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Un agitado recorrido de casi cuatro días de un equipo de El Nuevo Diario en una de las embarcaciones de la Fuerza Naval del Ejército de Nicaragua desde Puerto Cabezas hasta el cayo Serranía, demostró que la institución armada nacional está ejerciendo la soberanía sobre las aguas del mar Caribe recuperadas mediante la sentencia de la Corte Internacional de Justicia, CIJ, en noviembre de 2012.

-¿Cuánto tiempo tarda uno en acostumbrarse al mareo? Le pregunto a uno de los marineros que me acompaña en este viaje.

-Unos veinte días- Me responde en tono de broma. Aunque después dudo si me está mintiendo o diciendo la verdad.

Llevo más de 32 horas desde el pasado jueves 2 de mayo que nos embarcamos en el Guardacosta 403 de Inspectoría de Pesca de Nicaragua para surcar las aguas recuperadas después de la sentencia dictada el 19 de noviembre del año pasado, en la que la Corte Internacional de Justicia delimitó la frontera marítima entre Nicaragua y Colombia.

Acabo de dar vuelta a mi mochila buscando ropa para cambiarme. El mareo me gana. Tengo que salir de los camarotes ubicados en el fondo del Guardacosta para vomitar por quinta vez, si la cabeza no me falla. He perdido la cuenta de los intentos fallidos, las nauseas y los vómitos realizados.

Estoy agachado, aguantando las cuclillas, a las seis y media de la tarde en franca operación de “devolver”, como le dicen los marineros. Otro día sin bañarme y el primero en que las fuerzas me faltan para ni siquiera cambiarme la ropa.

Viajo con otras cuarenta personas, entre militares del Ejército de Nicaragua, efectivos de la Fuerza Naval y periodistas, desde la zona de Puerto Cabezas hacia la nueva frontera marítima. Y excepto por mí, todos parecen haber completado sin problemas el vértigo de los movimientos constantes de la embarcación.

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El sargento Jesser Bonilla tiene 26 años, aunque parece de muchos menos por su menudo cuerpo y su pequeña estatura. Sonríe pocas veces. Desde los 18 años ingresó al Ejército de Nicaragua y admite que superar el mareo y el vómito es “la mayor dificultad en el agua”.

-Tardé cinco días en acostumbrarme. A vos te he visto vomitar tres. -Me dice para reconfortarme.

-Me queda un día de viaje y quizás no me acostumbre- le respondo.

Lo que más le atemoriza es que cuando sale en estos viajes por altamar puede durar hasta 25 días sin tener noticias de su familia. “Tengo que resignarme, confiar que no pasará nada malo y seguir porque esto es lo que me gusta”, insiste.

Comenta que de estos viajes que realiza constantemente el Ejército depende la seguridad de muchos pescadores de la zona, además que realizan un fuerte combate al narcotráfico.

“Detenemos a colombianos, hondureños y costarricenses”, detalla.

Admite que a veces estos narcotraficantes les lanzan “caramelos”, como le llaman los militares a las balas, por lo que liberan una lancha rápida para darle captura y reforzar con el Guardacosta.

Bonilla recuerda con tono orgulloso que participó en la primera expedición que realizaron después de “recuperar todo este inmenso mar”. Un barco colombiano salió a su encuentro y les ordenó cambiar de posición.

“Nosotros les respondimos que estaban en territorio nicaragüense y que debían regresar a aguas colombianas y nos portamos firmes”, dice.

Después de esa misión, el Ejército de Nicaragua les otorgó una medalla al valor por defender la soberanía del país.

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En la popa o parte trasera de la embarcación paso la mayor parte del tiempo. El sol en la mañana y el frío de la noche eran mejor que bajar a los camarotes, donde el mareo es insoportable para la mayoría que no está acostumbrado a navegar en altamar.

Los días en el Guardacosta podrían resumirse de la siguiente manera: despertar, sentir mareo, la embarcación mecerse una y otra vez con diferente intensidad dependiendo del oleaje, tratar de comer y esperar que llegue la noche para que se repita todo de nuevo. Pero sobre todo ver agua, mucha agua.

Suena fácil. No lo es. Al menos a mí los minutos se me hacen eternos, a pesar que no llevo reloj y pierdo la noción del tiempo. Comer es la parte más difícil. Trozos de fruta, jugos y agua son todo lo que pude probar. Cuando me atrevo a probar algo distinto a los minutos voy a vomitar de nuevo.

Dormitando y acostado paso la mayor parte del tiempo. Me convierto en un escucha silencioso de las pláticas entre militares. Oigo sus tristezas, alegrías y planes de viaje para cuando finalice esta misión.

Cuando pasaron las primeras 22 horas de navegación por el Caribe norte llegamos a las cercanías de la nueva frontera y nos ubicamos a una milla de la línea fronteriza. “Para “evitar tensiones”, dice uno de los jefes militares.

Y nos toca “fondear”, es decir: anclar. Eso es lo peor de todo. A lo que todos le tememos, porque es cuando el barco queda a merced total de las olas y el movimiento es incesante.

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Oscar Artica recuerda cuando iba a despedir a su padre a la Plaza Central de León porque se iba de viaje “a cumplir” con el Ejército.

“Estaba pequeño y soñaba con irme a las montañas. Siempre sentía deseos de colgarme de sus brazos e irme”, recuerda.

Hoy a sus 35 años, lleva 20 de trabajar para el Ejército. Lo difícil, y ahora lo entiende, es pasar sin ver tanto tiempo a su familia.

Adonis Somoza también viaja cada dos meses a Managua para visitar a su familia. “Lo bonito de este trabajo es viajar por algo que ahora nos pertenece”, comenta.

Las aguas azules, a veces de un color azul intenso y otras de un celeste casi cristalino, cuentan con infinidad de recursos pesqueros. En estos días son pocas las embarcaciones nicaragüenses que nos encontramos porque hay veda de langostas y camarón.

“Además que con esta expedición ejercemos soberanía”, agrega este joven de ojos saltones.

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¡Qué más podemos hacer aquí que dormir! -dice uno de los periodistas que me acompañan. Algunos hemos dormido segundos, minutos, horas. El paisaje siempre es el mismo y esta vez vamos de regreso.

Uno se empieza a percatar de los detalles. Ver un pájaro cerca es señal que hay tierra firme cercana o que hay barcos de pesca en la zona. También puede ser un cadáver de un pez o una persona. Nunca se sabe.

-¿Qué vas a escribir? Que hay agua a un lado y al otro -se burla otro.

Recorrimos 220 millas de ida y la misma cantidad al regreso. Viajamos desde el jueves dos de mayo a las 12:55 p.m. que zarpamos hasta las 11:35 a.m. de ayer que regresamos a tierra firme. En total eso equivale aproximadamente 792 kilómetros. La última noche y el día los mareos se acabaron.

Eduardo Martínez tiene 24 años y cuatro de servir a la Fuerza Naval. Cada dos meses viaja hacia su natal Nindirí para visitar a su esposa, su hijo de cinco años, a su madre y a los amigos.

“Es algo que extraño mucho”, admite. Ayer su hermana se estaba casando y no pudo asistir. Creo que ve en mi cara sofocación y me insiste: ya casi llegamos al puerto.

“Cuando vayas en el helicóptero, pensá que todavía nosotros iremos un día más navegando y mordiendo el leño”, me dice. Efectivamente, cuando vuelvo a Managua es lo primero que pienso.

Los compadezco. Pero también los admiro.

Misión Paz y Soberanía

El Jefe del Ejército, general Julio César Avilés, dijo recientemente que desde el 25 de noviembre del año pasado ejecutan la “Misión Paz y Soberanía General Augusto C. Sandino” en el territorio restituido.

Operación contra narcos

El teniente de navío Francisco Díaz, explica que realizan constantes patrullajes para ejercer soberanía y luchar contra la narcoactividad. Trabajan en conjunto con las autoridades de Estados Unidos que realizan continuo patrullaje aéreo.

La Asamblea Nacional aprobó el ingreso de tropas y naves de Estados Unidos para realizar maniobras de lucha contra el narcotráfico, incluidas las zonas marítimas del Caribe, que se realizarán hasta el de 30 de junio de 2013.