Jorge Eduardo Arellano
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Bruselas / EL PAÍS
El Parlamento Europeo vivió el miércoles una de las horas más conmovedoras de su historia, con profusión de lágrimas, en la sesión solemne protagonizada por Ingrid Betancourt, tres meses después de haber escapado de la selva tras seis años largos de cautiverio. La ex rehén mantuvo que “las democracias jamás deben ceder al terrorismo”, pero abogó también por el valor taumatúrgico de la palabra. Incluso con los terroristas: “Hay que negociar, negociar, negociar y negociar”.

En varias ocasiones durante la lectura de su discurso --en francés, con un par de cortas interrupciones en español, una de ellas para leer una veintena de nombres de amigos aún rehenes-- la emoción embargó a Betancourt, hasta dejarle sin palabra, y con ella a buena parte de los asistentes, público y eurodiputados, que discretamente se limpiaban las lágrimas o prorrumpían en aplausos para darle tiempo a la invitada de recuperarse. La colombiana agradeció a la Cámara su apoyo moral en los años de cautiverio, del que tuvo noticia en la selva gracias a la radio, y abogó por la máxima firmeza de la democracia ante los terroristas.

Con un aire semi zen y como flotando en espiritualidad, Betancourt presentó a la palabra como el arma decisiva contra la violencia y la injusticia. Preguntada en sala de prensa si hay que negociar con los terroristas, como ha hecho el Gobierno español, respondió: “Hay que negociar, negociar, negociar y negociar”. Y explicó por qué: “No podemos dejar que las personas se vuelvan inaccesibles a la realidad. Dejarles solos en la locura. Tenemos que negociar porque es la mejor manera de salvar vidas”.

Dijo hablar por experiencia propia, de alguien que había padecido aislamiento y se le había negado la palabra durante mucho tiempo. “Lo que uno diga, la forma, el momento… puede cambiar la manera de ver de una persona”, insistió. “Se tiene que hablar con todo el mundo, en particular con los terroristas”. Betancourt, secuestrada el 23-F de 2002 cuando hacía campaña para la presidencia, ha renunciado a la actividad política convencional. “La política tal y como se hace en el mundo no me gusta”, dice. “No es el instrumento adecuado para resolver los problemas que nos aquejan. Hay muchos intereses, agendas ocultas y oportunismo”. Lo suyo es, franciscanamente, la palabra: “A través de la palabra puedo llevar a los colombianos a una reflexión tranquila para conseguir cambios de fondo”.