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La historia de la antigua estación de tren de Jinotepe está vinculada a la aparición del cultivo del café en Carazo, que trajo consigo la ampliación de la vía ferroviaria en tiempos de la administración liberal del presidente José Santos Zelaya.

Fue a mediados del siglo XIX —según los historiadores— que se sembró la primera planta de café en la finca La Ceiba, entre 1848 y 1856, sin saberse que este hecho suscitaría que Carazo se estableciera como uno de los principales productores de café del país y por consiguiente ocasionaría la llegada del ferrocarril de Nicaragua a esta zona.

Desde la época de los conservadores

El poeta Noel Ernesto Zúniga recuerda haber llegado a la estación más de una vez a esperar a su padre que venía de Managua; recuerda también que a esta estación los chavalos venían a jugar en momentos en que no había trenes.

Según Zúniga, el ferrocarril del Pacífico de Nicaragua ya funcionaba para la época en que Jinotepe fue elevada a ciudad, es decir en 1883, antes del gobierno de José Santos Zelaya. “El tren nació en la República Conservadora de los 30 años, pero fue Zelaya el que lo extendió a más lugares del país”, asegura el poeta Zúniga.

El presidente Zelaya, según datos históricos, empezó a gobernar diez años después de que Jinotepe fuera elevada al rango de ciudad, en 1893, y fue él quien decretó que se extendiera la vía ferroviaria, instaurando un ramal que cubría los municipios de San Marcos, Jinotepe y Diriamba, en Carazo.

Para entonces, aclara Zúniga, la vía férrea salía de Chinandega hacia Managua, Masaya y Granada; pero después se derivó de Masaya un ramal importante que pasaba por los Pueblos Blancos, Catarina, Niquinohomo, Masatepe y luego en Carazo por San Marcos, Jinotepe y terminaba en Diriamba.

Café sustenta vida económica y social en Carazo

Zúniga recuerda que la estación era un punto de socialización en donde se encontraban los amigos, podían tomar un café y conversar mientras se esperaba al viajero o se despedía al que se iba.

“Cuando yo era muchacho la estación era un lugar en donde hacer vida social, recibir al que venía y despedir al que se iba; aunque ya había una carretera, el tren era un medio más barato para sacar los productos de agroexportación, principalmente el café. El café era la vida económica de Carazo. Jinotepe, Diriamba y San Marcos eran productores del grano de oro que aportaban divisas al país y traían, a través del comercio internacional, las importaciones. Se exportaba café y se importaba otro tipo de bienes para la vida económica del país”.

Agrega que, aunque el tren después fue desplazado por la construcción de la carretera, que trajo la aparición de otros medios de transporte, prevaleció por muchos años como un medio propicio para viajar. En aquella época el galón de combustible costaba dos córdobas y noventa y siete centavos, el pasaje a Managua en tren valía dos córdobas con cincuenta centavos y si el viajero prefería ir en un taxi le cobraban cuatro córdobas.

Darío en Jinotepe

Siendo el ferrocarril de Nicaragua el principal medio de transporte de la época, se supone que por la estación de tren de Jinotepe transitó también gente muy importante, entre estos presidentes, políticos y personajes vinculados al gobierno.

Se conoce que el poeta nicaragüense Rubén Darío fue uno de estos viajeros que llegó a Jinotepe en el tren. Según se recuerda, la llegada del poeta se dio a conocer oficialmente, lo que propició que la gente corriera y se aglomerara en la estación esperando su llegada. Aunque no se conocen más detalles del propósito de la visita de Darío, la verdad es que la antigua estación recibió al poeta en las brumas del Jinotepe de antaño rodeado de fincas que albergaban los plantíos de café.

“Por referencia (de lo) que he leído, yo sé que aquí estuvo la visita del ilustre príncipe del verso y señor de la poesía Rubén Darío; me imagino que, como él, habrán desfilado otros en visitas oficiales, presidentes de la república, José Santos Zelaya, el mismo (Anastasio) Somoza… aunque era muy novelero Tacho, me imagino que alguna vez vino en ferrocarril, aunque ya existía la Panamericana”.

El poeta Zúniga concluye que el café, el ferrocarril y la estación fueron indudablemente una base en el desarrollo socioeconómico y del transporte de esta “república de pájaros, patria nuestra, tan querida y bien amada Nicaragua… tan violetamente dulce”.

Un leonés que se vino con el tren

Julio César Vega Poveda vino desde León hace más de treinta años en busca de trabajo y encontrando oportunidad de laborar en el ferrocarril se instaló en Jinotepe, en donde también encontraría a la mujer con la cual procreó su familia. “Vine con el tren y me hice de una señora; ahora tengo 36 años de estar con ella”, asegura nostálgico.

Vega recuerda que comenzó a trabajar en el tren a los veinte años en 1956. Su labor consistía en “pegar carros”; más tarde se desempeñó como ayudante del cobrador.

Las estaciones de Diriamba —de donde salía el recorrido del ferrocarril— Jinotepe y Niquinohomo eran las más concurridas. El tren salía a las cuatro y media hacia Masaya, el pasaje valía dos córdobas y viajaba mucha gente, de tal manera que al llegar el tren a Niquinohomo se llenaban los vagones hasta no alcanzar más pasajeros.

Según el testimonio de Vega, en la estación de Jinotepe no había mucho personal, a lo máximo tres trabajadores, pero la labor vinculada al traslado de café y servicio de transporte de pasajeros era bastante intensa. Recuerda que el traslado del café se hacía aparte del servicio de transporte a pasajeros; los cargadores iniciaban la faena cayendo la tarde en el beneficio La Castellana, ubicado propiamente frente a la estación, y salían en el tren con la carga a la misma hora del día siguiente. “Me recuerdo mucho del ferrocarril, mi trabajo era día y noche y solo descansaba dos días”.

Vega Poveda desde entonces vive en la periferia de la antigua estación, en donde ocupó desde su llegada a Jinotepe una de las piezas de lo que fuera una de las bodegas del ferrocarril. Asegura que a la fecha no queda vivo ninguno de sus compañeros de trabajo. “Solo yo he quedado, porque todos han muerto”.

 

La Castellana y la estación

Para Mariano Madrigal, sociólogo de profesión y vicealcalde de Jinotepe, la estación del ferrocarril era un punto muy importante en la vida del municipio. “La estación y el mismo tren son fruto de un sistema económico que se fortalecía basado en la producción cafetalera”, indica.

La estación de Jinotepe era una de las más pequeñas en comparación con las de Diriamba y San Marcos; esto, según Madrigal, se puede explicar por la presencia de La Castellana, ubicada propiamente frente a la estación, sitio que servía de bodega y en donde según lo referido también por don Julio César Vega se cargaba el café.

En La Castellana, uno de los tantos beneficios de café en donde se procesaba el grano de oro, vivió don Nicasio Martínez, ciudadano de origen español, benefactor de Jinotepe que contribuyó mucho al desarrollo del municipio. “Es por eso el nombre de La Castellana”, asegura.

Madrigal señala que Porfirio Blas refería que de chavalo, jugando en la estación de tren en compañía de sus amigos, ponía el oído sobre los rieles para adivinar si el tren se aproximaba. Los chavalos también llegaban a vender tortilla dulce, perrerreque, entre otros productos que las manos laboriosas de las mujeres preparaban para el sostén de la familia; pero cuando no llegaba el tren los pequeños vendedores ponían el canasto, se sacaban el trompo o las chibolas de la bolsa del pantalón y se ponían a jugar.

La estación era también un centro de encuentro para los enamorados. “Las parejas de enamorados caminaban por la tarde y al anochecer, y susurraban al oído aquellos secretos de amor, (de tal manera) que solo el viento podía enterarse de lo que decían”.

 

Con el tren se fue nuestra identidad

Madrigal señala que con la desaparición del tren se perdieron muchos de los valores de los jinotepinos. Con el tren se fue parte de la cultura, la identidad y los sueños de una época. En 1990 la locomotora encendió, pegó todos sus vagones y entró en un oscuro túnel del cual nunca volvió a salir —asegura Madrigal—; sin embargo, hoy la antigua estación ferroviaria luce como la novia bonita que vuelve a aderezarse a la espera del viajero que un día se fue.