la vida: ¿por qué? Es horrible suplicar, pero ahora agradezco de corazón esta pensioncita…”, comenta Pupiro.
Y sonriendo dice que si mañana le llega la muerte a la que no le temió hace 34 años, pide que esta llegue con misericordia, y que sus siete hijos recuerden lo que les ha enseñado. Pupiro terminó su historia… Edén Pastora continuó hablando.