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Doña Paula Vilma Díaz llegó hace más de 20 años a trabajar en el Matadero de Amerrisque, pero después de un recorte de personal se vio obligada a buscar otro empleo. Salió de su natal Santo Domingo, Chontales, hacia la cabecera departamental, para encontrar otra oportunidad laboral.

Se dio cuenta de que estaban buscando madres sustitutas en un proyecto de las Aldeas Infantiles SOS. El proyecto se llama “Madres SOS” y consiste en que las mujeres asumen profesionalmente la responsabilidad de atender a un grupo de niños dentro de un hogar en alguna de las aldeas de esta organización.

Han pasado 18 años desde que llegó por primera vez. Empezó apoyando en el proyecto como tía de apoyo, que es la persona que cuida a los niños cuando “la madre” no está. Después pasó a ser tía responsable y, por último, se convirtió en madre SOS.

Lo más difícil de su nuevo trabajo --recuerda doña Paula-- fue dejar a sus propios hijos para cuidar a niños ajenos. Tuvo que dejar a sus dos varones y una niña, para poder buscar el sustento.

“No te vayas mamita”, dice que le decían llorando sus hijos. Fue duro. Sin embargo, lo hacía para poder mantenerlos, porque es madre soltera. Su abuelita los cuidaba mientras tanto.

Durante este tiempo ha cuidado de 20 niños. La organización se especializa en el cuido de infantes que se encuentran en situaciones de riesgo por haber perdido a sus padres, sufrir violencia física, violencia sexual o cuando los progenitores no pueden hacerse cargo de ellos.

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Uno de los niños que recibió doña Paula tenía seis meses cuando llegó a sus brazos. “Recordé cuando mis hijos nacieron y estaban tiernos”, comenta. Sin embargo, por órdenes del Ministerio de la Familia, Mifamilia, cuando iba para segundo nivel lo devolvieron a su ambiente familiar.

Fue su primera despedida dolorosa. Lloró, lloró y lloró. No quería dejarlo ir. “Uno se apega mucho a los niños y los llega a querer como suyos. Es que de repente nos creemos las mamás de verdad”, expresa.

Con el tiempo fue comprendiendo que no son sus hijos, pero siempre los quiere como tales. Igualmente, ellos aunque las llaman --en muchas ocasiones-- tías, las consideran como sus madres.

Tanto así, que muchos de ellos al salir de las Aldeas SOS vuelven a buscar contacto con sus madres sustitutas. Una de sus “hijas” actualmente se acaba de graduar como ingeniera industrial en Estados Unidos y siempre se comunica con ella.

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En las Aldeas SOS de Managua funcionan 13 hogares donde viven aproximadamente entre 80 y 100 niños, dependiendo de las disposiciones de Mifamilia, y viven en comunidad.

Felicia Lira, directora de las Aldeas SOS de Managua, explica que tienen 40 años de existir en Nicaragua. Tienen sedes en Estelí, Matagalpa, Juigalpa, León, Rivas y la capital.

“Es como una gran comunidad, si pasa algo vamos donde la vecina a pedir ayuda, como cuando tenemos que ir corriendo al hospital porque se enferma alguno de los niños”, indica.

Atienden aproximadamente a 600 niños a nivel nacional en el proyecto de “Madres SOS” y funcionan con fondos de donaciones europeas. Aunque recientemente también consiguieron un pequeño aporte de parte del Gobierno nicaragüense.

Cada madre sustituta atiende a entre 7 y 9 niños. Se invierte en cada niño 2,500 córdobas al mes en gastos de educación, alimentación, recreación y vestuario.

“Promovemos un modelo familiar, por eso la presencia de las madres es de vital importancia y ellas están todo el tiempo viviendo con ellos”, indica.

Cada mes o dos meses, dependiendo de la disponibilidad de personal, salen de vacaciones y quedan en su lugar las “tías”.

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Mayela Gómez López nunca ha sido madre biológica, pero ha criado a 24 niños y hasta es “abuela”.

Esta mujer originaria de Jinotepe tiene 14 años de trabajar en este proyecto. Llegó el 21 de septiembre de 1998 después de trabajar por una temporada en Costa Rica.

Según ella, iba a trabajar unos meses en las aldeas, pero después se fue quedando y enamorando de los niños. Los que han salido y formado sus propias familias la llegan a visitar para pedirle consejos.

Menciona que los momentos más felices han sido cuando los niños dibujan las tarjetas navideñas, cuando se gradúan en la escuela o cuando le celebran el Día de la Madre.

Eduardo (nombre ficticio) tiene 11 años y 7 de vivir en las Aldeas SOS. Durante todo ese tiempo, Mayela ha sido como su madre. Abandonado por su padre y con una madre con problemas psicológicos, el menor llegó junto con sus dos hermanos.

“La veo como mi mamá y la quiero así”, dice Eduardo. Sonríe y comenta que quiere ser abogado. Habla mucho. Dice que le ha puesto triste despedir a los niños que se van del hogar, porque son como su familia.

Mayela cuenta que los niños se llegan a apegar mucho entre ellos también. Ella los lleva al cine, al parque, salen en paseos a ríos y varias ciudades. Recientemente se fueron tres para reintegrarse con su familia y se quedó solamente con Eduardo y sus dos hermanos.

Eduardo la interrumpe y dice que pasan viendo televisión también, pero que ahorita solo pueden ver un canal porque el televisor está dañado. Todos ríen.

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Después Mayela empieza a recordar el momento más triste. Fue el año pasado, cuando un joven de 21 años que fue uno de sus “hijos” falleció. Desde pequeño tenía hidrocefalia y fueron muchas veces las que lo tuvo que llevar al hospital y a consultas médicas.

“A pesar de los problemas, (el joven) pudo vivir bastante tiempo, creció bastante fortachón pero el año pasado se agravó”, dice con tono de voz apenas audible y con la mirada triste.

Una de las madres sustitutas más nuevas en las Aldeas SOS es María del Socorro Palma. Originaria de Somoto, llegó a buscar trabajo porque una amiga le contó que había una oportunidad.

Dejó a su marido a cargo de su casa. Pero también a sus dos hijas. Les dijo que era por el bien de la familia y para poder mandarlas a estudiar a la universidad.

Dice que habla todos los días por teléfono con su marido y a veces le toca darle palabras de aliento. “Cuando me dice que me extraña, le recuerdo que esto lo estoy haciendo porque definimos un plan”, cuenta.

Mientras estaba pequeña se hizo cargo de sus ocho hermanos cuando sus padres trabajaban, por eso considera que tiene el don de ser madre y mucha paciencia. Se ha encariñado mucho de los niños, pero ha aprendido que no son suyos.

“Es que el amor no pide permiso”, agrega con una sonrisa. Próximamente será tía responsable y en este año será madre SOS.