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La humanidad en general y específicamente los países de América Latina han experimentado importantes avances en el ámbito económico y social, apuntalado por un desarrollo tecnológico acelerado y sostenido.

Los avances han sido significativos mas no suficientes, según el informe de la Cepal “Panorama Social de América Latina 2011”, al finalizar ese año, 43.2% de los habitantes del subcontinente latinoamericano continúan en estado de pobreza, de ellos 12.8% (73 millones de personas) son categorizados como “pobres indigentes” y 30.4% (174 millones de personas) como “pobres no indigentes”.

Esta situación ha sido y es motivo de preocupación para diversos organismos de la región, en tanto se considera de alta prioridad impulsar transformaciones que contribuyan a disminuir sensiblemente los niveles de pobreza.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), motivado por esta preocupación, promovió y llevó a cabo una reunión a principios de la década del 2000, con el propósito de “crear conciencia crítica de los riesgos de esta situación”. En esta reunión, entre otros temas, se concluyó que “estamos en un mundo conducido por la ciencia, la tecnología, el mercado y el beneficio, motores poderosos, pero le falta la ética, que es la única que tiene una brújula”.

El papa Juan Pablo II en la encíclica Centesimus Annus, se refirió a los errores del socialismo, y fustigó los defectos del capitalismo y expresaba que “pese al fracaso del marxismo, existen fenómenos de marginación y explotación en los países más pobres del mundo”. Entre otros defectos del capitalismo, mencionaba: “consumismo, droga, pornografía, desastres ecológicos, etc...”

Es esperanzador que sectores, organismos y liderazgos de diferentes signos, coincidan en abordar con decisión y firmeza, la necesidad de incorporar y privilegiar la ética, principios y valores como factores determinantes para impulsar el desarrollo de nuestras sociedades.

Nosotros consideramos que es justo y necesario tomar conciencia que la responsabilidad del desarrollo económico y social nos corresponde a todos, y la génesis de todo cambio, radica en el individuo. Si este se decide a cambiar, paulatinamente su entorno también lo hará. El desarrollo y la ética deben mantener un vínculo indisoluble, una relación dialéctica, donde la segunda determina y la primera condiciona los comportamientos individuales y sociales.

La equidad y la justicia social deben representar principios éticos que actúen como faro que guían el desarrollo, el quehacer de gobernantes, empresarios e individuos en general; que debieran estar grabados en el corazón para inducir al bien común, a practicar, de manera regular, la compasión de quienes tienen por los que no tienen.

Los seres humanos hemos venido a esta vida para disfrutar y ser felices, Dios puso al ser humano en la tierra para que se enseñoreara de ella, sin exclusiones, por lo tanto, a todos nos corresponde aportar nuestro grano de arena para alcanzar una sociedad más equitativa, con calidad de vida adecuada y prosperidad, para ello, debemos anteponer principios éticos a los aspectos materiales

Amiga, amigo: les invitamos a invitar a Jesús a su corazón, dígale: Jesús mío, abro mi corazón para Ud., y le pido que renueve mi entendimiento, quiero ser una persona de principios éticos, ser justo(a), amarle a Ud. sobre todo, y a mi prójimo como a mí mismo; quiero hacer el bien, ser feliz y contribuir a la felicidad de los demás.

 

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