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Para los ciudadanos fundadores de los barrios Monseñor Lezcano y Cuba, el gigantesco guanacaste, contemporáneo del natalicio de Rubén Darío, está vinculado al origen de los populosos barrios del Distrito Dos de Managua.

La existencia del coloso está vinculada también a la caída del dictador Anastasio Somoza Debayle, en tiempos en que fue testigo de la fundación de los Comités de Base de la Revolución.

Fue también un punto de concentración de la ruta de Santo Domingo de San Andrés de la Palanca, la celebración de cumpleaños de la familia Solano, la sátira religiosa de la quema de Judas en Semana Santa y las barricadas que se elevaron en este lugar en los tiempo de huelga del transporte en la administración de Violeta Barrios de Chamorro. Fue el lugar preferido de la mujer mona, el baño público de los adoradores del dios Baco, y hasta punto de encuentro amoroso de muchas generaciones.

El “gigante de madera” vino ensayando por muchos meses su caída. Lo hizo lentamente, como resistiéndose a la muerte. No dejó dolor, ni muerto ni lesionado, pese a que estaba ubicado en un lugar por donde frecuentemente transitan vehículos y a la par de una parada de bus.

Las razones de su muerte para muchos se debió a que había cumplido su ciclo natural: crecer 40 metros y desarrollar un tronco con un diámetro de 1.20 metros, que fue vulnerado por insectos, hongos, comejenes, hormigas negras, polillas y taladradores. La familia Solano trataba de protegerlo de estos males. El gemelo del jenízaro había advertido que estaba agonizando.

Ronaldo Vega Torres, habitante del barrio Monseñor Lezcano desde hace 45 años, escuchaba sus gemidos. Su estado calamitoso motivó a que varios pobladores pusieran en alerta a la Alcaldía de Managua, pero esta inquietud no tuvo eco. Los vecinos convirtieron su agonía en un tema de agenda en las tertulias, con una mezcla de escepticismo, con un sentimiento especial hacia este símbolo histórico. Para muchos, no corría peligro.


Testigo de Managua
El desplome del “mimado” de madera puso en evidencia que sólo pocos árboles pueden ser historia y pocos hombres pueden ser testigos y actores de la misma. Su partida es igual de impresionante y devastadora como la de los pocos árboles históricos de Managua: el “Arbolito” y el guanacaste del barrio San Judas.

Los fundadores de este lugar aseguran que este madero fue posiblemente hijo de la transición de la Villa de Santiago de Managua –-nombrada de esa manera por Decreto del Rey Fernando VII de España 1811-- a Ciudad Santiago de Managua, por Decreto Legislativo, el 24 de julio de 1846, y estaba ubicado en el centro de una hacienda.

El monarca, en ese tiempo, era un ceibo, de mayor edad, ubicado en la entrada del Cementerio General de Managua. Pero después sería víctima del progreso, cuando Managua se convirtió en la capital. En ese sitio hoy se encuentran los semáforos de la ceibita, todavía punto de referencia de los lugareños.

Quién diría que el enterolubium cyclocarpumel, llamado de esa forma por los científicos, después de estar condenado a la vida privada, se convertiría en una figura pública e histórica que unía a los barrios Monseñor Lezcano y Cuba.

Se encontraba enclavado en el centro de una hacienda de aproximadamente diez manzanas, cuyo nombre los historiadores no pudieron recordar, pero rodeado de burros y ganado, y donde se sembraba ajonjolí en el costado norte --en cuyo predio se levanta hoy el Instituto Autónomo Gaspar García Laviana, del barrio Cuba--, y hacia el oeste --Las Brisas, Los Arcos y Linda Vista-- se sembraba algodón. El guanacastito de ese entonces era una ruta obligada para quienes venían de la terminal de buses, contiguo al Cementerio General, para ir al Lago Xolotlán a bañarse y lavar ropa.

Posteriormente, cuando esta hacienda fue urbanizada, don Mundo Solano, uno de los fundadores de esta zona, después de 52 años de habitar en este lugar, todas las tardes se salía a reposar bajo la frondosa sombra del madero a escasos diez metros donde se encuentra su casa. En acto de reverencia “al gigante”, con una mirada cansada debido a sus 92 años, murmuraba: “Al parecer me voy a ir yo primero, y vos vas a seguir por mucho tiempo más”, pues lo miraba lleno de vida: frondoso, verde y fuerte. Sin embargo, la sentencia de don Mundo no se cumplió.


Testigo de la paz y de la guerra
El árbol centenario fue testigo privilegiado de distintas etapas históricas de la política, la cultura y la religión. Antes del 18 de julio de 1979, muchos guardias se ocultaban en este “gigante” para parapetarse como francotiradores o para reprimir a los jóvenes rebeldes sandinistas.

Luego de ser identificados por la guardia, los revolucionarios que tenían más suerte eran llevados a la cárcel somocista “La Tercera”, ubicada del Guanacaste, dos cuadras al sur y una cuadra abajo. En la década de los 80 fue tomado por los jóvenes revolucionarios para debatir la agenda de los Comités de Base Sandinistas.

Al inicio de los años 90, durante la Administración de Violeta Barrios de Chamorro, los sandinistas una vez más se tomaron este lugar y levantaron barricadas, concentrándose bajo su sombra centenaria.


Donde quemaban a Judas
Influenciado por los principios cristianos de monseñor Antonio Lezcano, primer Arzobispo de la Arquidiócesis de Managua, los creyentes de este lugar en los años 70, iniciaron una tradición religiosa para satirizar al discípulo traidor: Judas.

Su creador fue Róger Peck, de oficio zapatero. Su iniciativa contó con el respaldo de los vecinos por casi 40 años. El comité organizador se encargaba de recaudar todo tipo de ropa para hacer un prototipo de Judas. El objetivo de la tradición era colgar a Judas de las ramas del “gigante” y luego quemarlo en Semana Santa. Tradición religiosa que por las características del madero permitía observar claramente a todos los curiosos de los barrios Cuba, Morazán, “Rubén Darío” y Monseñor Lezcano.

Muchos creen que esta práctica religiosa dio poderes milagrosos al coloso, ya que una vez, uno de los promesantes, mientras colgaba a Judas se resbaló de una altura de 20 metros y se levantó intacto, como si se había caído sobre un colchón.

Los testigos aseguran que este tradicionalista sigue aún con vida en Chinandega. Desde hace tres años, esta tradición se dejó de realizar porque su principal promotor se fue a vivir a otro lugar. Aunque otra generación deseaba rescatar esta costumbre, ahora ya no será posible, pues su principal cómplice se ha ido para siempre.


Un árbol de cultura popular
Cuenta la leyenda que durante mucho tiempo, una mujer alta, de cabello negro, ojos color miel y de piel canela, solía subirse todas las noches y anidaba en “los brazos” del contemporáneo de Rubén Darío. La mujer se convertía en mona para asustar a los que rendían pleitesía al dios Baco, luego de salir del bar “La Canducha”.

Según el cuento, una noche este ahuizote fue alcanzado por dos disparos, realizados por una de sus víctimas. Luego la mona herida, casi agonizando, se convirtió en mujer. Su cadáver misteriosamente desapareció. El único testigo de este hecho fue el guanacaste.

Este año el gigante de madera se despidió de Santo Domingo de San Andrés de la Palanca. Uno de los ediles que reconoció las características especiales del guanacaste fue el alcalde Roberto Cedeño, quien orientó la construcción de una tarima, la cual era colocada debajo del madero.

El Cacique Mayor, La Vaquita y otros tradicionalistas aprovechaban esta tribuna para bailarle al santo y reverenciar al guanacaste. En este mismo lugar, todos los siete y 17 de agosto salía el barco del santo y continuaba su ruta hasta la iglesia Cristo El Rosario y San Andrés de la Palanca, y viceversa. La partida del hijo de la ciudad de Santiago de Managua deja un vacío para siempre en esta tradición religiosa.


Los que más lo extrañarán
Con el tiempo, el contacto diario y la cercanía con este símbolo natural lo convirtieron en parte de la familia y patrimonio material de los vecinos fundadores de estos barrios: la familia Solano, Aura Madriz, Róger Peck, Ana López, los Mckenzie, los Ocampo, los Uriarte, los Arteaga, los Solís, los Aguilar.

Después de más de 150 años de existencia, el gigante de madera que permaneció intacto al terremoto de 1972, a rayos, chubascos y tormentas tropicales, decidió rendirse a las cinco de la tarde el pasado 25 de septiembre, debido a un cáncer.

Luego de varias horas de trabajo de miembros de la Defensa Civil, del Benemérito Cuerpo de Bomberos y de la Alcaldía de Managua, sólo quedó la huella de lo que fue un día referencia obligada. “¡Hey, taxi! voy del guanacaste, en Monseñor Lezcano, una cuadra abajo y media cuadra al sur”.


(*) Comunicador Social y habitante del barrio Monseñor Lezcano.