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Un apreciado lector de esta columna, en un comentario acerca del artículo que escribimos hace un par de semanas, sobre la necesidad de establecer límites en las relaciones interpersonales, y la importancia del amor a uno mismo como condición indispensable para lograrlo, sugería que debíamos continuar abordando este tema, ya que “se nos ha enseñado que cualquier intento en ese sentido, es egoísmo, pero si no aprendemos a amarnos a nosotros mismos, tampoco podremos amar a nuestro prójimo y mucho menos a Dios”.

Cuánta razón tiene este amigo lector, la Biblia en Marcos 12:30-31 dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos”.

Amarse a uno mismo es un mandato de Dios, por lo tanto es una equivocación confundirlo con egoísmo. La persona egoísta es insensible a las necesidades del prójimo, todo lo hace de acuerdo a su propia conveniencia, siempre está priorizando su bien por encima del de los demás, en fin, está incapacitada para dar lo que no tiene, amor.

¿Y cómo es el amor que debemos practicar con nosotros mismos y con los demás? Para nosotros, la definición más clara y precisa de amor, la escribe el apóstol Pablo en 1ra. Corintios 13:4-7: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.  El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad.  Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Uno de los beneficios inmediatos que proporciona amarse a uno mismo, es un cambio, para bien, en la autoestima de la persona.

La persona con niveles adecuados de autoestima, es capaz de establecer límites que propicien relaciones personales sanas; respeta y se hace respetar; se aprecia como persona, al margen de lo que hace o tiene, se considera en igualdad de derechos a cualquier otra persona, independiente de condiciones económicas o de género; es consciente de sus limitaciones y debilidades; es capaz de reconocer los errores que comete y asumir consecuencias de los mismos; se acepta tal cual es; atiende sus necesidades, sabe escucharse sin recriminaciones; al atenderse a sí misma, la persona propicia una actitud abierta y atenta hacia los demás, sabe convivir en paz y armonía consigo mismo y con otras personas, libre de actitudes virulentas que propician la miseria humana, como: egoísmo, envidia, rencor, odio, celos, etc.

Amiga, amigo, el amor a uno mismo nada tiene que ver con egoísmo, por el contrario, en tanto mandato de Dios, tiene doble propósito: por una parte sirve de armadura para protegernos de atropellos y agresiones psíquicas, verbales y físicas de quienes no conocen el amor; y por otro lado nos equipa para amar sin condiciones a nuestros seres queridos en particular, y al prójimo en general.

Amiga, amigo, invite a Jesús a su vida, Él es el amor, Él por amor a usted y a nosotros derramó su preciosa sangre para redimirnos, clámelo, sencillamente dígale: Jesús, abro las puertas de mi corazón y lo acepto como mi Señor y Salvador; lléneme de su amor, para saber amarme a mi misma(o), poder amar a mi prójimo, y por sobre todo amarlo a Usted con toda mi alma, con todo mi corazón, con todas mis fuerzas.

 

Queremos saber de usted, le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com--