•   Nueva York  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Siete nicaragüenses radicados en Nueva York recuerdan el pánico que vivieron cuando dos aviones, uno de American Airlines y otro de United Airlines, se estrellaron contra las Torres Gemelas de esa ciudad, dejando más de 3,000 muertos, en el peor atentado en la historia de los Estados Unidos.

Hoy se cumplen 12 años del desplome de las Torres Gemelas, íconos de la historia estadounidense, y el mundo aún sigue viviendo marcado por los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. El principal legado: una progresiva lucha contra el miedo que se contagió alrededor del planeta.

Oscar Sandoval, quien es originario de León, dice que el peor trabajo que ha tenido en la vida desde que llegó a los Estados Unidos, en 1984, fue trabajar en las Torres Gemelas.

Aunque le pagaban bastante bien, unos US$32 por hora en ese entonces, no era suficiente para lo que hacía: limpiar por fuera las ventanas de la Torre Uno.

Él, quien vivió en México antes de llegar a Estados Unidos, empezaba su faena todas las mañanas desde el piso 107 hasta terminar en el primer piso. Sandoval, recuerda que el trabajo como limpiador de ventanas era más escalofriante que cuando trabajaba en una morgue componiendo muertos en la capital mexicana.

Gracias a una señora nicaragüense que trabajaba en mantenimiento en el edificio y que vio cómo sufría cada vez que descendía limpiando las ventanas de la Torre, fue que lo cambiaron a trabajar de operador de elevador tres meses después de estarse jugando la vida.

Sin vacilar aceptó el nuevo cargo, aunque la única condición es que le pagarían US$13 por hora en vez de los US$32 que ganaba como limpiador de ventanas.

Sandoval trabajó por 12 años consecutivos como controlador de elevador en las Torres Gemelas.

Estaba en el piso 43

Se encontraba en el piso 43 cuando el primer avión impactó la Torre donde él se encontraba. Se estaba lavando las manos para ir a desayunar cuando escuchó el primer impacto.

“Lo primero que pensé es que estaba ocurriendo un terremoto”, recuerda, al sentir cómo el edificio donde se encontraba se estremeció.

Poco tiempo después el techo del piso colapsó y se le vino encima, dejándolo inconsciente por un buen rato y con varias fracturas en su cuerpo. Gracias a la ayuda que un buen samaritano pudo levantarse y bajar las escaleras, mientras observaba gente quemada y tirada en el piso. También vio a policías y a bomberos subiendo y bajando las escaleras.

Otro impacto cuando bajaba al piso 23

Cuando llegó al piso 23 escuchó el otro impacto. “Me dije: de aquí no salgo, aquí me morí”, comenta.

Sin embargo, siguió bajando hasta llegar a la calle. Al salir miró a una persona partida en dos y sintió pánico. Después observó hacia el cielo y vio como una persona se lanzaba de uno de los edificios.

Cuando llegó a su apartamento se encerró por tres días. Dice que en Nicaragua lo dieron por muerto y hasta le hicieron los nueve días. Todavía tiene pesadillas y recibe tratamiento médico para tratar de olvidar el horror.

Su último cliente

Rolando González, originario de Matagalpa, llegó a Estados Unidos en 1980. Por años trabajó como taxista en Nueva York. El 11 de septiembre de 2001, como todos los días, a las 8:30 de la mañana dejó a uno de sus clientes más importantes en una de las Torres Gemelas.

“Fue un día amargo. Fui a dejar en la limosina a uno de los clientes más importantes de la empresa para la que conducía, y cuando llegué al trabajo me informaron que acababa de ocurrir esa catástrofe”, dice.

González recuerda que llegó hasta las 6:00 p.m. a su casa porque el tráfico era un caos total. Su cliente desapareció como miles que trabajaban en esa ciudad.

“También desaparecieron muchos amigos. Jamás se supo nada de ellos. Mucha gente se esfumó y no se encontró ni sus restos”, expresa este señor de 69 años.

Se salvó por enfermo

Por su parte, Facundo López, cuenta que ese día tenía que ir a trabajar a una de las Torres Gemelas, pero llamó a su trabajo para informar que no podría llegar por estar enfermo.

Esta decisión le salvó la vida. “Yo iba constantemente al piso 80 de la Torre dos, porque un japonés tenía un banco y le gustaba tener los muebles y los paneles del techo limpios, yo iba a hacer ese trabajo, pero por dicha ese día me enfermé y ahora te estoy contando el cuento”, dice con una amplia sonrisa.

Recuerda que después de ese día la vida para el inmigrante hispano cambió completamente, porque muchos perdieron el trabajo, aumentó la persecución para el inmigrante y empezaron a deportar a miles de indocumentados.

Desde la TV

Rolando Antonio Cajina llegó en 2001 a Nueva York. Trabajaba en una fábrica de cartón cuando, junto con sus compañeros, tomó un descanso. Fueron a un pequeño comedor que estaba cerca y empezaron a ver televisión.

“En la fábrica estábamos encerrados, no nos dábamos cuenta de nada, pero empezamos a ver que se había estrellado un avión en una de las torres. Creíamos que era un accidente, pero pronto supimos que no era así”, dice.

Cuando salieron a la calle, porque los dueños de la empresa suspendieron las labores, pudo ver una enorme masa de humo en el aire. No había transporte y tuvo que caminar hasta su casa.

“Sí tenía amistades que trabajaban cerca de las Torres Gemelas, pero no podía comunicarme porque se cayeron las comunicaciones de celulares”, insiste.

Perdió su trabajo

Álvaro Báez trabajaba en un restaurante deportivo ubicado a 8 kilómetros del World Trade Center. Estaba en la cocina cuando un muchacho llegó gritando escandalizado que había un accidente con avión en las Torres Gemelas. “Dejá esas babosadas”, dice que respondió, pero después se dio cuenta de que era algo serio. El humo empezó a llegar hasta la zona donde se encontraban.

Dice que un amigo y él se iban a cambiar de trabajo en esa semana a un restaurante cercano a las Torres Gemelas, pero por algún motivo no los contrataron. Ahora lo ve como “una salvación”.

“Lo que sí pasó es que cerraron el restaurante y me quedé sin trabajo”, comenta. Eso y que ese día camino por unos 40 kilómetros para llegar a su casa.

Un horror compartido

Rebeca Blandón estaba en la escuela ese día. No recuerda bien porque apenas tenía siete años. Pero sí sabe que no fue a la escuela por varios días. Cuando supo qué pasaba fue cuando vio a sus padres sentados en la sala de la casa tomando una taza de café, y viendo las imágenes terribles de los heridos.

“Me dio mucho miedo ver tanta sangre, polvo y destrucción”, sostiene. Pero no lograba entender cómo afectaban su vida esos acontecimientos. Comenta que pasaron muchos días para volver a la escuela.

En 2004 la cambiaron a un colegio cerca de Manhattan y ahí conoció a muchos hijos de personas que fueron víctimas del peor ataque en la historia de Estados Unidos.

Para el capitalino Ricardo Payán, que vive a 5 kilómetros de donde ocurrieron los atentados terroristas, lo que ocurrió fue desastroso, porque todos los puentes que hay alrededor de donde él vive fueron cerrados. También les llegaba mucho humo y un olor feo que les impedía respirar.

“Un compañero de trabajo que estaba a la par mía estaba hablando con un amigo que se encontraba en uno de los edificios, en eso vimos que una de las Torres se desplomó y el compañero de trabajo perdió la comunicación con su amigo. Fue muy triste”, recuerda.