Jorge Eduardo Arellano
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Ningún nicaragüense puede ensuciar a Ernesto Cardenal sin igualmente ensuciarse a sí mismo. Porque en la universalidad de nuestro egregio poeta es que somos todos uno y se prestigia esa nuestra nacionalidad tan oficiosamente controvertida por sus malos hijos y, aún así, tan manifiestamente destinada a una indiscutida perennidad en el Espíritu. Perennidad que tanto ha costado encontrarse y afianzarse a sí misma en la aberrante historia de nuestros grandes desaciertos políticos. De ahí que el respeto a nuestros valores constituya el primer mandamiento de nuestro Código de Ética nacional
Jaime Pérez Alonso