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“Cuando cumplí 15 años me decían vos ya tenés tu regalito, que es mi niño. Pero yo no me embaracé porque quise, fue por una amenaza”, cuenta Mechu, una nicaragüense cuya historia se repite en Centroamérica, donde dar a luz antes de los 18 años es algo común.

Nicaragua es el país de América con el porcentaje más alto (28.1%) de mujeres de entre 20 a 24 años que tuvo un hijo antes de los 18, según el informe de Estado de la Población Mundial 2013 de Naciones Unidas. Es seguido por Honduras (26.1%), El Salvador y Guatemala (ambos con 24.4%).

“Me ponía a reír, pero sentía tristeza”, recuerda Mechu —como le llaman sus conocidos—, quien se alejó de la escuela, amigos y las fiestas tras el nacimiento de su hijo, que ahora tiene 18 meses. “Yo solita dije que no voy a fiestas ni salgo a ningún lado. Soy un poquito aburrida”, confiesa.

Mechu, que aparenta menos edad, de cabellera desaliñada, tímida y ávida de afecto, es la mayor de tres hermanos. Su tragedia comenzó a los 13 años, cuando su victimario —no identificado— le dio posada a su madre porque no tenían donde vivir. “Como no cobraba nada (de renta), ahí es donde se estuvo aprovechando” cuando estaba sola.

“El día de mi cumpleaños (13) él (abusador) me dijo que le diera mi virginidad, y que si no lo hacía iba a matar a mis hermanos, y por miedo lo hice”, dice Mechu a la defensiva, sin expresión en su rostro de tez trigueña marchito por el sol.

Mejor “solita”

Como madre “he entrado en miedo en las noches cuando estoy solita y el niño me tira las manos (con fiebre) y llora sin parar; lo paso chineando (cargando) para calmarlo y en la mañana me voy a vender desvelada”, ya que es vendedora ambulante.

Cuando quedó embarazada, Mechu estaba en quinto grado de primaria. No continuó estudiando porque se vio obligada a trabajar para alimentar a su hijo. Vende agua y golosinas en los autobuses. Gana cuatro dólares por día.

Esta es una realidad trágica para muchas niñas y adolescentes en Centroamérica que crían niños en condiciones precarias, luego de embarazos muchas veces asociados a la violencia sexual y falta de oportunidades de educación y salud.

Tras esa experiencia, la posibilidad de un noviazgo no está en los planes de Mechu. “Me han salido ofertas para hacer un hogar, pero yo no sé cuál es el miedo que tengo y les digo que no, y pienso que mejor me quedó solita”.

De víctimas a culpables

“Ninguna niña que sea madre a tan temprana edad es por una relación normal, es por violación”, asegura a la AFP María Isabel Blanco, directora del albergue La Casa de las Niñas, que atiende en Managua a jóvenes de 13 a 17 años víctimas de abuso sexual.

La mayoría de casos de embarazo forzado tienen como responsable a un familiar con el que la víctima tiene una relación de confianza: padres, padrastros, hermanos, tíos y abuelos, explica Blanco.

Muchas veces la familia ve a las adolescentes como responsables de lo que sucedió y a veces se ponen del lado del victimario, mencionó Blanco. Por eso, en el hogar, las niñas inician un proceso terapéutico de recuperación. La idea es que reconozcan que “no son culpables de la situación que vivieron”.

Esta realidad afecta también a adolescentes que se embarazaron por desconocimiento de la necesidad de tomar medidas preventivas. Ellas también se convierten en víctimas de violencia.

“Mi mamá de arrecha (enojo) me pegaba en la barriga (vientre) y por eso se me cayó” (abortó) el niño, cuenta Karla (20), quien a los 13 años quedó embarazada de un joven de 19, con quien mantuvo relaciones consentidas.

Siete años después, Karla lamenta que no pueda tener hijos por los golpes que recibió.

 

Familiares violadores

La mayoría de casos de embarazo forzado tienen como responsable a un familiar con el que la víctima tiene una relación de confianza: padres, padrastros, hermanos, tíos y abuelos, explica María Isabel Blanco, directora del albergue La Casa de las Niñas.

 

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