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No hay reloj que grafique el tiempo perdido en las terminales de buses interlocales a Carazo. Al desorden con el que operan y a los atropellos contra los usuarios se suma la inexistencia de horarios establecidos para las salidas.

Aunque en los meses recientes se ha estipulado que la última unidad debe salir a las 8:30 p.m., en la Cooperativa Granma —única que opera de noche porque los socios de la Codevo y de Cootraus cierran cuando se les ocurre—, los usuarios nunca tienen seguro si habrá o no transporte.

Una de esas jornadas de incertidumbre se vivió el pasado martes, 9 de octubre. A las 8:25 había 30 pasajeros en la terminal de Granma. A los inquietos y exhaustos viajeros, “Chinto”, como se conoce al chequeador, les dijo que en 20 minutos “bajaba” el bus, pero mientras los minutos pasaban la fila se fue haciendo mucho más larga.

Algunos esperaban en sillas, otros permanecían de pie ansiando que el reloj devorara los 20 minutos prometidos para ver si lograban un cupo en el microbús.

Uno, dos, tres y de ahí hasta el último empezaron a contar a los presentes, y los operarios determinaron que vendrían dos buses, manteniendo la promesa de que arribarían en 20 minutos.

A las nueve de la noche, la impaciencia, el cansancio y la frustración invadía a los pasajeros. Muchos empezaron a rezongar, pero llegaron a la conclusión de siempre: “ni modo, a estas horas no nos queda más que esperar”.

Mientras las manecillas del “mide-tiempo” seguían su infinita danza hacia la derecha de la circunferencia, algunos se recostaban en el hombro de su pareja, otros, dominados por el sueño cerraban los ojos y empezaban a cabecear, mientras los más intensos seguían reprochando lo absurdo que resultaba estar ahí como si mendigaran una caridad, cuando en realidad demandaban un servicio por el que pagan.

Finalmente, hora y media más tarde, a las 9 con 50 minutos llegó el primero de los dos buses. La gente empezó a subir según el orden de la fila. Los que estaban al final, conscientes de que no lograrían un puesto cómodo se resignaron y subieron a la “banquita”. Otros se fueron de pie.

Los que esperaron el siguiente “micro” permanecieron ahí varios minutos más. Unos cruzando los dedos, otros rezando para que finalmente el segundo microbús “bajara”, pues de lo contrario seguía la operación taxi, que se traduce en invertir 120 y hasta 150 córdobas, según el número de integrantes del grupo, para pagar un taxi que les haga la travesía hasta Carazo, exponiéndose a cualquier percance por abordar unidades conducidas por perfectos desconocidos.

Pero, finalmente, el último bus arribó con un joven cobrador a todas luces molesto, porque el “micro” anterior dejó la terminal “barrida”, pese a que el automotor estaba al tope de su capacidad con cuatro pasajeros en la banca y uno más de pie.

Con todo, mientras los hastiados viajeros se asaban dentro por el insoportable calor, el conductor no salía, a la espera de “cazar” a algún pasajero más.

La incertidumbre sufrida la noche del martes, es el pan nuestro de cada jornada para miles de usuarios, resultado de la anarquía con la que operan los transportistas de este importante corredor, y donde aparentemente el MTI no ha creado horarios que respondan a la demanda de quienes se transportan en los buses que cubren la ruta Carazo-Managua.