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En días recientes nos encontramos con un amigo de juventud a quien teníamos muchos años de no ver, luego de darle rienda suelta a la alegría que genera el reencuentro con alguien a quien se aprecia y se quiere, él nos comentaba acerca de las circunstancias dolorosas y difíciles que enfrentaba en la familia por una enfermedad, sin ocultar cierto grado de frustración ante la vida, por lo que está pasando.

Quizá, sabedor de nuestra fe inquebrantable en Jesucristo, expresaba: “Respeto a los creyentes, pero yo no lo soy, sin embargo, sé que la fe mueve montañas”.

Nosotros queremos decirle a nuestro querido amigo, así como a toda persona que esté pasando momentos complicados, viviendo situaciones a las cuales no se les encuentra explicación razonable, de esas en las que la pregunta reiterativa es ¿porqué me pasa a mí esto? Así como nos sucedió a nosotros, que en los momentos que sufríamos el dolor más intenso que padre alguno puede experimentar, como es la pérdida física de un hijo(a), percibíamos a un Dios castigador, a quien considerábamos injusto; les decimos que efectivamente la fe mueve montañas. Quién diría que personas como nosotros que hasta hace unos once años habíamos aceptado como verdad absoluta una burda mentira, consistente en que por causas que desconocíamos, estábamos destinados a la tragedia, a la enfermedad, a las adicciones, al conflicto, que teníamos una calidad de vida de mala a pésima, hoy vivamos plenamente, libres de enfermedades, de adicciones, etc.

Pues bien, un día de nuestras vidas, en los inicios de la década del 2000, establecimos una relación personal con un Jesús vivo, que mediante su Palabra nos ha enseñado, entre muchas cosas, que “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).

Hemos aprendido que cuando se vive cotidianamente apegado a esa Palabra, y llamamos a las cosas que aún no son como que ya son, las montañas de ansiedad, preocupación, temor, etc., que se interponen entre la alegría y la tristeza, que nos causan dolor y sufrimiento, se empiezan a mover; y es en esas circunstancias que Jesús “viene a nuestras vidas a darnos vida, para que la tengamos en abundancia” (Juan 10:10).

Queridos amigos, apreciadas amigas, les instamos a invitar a Jesús a su corazón, a pedirle que manifieste su amor y su poder en sus familias y en sus vidas, que sea Él diciéndole a ese ser querido a quien hoy la ciencia le dice que no hay cura para su enfermedad: “Levántate y ve, tu fe te ha sanado” (Lucas 17:19). Recuerde siempre que con Dios todo es posible, dígale: Padre mío, yo acepto a Jesús como mi Señor y Salvador, le pido esa fe que mueve montañas, en este momento inundado de fe declaro, que mi ser querido que ha estado enfermo, hoy para su honra y gloria está completamente sano, gracias Jesús por su amor, su misericordia y compasión.

 

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