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Han transcurrido cuatro días desde que los Palacios perdieron su casa en cuestión de minutos, cuando una fuerte corriente hizo sucumbir la frágil estructura, y, frente a sus ojos, arrastró todo cuanto tenían sin que nada pudieran hacer. Tenían dos años de vivir en ese lugar ubicado en la entrada del asentamiento Nueva Vida.

Ahora pasan los días, capeando el sol, debajo de las ralas ramas de un jocote. Cuando cae la noche, los seis adultos, un adolescente y dos niños de uno y de cuatro años, se acomodan en dos champitas hechas con láminas de zinc viejo que protegen con plástico negro cuando llueve. Ellos esperan ayuda, pero aún no asoma.

Restos de una tragedia

En el lugar quedan pocos rastros de la frágil estructura que cedió a la fuerza de la corriente que se formó con la lluvia del miércoles último. Un “manchón” de cemento que era el piso de una de las dos casitas, se alcanza a notar en medio del lodazal ya casi seco.

En el “pedazo” de terreno quedaron esparcidos los zapatos de tacón de Yahoska Carolina Rivera, de 20 años; la ropita de sus dos hijos; parte de la comida que la noche del miércoles tenían para cenar; una que otra cuchara enterrada en el lodo, y gran cantidad de bolsas plásticas y basura.

“Quedamos desnudos”, dice Adela Mercedes Palacios, de 40 años, mientras señala que en una bolsa guarda tres calzoncillos que son la única ropa que tiene para vestir a su nieto Samuel, por quien más angustia sienten, ya que la corriente se llevó hasta la pacha y la leche del pequeño.

A la intemperie

Los Palacios afirman estar viviendo días de tormento: no salvaron ni una sola paila para cocinar, y esperan hasta la noche para poder bañarse con una manguera, pues no tienen un espacio privado donde asearse.

La letrina también fue arrasada por las aguas, y no les queda más opción que “ir al monte, como los animales”, dice Rivera.

Los adultos calman el hambre con agua, y a los niños pequeños les dan de tomar alguna bebida envasada que consiguen.

No escuchan su clamor

“Estamos en la calle, sin agua, sin comida… nadie ha venido”, añade Palacios, a quien le angustia volver a vivir la mala experiencia.

Según Rivera, aunque han solicitado ser llevados a un albergue, las autoridades locales les informaron que no es posible.

En la zona, cuadrillas de la alcaldía trabajaban en limpiar de arena los cauces que pasan a orillas del lugar donde los Palacios hicieron casa.