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El campo lo ha atrapado durante toda su vida, a pesar de que no ha sido reacio a la seducción citadina. Nacido en Diriá, Granada, el lingüista y escritor nicaragüense Carlos Alemán Ocampo afirma que es de origen mangue y ciudadano de la Meseta de los Pueblos.

Su infancia transcurrió en la finca de su mamá, de quien dice heredó todo lo relacionado con caballos, sin embargo, en medio de aperos y de espuelas, descubrió la magia de la literatura gracias a su padre, un buen orador, en cuyas piernas se sentaba para que le declamara poemas.

“Él era buen orador, declamaba poemas de Rubén Darío, y desde entonces me aprendí La cabeza del Rabí y El negro Alí, una historia que me fascinaba porque lo imaginaba corriendo por el desierto. Todas las tardes, mi papá, durante la caída del sol en el apacible Diriá me recitaba”, señala.

Estudió Economía

Su afición por contar cosas lo llevó tempranamente a escribir cuentos que publicaba en revistas estudiantiles, sin embargo, para sorpresa de quienes lo conocían, y quizá para él mismo, al bachillerarse decidió viajar a México a estudiar Economía.

“Economía fue mi primera carrera, casi la terminé, pero me di cuenta de que me interesaba la literatura, y me vine de México a estudiar letras en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Ahí tuve dos grandes maestros: Julián Corrales y Guillermo Rothschuh Tablada”, aseveró.

La fascinación por la palabra, por la forma de decirla y por ubicarla en una frase es lo que considera lo trajo desde México, pues reconoce que “siempre iba tras la búsqueda estética del uso de la palabra en la narrativa”.

Alemán Ocampo reconoce como sus grandes maestros a Pablo Antonio Cuadra, a José Coronel Urtecho y a Juan Rulfo con su Pedro Páramo, libro con el que señala que aprendió la economía del uso de las figuras y las imágenes literarias, porque todo en él tiene un significado, hasta los nombres de los personajes que no son puestos al azar.

“Pablo Antonio Cuadra me enseñó a elevar el habla nicaragüense a nivel literario, porque había que embellecer a partir de lo nuestro”, advirtió.

Al regresar de México, Alemán Ocampo empezó a publicar en La Prensa Literaria, y fue acogido con mucho cariño por Pablo Antonio Cuadra (PAC). Mientras estudiaba letras trabajaba en publicidad, y PAC lo recomendó al maestro Rodrigo Peñalba para que trabajara con él en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Trabajó con el maestro Peñalba

“A mí me encantó la idea de trabajar con Peñalba como su asistente, pero él decía que yo era el subdirector. En parte siento que gracias a esto contribuí a que se diera la unidad entre escritores y pintores, porque organizábamos recitales en la escuela, y, en realidad, Peñalba siempre consideró que un pintor debía ser intelectual”, recuerda.

Asimismo, dice que ahí empezó a hacer crítica de arte, pero asegura que era difícil “porque no se podía tener contentos a todos los pintores, y algunos se enojaban hasta por los elogios que les pudiese hacer”.

“Aprendí a apreciar la pintura y la grandeza de la luz, el color y el claroscuro, así como el poder sensorial de la pintura y las capacidades estéticas de un buen pintor, sin dejar a un lado las posibilidades expresivas del ser humano a través del color”, resaltó.

Su idilio artístico terminó abruptamente cuando cayó preso por involucrarse en política en la lucha contra la dictadura, el 19 de septiembre de 1970. Este infortunio lo vio como la oportunidad de conocer los sótanos de la presidencial, donde permaneció encapuchado más de 10 días.

Un estudiante osado

Después de esos incidentes empezó a impartir clases en la Universidad Nacional Autónoma, y posterior al terremoto de Managua, en 1972, se fue a río Coco.

Su vida cambió por completo cuando Pablo Antonio Cuadra le facilitó viajar a España, donde estudió el curso superior de Filología Románica, un curso de metodología de investigación del Español, y finalmente sus estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid.

“PAC me consiguió el viaje a España, y allá el profesor Manuel Alvar, a quien conocía por sus libros sobre dialectología, fue mi ángel. Sin que me conociera me senté a esperarlo tres horas, y cuando salió de su oficina le dije: ‘doctor Alvar, vengo desde Nicaragua porque quiero estudiar con usted’. Él llamó a su secretaria y le dijo que me tomara los datos para ir a Málaga. Estudié gracias a él, y aprendí como nunca me imaginé que iba a aprender”, manifiesta.

Quehacer literario

Su primer libro se publicó en 1972, era una novela corta llamada “En esos días”, la cual se desarrolla en el ambiente bohemio e intelectual de Managua.

Cabe destacar que casi toda la edición se destruyó con el terremoto, en la Editorial Nicaragüense, de Mario Cajina Vega.

Ha ganado dos premios importantes a nivel nacional: Premio Nacional Rubén Darío, con la novela Vida y amores de Alonso Palomino, calificada como la principal novela entre la picaresca nicaragüense. Y en 2010 obtuvo el Premio Nacional de Cuentos del Banco Central de Nicaragua, con “Cuentos Nuevos”.

“Soy la primera persona que comienza a tratar el tema urbano en Managua sin grandes protagonistas, sino con la vida común y corriente en los barrios”, afirma.

Actualmente desea publicar sus libros inéditos: Las lenguas de Nicaragua, que incluye las lenguas indígenas y el español, y una transcripción de los manuscritos del coronel Roberto Hodgson, que es prácticamente la historia de Nicaragua en el siglo XVIII, contada por este superintendente inglés asignado a la Costa de los Mosquitos.

Su pasión por investigar lo llevó a que cuando estuvo en río Coco se fuera a las comunidades para conocer las lenguas y las diferencias entre una región y otra.

“Con los mayangnas estuve en varios lugares donde obtuve grabaciones, y empecé a establecer las diferencias entre uno y otro. Hallé diferencias estructurales entre unas comunidades y otras, así me di cuenta de que no era una lengua llamada sumu como había oído decir, sino que se trataba de tres lenguas cercanas pero con estructura diferencial: el panamaka, el twahka y el ulwa”, asevera Alemán Ocampo.

Según él, esta fue la primera vez que se estableció esa distribución, y muchos estudiosos reaccionaron mal porque decían que él estaba inventando eso, “pero yo sabía lo que estaba haciendo, además, me basé en estudios históricos que me daban la razón”.

“Al final comprobé mi propuesta, y la realidad se supo cuando llevaron las cartillas de alfabetización, las que no coincidían en todas las comunidades, y luego vinieron otros lingüistas extranjeros y a ellos les dieron preponderancia por ser foráneos”, puntualizó.

Asimismo, afirma que pudo establecer que el sumu no tiene parentela con ninguna lengua sudamericana, mientras que el rama sí tiene nexos con las lenguas del sur y del Caribe.

“La otra lengua que se habla en Nicaragua es el garífuna, y está en proceso acelerado de extinción, lo que no sucede ni en Honduras ni en Belice, donde está bien arraigada con un número de hablantes significativo. Curiosamente, esta lengua proviene de los indígenas Caribe de la zona del Orinoco de Venezuela, que son los que poblaron la isla de San Vicente, y los africanos que llegaron adoptaron esa lengua indígena con mucha influencia del francés”, afirmó.

El rama es una lengua en grave peligro de extinción, pero se habla con fuerza el rama creole que es el que lleva influencia del inglés creole de Bluefields.

Escritor de narrativa, lingüista, estudioso de las tradiciones y costumbres, hombre de compromiso con sus ideales, amante de la agricultura, soñador y enamorado de la mujer, así se define Alemán Ocampo, quien recuerda que su padre lo trajo a Managua a la X Serie Mundial de Beisbol, y solo conserva la imagen fugaz de un alboroto de gente que lo espantó, porque en su mente pueril no lograba imaginar que existieran tantas personas en el mundo.