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Casi cuarenta años de amistad me unen y me unirán con Carlos Montenegro (Chinandega–León 1942) En los últimos treinta años se asentó en Masaya frente al Coyotepe, nos veíamos los domingos y las veces que más podíamos. Hoy ha muerto, pero queda un abundante legado lineal para las artes visuales nicaragüenses. No se morirá del todo este amigo mío. Su sonrisa casi permanente, su mediana estatura y cierta corpulencia no le daban la pinta de artista o de bohemio.

Es en verdad uno de los verdaderos fundadores del dibujo moderno de Nicaragua, y digo de los auténticos porque hay mucho mito generoso más que obra, mucho más nombres que hombres de línea; a pesar de los retratos al carbón de Salvador Sacasa y de los grafitos de Juan Bautista Cuadra, bastante tradicionales y que datan de hace apenas unas cuantas décadas. Baso mi aseveración de dibujante moderno y nacional en su voluntad de encontrar y fijar lo nicaragüense en su temática, tanto cotidiana como fisonómica, folclórica e histórica. Basta pensar en sus series de personajes marginales, envejecidos, en su exposición de 1983 sobre los personajes y el reparto general de “El Güegüense”.

Siendo un pintor del Pacífico en su búsqueda de su nacionalidad fijó sobre sus ángulos y perspectivas el Caribe nicaragüense, las esquinas entejadas y encaladas, las barriadas provincianas y las recreaciones del grabado del siglo XIX. Parecía un grabador más que un dibujante. Aguafuerte.

Todo un mundo fijado a través de la línea, pero no la línea suelta de imaginación y resuelta como una rúbrica, a la manera de Picasso, a la manera de Jean Cocteau (pienso en Omar D’León) sino del dibujo tratado como una caligrafía, una trama muy fina que va variando y obteniendo por medio de un juego de luz y sombra, del contraste con el blanco y el negro, el volumen. Dibujo realista o naturalista, diferente al dibujo geométrico e indígena de Leoncio Sáenz, y del dibujo simbolista, religioso y coloreado de Enrique Fernández Morales (1918-1982). Montenegro también ha utilizado o aplicado color, yo lo prefiero en blanco y negro. Es sombra de plumilla, de línea. Ahí estuvieron todas sus posibilidades y sus límites.

Dejó otra serie de dibujos, de pequeños formatos, que expuso en Galería Génesis, para mí fue el más nuevo Montenegro; pero es el mismo, lo cual no hace más que confirmarlo en su posición, en su calidad y en sus búsquedas. Su formato pequeño me resulta encantador; sus láminas son como ventanas al misterio o al recuerdo, paisajes y personajes que suponemos entrevistos, permaneciendo a la luz del algún candil nocturno o a la luz del último sol de la tarde. Hay una versión entrañable, interior de Nicaragua. Esta serie de dibujos, que se detienen en sus temas que recorre sus motivos consabidos, acusan una interiorización de esos ambientes y, por tanto, una Nicaragua para adentro, interior, subjetiva. Con ella Montenegro realizó su empeño por un dibujo con “acento gentilicio”, otra versión de la nicaraguanidad, entre las ofrecidas por sus coetáneos.

Con la plumilla, más de poeta que de dibujante, por lo nostálgico, por lo lírico, Montenegro encontró a su “Nicaragua natal” no afuera, no en la realidad, sino que dentro de sí, en las rinconadas de la memoria y del corazón.

El dibujo de Nicaragua data de hace más de un milenio. Como un “art brut” prehispánico, lo constituyen las innumerables piedras grabadas del Pacífico y del centro del país: los llamados petroglifos. Esta conciencia no solo antropológica sino que estética, se adquirió a partir de Praxis, en los 60.

Se dibuja por americano; se dibuja por indio. Nuestra modernidad, pues, se remontaba a lo más arcaico, a nuestros orígenes. Eso daba originalidad, en el pasado estaba el futuro. De aquí la plumilla en negro sobre blanco de Montenegro; la línea en el vacío del papel. De aquí el muralismo de los 70 (Aróstegui, Sobalvarro y Pérez de la Rocha), con el dibujo en la modernidad de nuestro contexto.