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El nacimiento (navidad) de Jesucristo no pasa inadvertido para nadie. Hay quienes cuestionan fechas o lugar de tal acontecimiento; otros se niegan a participar de las festividades argumentando que estas son mundanas. Lo cierto es que “el Verbo se hizo carne, habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14), y ello no admite cuestionamiento.

El nacimiento de Jesucristo es tan real, que marca un punto de inflexión en la historia de la humanidad; los hechos históricos se establecen y delimitan en el tiempo según este punto de inflexión, Antes de Cristo (a.C.) o Después de Cristo (d.C.). El Verbo se hizo carne dos milenios atrás, eso hay que celebrarlo con mucha alegría, así como festejamos fechas de acontecimientos vitales en nuestra vida personal y familiar, tales como cumpleaños y otros.

El Verbo se hace carne todos los días en miles y miles de personas que abren su corazón para Jesús, lo aceptan como su Señor y Salvador, e inician un proceso de renovación y transformación constante, con altos y bajos, por el resto de sus vidas.

Nosotros creemos firmemente que no debemos complicarnos buscando explicaciones a hechos como la concepción de María por obra y gracia del Espíritu Santo, y el posterior nacimiento de Jesús. Nos agrada compartir la actitud del ciego que fue sanado por Jesús, que se narra en Mateo 9:24-25: ante cuestionamientos a Jesús decía: “Una cosa sé, que habiendo sido ciego, ahora veo”.

Al igual que el exciego, nosotros podemos decir hoy: no somos doctos, lo que sabemos es que a partir de que el Verbo se hizo carne en nosotros, hemos experimentado y continuamos experimentando transformaciones trascendentales en nuestras vidas, en nuestra relación de pareja, en nuestra familia. El Espíritu Santo todos los días pone sus frutos (amor, gozo, paz, gratitud, paciencia, mansedumbre, templanza) en nosotros, y con ellos nos protege de estados de ansiedad, de angustia, de irritación, de preocupaciones vanas, de tristezas y aflicciones, de contiendas, etc.

El amor es el antídoto más poderoso que amortigua o protege de trastornos mentales, y de enfermedades psicosomáticas; el amor nos proporciona sanidad afectiva, psicológica y corporal; y el amor tiene nombre: Jesucristo. Él es amor, Él es el amor, a Él es que se refiere el apóstol Pablo cuando en 1ra. de Corintios 13:4-7 dice: “El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no es egoísta, no se irrita, no es vengativo; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Esto es lo que representa para nosotros la llegada de Jesucristo a nuestras vidas, esto es lo que conmemoramos y celebramos con mucho regocijo todos los días de nuestras vidas y lo hacemos en comunión con nuestro entorno social en esas fechas tan importantes.

Amiga, amigo, que este sea un tiempo propicio para recibir a Jesús en su corazón, para que el Verbo se haga carne en usted. Invítelo a entrar y morar en su corazón. Dígale allí en la intimidad de su alma: Jesús, lo acepto como mi Señor y Salvador, creo que Usted es el Hijo de Dios, que se hizo hombre, que murió para sanarme y liberarme y resucitó mostrándome el camino a la vida eterna.

 

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