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Los seres humanos tenemos estilos de vida y modalidades de comportamiento, llamada conducta, la que practicamos en nuestras relaciones interpersonales. Los entendidos en estos temas hablan de dos tipos de conducta: normal y anormal.

Se puede decir que la conducta normal es aquella que contribuye al crecimiento personal, a edificar el proyecto de vida y a alcanzar la prosperidad de las personas. Por el contrario, la conducta anormal representa un muro que impide alcanzar el éxito a las personas y no abona a la convivencia entre los seres humanos.

El punto es que pareciera ser que en los tiempos actuales prevalece en muchas personas la práctica de conductas anormales, y precisamente por ser una práctica ellos se han acomodado y las han convertido en comportamientos normales, es decir, que viven normal en lo anormal.

Las enfermedades del alma y del organismo, en mi opinión, tienen su principal fuente y disparador en la práctica de comportamientos que siendo anormales son vistos como normales.

Nuestro país es precioso, es un privilegio ser ciudadano de él. Sin embargo, es alarmante ver como se tapizan calles, aceras y predios con desperdicios. Botar basura en la vía pública pone de manifiesto comportamientos, irresponsables e irrespetuosos que atentan contra la higiene, el bienestar y la salud de la población. Lastimosamente pareciera que cada vez más se ve como normal este comportamiento anormal.

El licor en todas sus formas siempre lleva a lo mismo: alcoholismo; sin embargo, lo consumen para celebrar victorias, y para lamentar pérdidas; al final del día, resultan personas enfermas del alma y del organismo, accidentes, pleitos callejeros, violencia intrafamiliar, economía familiar en banca rota, etc... El consumo de licor es un comportamiento anormal que se practica como si fuera lo más normal del planeta.

Existe infinidad de conductas que no contribuyen al bienestar del ser humano y se practican cotidianamente como si fuesen normales.

Dios dice en 3ra. De Juan: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”. Dios quiere que tengamos salud para que disfrutemos la prosperidad que anhela darnos, la condición es que primero nuestra alma, mente, pensamientos, entendimiento sean sanos, sustituyendo creencias erróneas por correctas, que son sus principios, valores, mandatos y leyes.

Dios quiere que cuidemos la salud nuestra y de la comunidad, que tengamos comportamientos responsables con nosotros mismos, con nuestra familia y con nuestra comunidad. Él quiere que rechacemos conductas anormales que son fuente de enfermedades, tales como: la contaminación ambiental, las adicciones al alcohol, a las drogas, al tabaco, al juego etc.; el afán que provoca ansiedad y estrés, la agresividad que conlleva a la violencia intrafamiliar, etc. Dios nos quiere sanos del cuerpo, pero para ello primero, tenemos que estar sanos del alma.

Dios nos dice lo que quiere, y cómo alcanzar estos propósitos. En Romanos 12:2 manda: “No se adapten a las cosas de este mundo, transfórmense mediante la renovación del entendimiento para que conozcan la perfecta y agradable voluntad de Dios para sus vidas”.

Dios quiere lo mejor para nosotros: salud y prosperidad, vida plena, pero tenemos que actuar con responsabilidad y hacer lo que nos corresponde.

Amiga y amigo, invite a Jesús a su corazón, dígale: Jesús mío, yo te acepto como mi Señor y Salvador; entra en mi vida, ayúdame a renovarme, a mejorar mis comportamientos, a ser un edificador de mi vida, mi familia y mi comunidad.

Para mayor información sobre El Taller del Maestro, puede escribirnos al correo electrónico: crecetdm@gmail.com