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“Oligarca… al Frente lo vas a respetar”, dijo en tono altanero, tirándome en el rostro una tarjeta de vacunación anulada de su puño y letra, y negándose por tercera vez a aplicar una dosis de inmunización contra la fiebre amarilla, un requisito que exige el Gobierno de Panamá para ingresar a su territorio. No me sorprendió, ya lo esperaba después de una semana de gestión en el Minsa y múltiples puertas cerradas, como le sucede a cualquier prójimo en los pasillos de los hospitales.

Patricia Vásquez es una señora sencilla, sonriente, entrada en años, de tez morena, cabello crespo y baja de estatura. Atiende en una pequeña y fría oficina en la sede del Ministerio de Salud (Minsa), en el Complejo “Concepción Palacios”, donde muy amable recibe a cada viajero que se acerca en busca de la misma vacuna en el Centro Nacional de Diagnóstico y Referencia (CNDR).

¿Adónde viaja?, es la primera pregunta que ella formula a sus visitantes, y de la respuesta depende la aplicación de la dosis o el cierre de la puerta. Seguramente, ayer fallé por tercera vez ante sus ojos, cuando dije que mi destino es Panamá, pues negó la dosis que debe aplicarse con 10 días de anticipación.


A recibir premio en Panamá
¿Nombre? ¿Edad? ¿Pasaporte? ¿Documentos de viaje?, siguió preguntando y, una a una le seguí respondiendo. Expliqué que el destino no lo seleccioné. Fue electo por los directivos del Centro del Agua del Trópico Húmedo para América Latina y el Caribe (Cathalac), quienes van a entregar un premio latinoamericano a EL NUEVO DIARIO en la categoría Periodismo, y sólo llegaría a recibirlo en una ceremonia para luego volver.

Ella tomaba nota de mi fallido relato, y sentía estar frente a un agente de Migración, pues acomodaba sus lentes una y otra vez tratando de extirpar algún argumento que no coincidiera. “Pero es que la gente que viaja a Panamá no necesita esa vacuna”, me dijo por tercera vez, aunque luego pidió que me quitara la camisa y remangara la camiseta para recibir la dosis.

En mi vida no recuerdo cuando fue la última vez que lo hice tan rápido. Estaba en camiseta y cumpliendo la orden al pie de la letra en un abrir y cerrar de ojos. “Al fin la bendita tarjeta de vacunación”, me dije en voz baja, mientras ella salía en busca de una jeringa.

Volvió sin jeringa y acompañada de un señor que estaba detrás de mí en la fila. Usando su brazo me explicó cómo se aplica la dosis, qué contiene, cómo se elabora, los posibles efectos secundarios y otros pormenores que ya había escuchado en la antesala de la oficina, cuando esperaba que atendiera a otras seis personas desde las ocho y 20 minutos de la mañana.


Seguía esperando
Mi reloj marcaba entonces las 09:27, y todavía hizo pasar a otros dos para explicarme exactamente lo mismo, aunque llenando la tarjeta con nombres diferentes. Yo envidiaba aquel alivio con que recibían los viajeros la tarjeta amarilla, la que reza: Certificado de Vacunación, Dirección General de Salud Ambiental y Epidemiología.

El último fue un señor de apellido Oliú, quien sólo cerró los ojos cuando le sacaron la jeringa. Afuera me había relatado que viajaría a Panamá por cuestiones de negocios, y al verme sin camisa y sentado al borde de una enorme mesa en “lista de espera”, me preguntó: ¿Y vos no te la vas a poner?
Pena por burla, o indignación por falta de atención, no sé por cuál de las razones, pero algo me hizo reaccionar después de algunos minutos. Le pregunté: ¿Señora me va a poner la vacuna o no? Ella sonrió muy amable y me dijo que primero elaboraría la tarjeta y después aplicaría la dosis, todo lo contrario a lo explicado.

Primero escribió en la tarjeta y después preguntó mi nombre. Al responderle, me dijo haberse equivocado, y con un corrector trataba de enmendar lo hecho. Después giró aquel cartón amarillo y escribió “anulado” en letras grandes. Fue cuando empezó su frase “Oligarca… al Frente lo vas a respetar”, y me lo aventó al rostro.


Jerigonza religiosa
No tuve más que sacar mi cámara y lograr algunas imágenes, pero la señora se escondió detrás de una puerta mientras dejaba en la silla aquella amabilidad. Habló de Dios, de sus pasajes, del Padrenuestro, de los periodistas y no me acuerdo de qué más. Sucedió ayer en las instalaciones del Minsa.

Esa vacuna no la tiene ningún hospital, centro de salud o farmacia. Tampoco la venden o la aplican en ningún lugar. Sólo la tiene el Minsa, y la aplica los martes y viernes en horarios de oficina, sin costo alguno.

Desde la semana pasada había llegado en busca de la dosis, pero no hubo manera desde que dije dónde trabajo. Después apelé a las oficinas del Departamento de Divulgación del Minsa, donde, a su vez, realizaron gestiones en el CNDR y con las autoridades del Ministerio, pero la respuesta fue siempre la misma.


Con burla de por medio
La señora Vásquez niega la dosis desde el martes de la semana pasada, y hasta mi teléfono le dejé en busca de una solución. Incluso, me llamó el viernes pasado para que llegara al término de la distancia para suministrar la dosis, pero cuando iba a medio camino volvió a llamar para decirme: “Ya no vengás, es que sólo hay media dosis y no te puedo dar tarjeta con eso”.

El caso es del pleno conocimiento del doctor Alcides González, titular del CNDR. También del equipo que dirige la divulgadora del Ministerio, Maritza Tellería. Ambos han informado a las autoridades superiores, y desde el viernes pasado recibieron un correo electrónico donde se detalla todo el peregrinaje que debe vivir cualquier prójimo en busca de un requisito para viajar, que sólo ellos tienen.