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Nosotros venimos de familias disfuncionales. Raúl, criado bajo la tutela de la abuela materna; Velia creció en un hogar monoparental, donde la mamá fue madre y padre como ella lo afirmaba.

En la etapa de adolescencia, cada quien por su lado, se contaminó de algunas actitudes y conductas que no contribuían a trabajar armónicamente en el establecimiento de límites y por ende a construir relaciones sólidas. Hoy hemos logrado identificar, entre otras: una estima personal débil que nos conducía por la vía de la desconfianza y nos inducía a practicar conductas controladoras. En el inicio de la vida matrimonial nos excedimos en la dependencia del uno hacia el otro; se nos dificultaba someter a discusión temas referidos a sentimientos y problemas personales que pudieran generar duda; el cóctel desconfianza combinado con inseguridad nos llevó a vivir cotidianamente comportamientos poco sanos guiados por celos, etc. En fin, con este patrón de personalidad, era impensable establecer límites para tener una relación sana y duradera.

Contrario a lo que pensábamos, nunca dejamos de aferrarnos al matrimonio como institución indispensable para edificar una familia funcional; en medio de las dificultades siempre apostamos a la posibilidad de una relación amorosa, plena, y de compromiso con la familia, con los hijos. En el fondo de nuestro corazón teníamos esperanza de que podíamos lograrlo. Llegado el día en que Dios empezó a tratar con nosotros y a transformar aquellas conductas que habían prevalecido, nos dispusimos a hacer la parte que nos correspondía poniendo límites y cerrar cualquier posibilidad de regresar a conductas y comportamientos dañinos.

Uno de los primeros aspectos que trabajamos estaba referido a distinguir entre asuntos de fondo con aquellos de forma; nos dispusimos a ser flexibles y ceder, cuando sea necesario, en los de forma; y ser respetuosos en los temas de fondo, especialmente cuando están referidos a principios y valores de cada uno.

Contrario a lo que algunas personas afirman en el sentido que los límites representan obstáculos que complican el diario vivir; afirmamos que estos la facilitan, la hacen más llevadera, contribuyen a mantener relaciones sanas. Los límites nos ayudan a establecer qué tan largo iremos y qué tan lejos le permitiremos llegar a nuestra pareja en su relación con nosotros. Cuando fijamos límites, definimos en dónde termino yo y dónde inicia mi pareja. La meta es delinear esa línea fronteriza y respetarla, teniendo siempre presente que los límites son de gran ayuda para fortalecer la relación; si estos no existen, las relaciones se vuelven problemáticas; si exageramos y les rendimos culto ahuyentaremos a la pareja, pulverizaremos la relación. Debemos proponernos que los límites no sean, ni demasiado flexibles, ni demasiado rígidos.

Amiga, amigo, nosotros hemos encontrado la fortaleza y la humildad para hacer el cambio en Jesús, por ello le instamos a abrir su corazón a Él, a establecer una relación personal con Él, invóquele y dígale: Jesús bendito le invito a entrar en mi vida, le acepto como mi Señor y Salvador, le pido que ponga amor en mi corazón, respáldeme para saber respetar a mi pareja y respetarme, aparte de mí todo temor que me impida trabajar en la fijación de límites para fortalecer mi relación de pareja y familiar.

 

Queremos saber de Ud., le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com