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En días recientes se cumplieron 16 años de la desaparición física, en accidente de tránsito, de Raúl Alejandro, nuestro único hijo varón. Muchos anocheceres y amaneceres transcurridos, torrentes de lágrimas derramadas. Hemos experimentado el dolor profundo de vivir el fallecimiento de seres queridos cercanos, como mamá, papá, hermanos, sin embargo es la muerte física de Raúl Alejandro la que marca una línea divisoria en nuestra historia familiar y matrimonial, la vida nunca más volvió a ser la misma, hoy las remembranzas se cuentan antes o después de su partida.

Los primeros cinco años fueron súper difíciles, fuimos como plastilina en manos del sufrimiento y del dolor, estos hacían lo querían con nosotros, y en la medida que pasaban los días, se estableció una relación directamente proporcional entre tiempo y dolor; cuanto mas nos alejábamos del día del fallecimiento, el dolor se intensificaba, producto del vacío dejado por nuestro hijo, y el pánico que generaba el tener que aceptar la realidad, Raúl Alejandro ya no estaba con nosotros.

Inicialmente y por un tiempo relativamente corto, como matrimonio estuvimos muy unidos enfrentando la situación, dándonos apoyo mutuo, confiando que todo era una pesadilla que más temprano que tarde pasaría, sin embargo, como ya decíamos, el tiempo discurría y la turbulencia emocional no terminaba, vino la desesperanza la cual trajo consigo consecuencias devastadoras para el matrimonio, la familia, la salud física y mental, y la economía.

El quinto aniversario de la partida de Raúl Alejandro nos encontró al borde del divorcio, Raúl padre atrapado en el alcoholismo, ambos con trastorno depresivo mayor, con problemas económicos etc…, y es en esas circunstancias que de repente, Jesús llega a nuestro corazón, conocemos el camino, la verdad y la vida, y se inicia un proceso, lento pero seguro, de restauración en todas las áreas.

Durante cinco años Raúl padre se había negado a aceptar que nuestro hijo ya no estaba con nosotros, y esa negación no le permitía enfrentar adecuadamente el duelo, incluso no aceptaba que nadie, por muy experto que fuese en la materia, lo guiara en un proceso de sanación; pero lo primero que Jesús hizo fue mostrarle con claridad que Raúl Alejandro estaba en un lugar más agradable, seguro y que llegará el día en que nos reencontraremos, porque Él nos dice que en su segunda venida vamos a resucitar.

Hoy queremos decirle a toda persona que ha perdido a un ser querido, especialmente a hijos, que el duelo como proceso tiene fin, pero la pena como manifestación del vínculo indisoluble con nuestro ser querido siempre está presente, especialmente en fechas especiales. Nosotros aun derramamos lágrimas ante la ausencia de nuestro hijo amado, la diferencia es que hoy tenemos esperanza, sabemos que nos vamos a reencontrar, que tendremos la alegría de abrazarnos, porque esa es una promesa de Dios para sus hijos, Él nos da vida eterna.

Amiga, amigo, le instamos a invitar a Jesús a su vida, Él pondrá un bálsamo de amor en su corazón, le librará de toda amargura, convertirá su dolor en gozo y le guiará hacia una mejor calidad de vida. Dígale: Jesús mío yo le acepto como mi Señor y mi Salvador, le entrego el dolor y sufrimiento que estoy pasando.

 

Queremos saber de Ud., le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com