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Cali

Para no enloquecer en la selva, pues mucho tiempo tuvo prohibido hablar con sus carceleros, Óscar Tulio Lizcano, el rehén político que escapó de las FARC de la mano de un guerrillero, clavó tres palos en el suelo, les puso nombre y les dio clases. Les hablaba de lo que más sabe: de política, literatura y economía, de su profesión. Esta historia, es la que más ha conmovido a su hijo, el congresista Mauricio Lizcano.

La contó en la clínica Valle del Lili de Cali, donde ambos lloraron al abrazarse el domingo después de ocho años largos sin verse, el tiempo que duró su cautiverio. El parte médico habla de desnutrición, deshidratación y leptospirosis: una enfermedad grave, que se transmite por contacto con la orina de animales infectados con esta bacteria.

El paciente Lizcano tiene controladas las visitas, pero ha contado por teléfono a radio Caracol retazos de su drama. “Después de tanta humillación”, relata, “he vuelto a sentirme humano”. Habla con voz lenta, muy cansada. “Viejo, usted se va a morir”, le dijo hace una semana el guerrillero apodado Isaza. “Lo voy a sacar de aquí”, de dijo este hombre de 28 años que estaba al mando de sus carceleros. Lizcano no le creyó, pero sabía que era la única opción que tenía. La situación creada por el asedio militar a la zona era cada día más desesperante. Oían pasar los aviones sobre sus cabezas mientras se aguantaban el hambre porque el Ejército había taponado los caminos.

El pasado miércoles por la noche se le acercó Isaza con la disculpa de jugar al ajedrez. “Hoy es la oportunidad de salvarse; por la noche lo recojo. ¡Nos vamos!”. A las nueve --“era una noche muy oscura”-- fue a buscarle. Lizcano no lo pensó dos veces. “O me moría o me salvaba”, recordaba ayer. Caminaron con sigilo, sin dejar huellas. Sin romper ni una rama para no despertar a los demás guerrilleros. Isaza conocía, como la palma de la mano, ese retazo de selva en el Chocó, un departamento al occidente del país, una zona llena de ríos caudalosos, muy húmeda.


En la noche, entre fango y peligro
'Me cogía de la mano, me llevaba remolcado'. Pero Lizcano, con fiebre y con los pies hinchados por la flebitis tropezaba, se caía, se le enterraban las botas en los fangales. En un momento sintió que no podía más. 'Sálvese usted; no soy capaz de responderle', le dijo a su carcelero-salvador. Isaza, que perdió uno de sus ojos, hace cinco años, en combate, le dio ánimos, moral... lo ayudó a levantarse, le habló de volver a ver a la familia. Sabía muy bien hacia donde se encaminaban, 'ya vamos a coronar', le decía.

Avanzaban de noche, de día se escondían para evitar el contacto con habitantes de la zona que pudieran ser informantes. Sabía que al menos 40 guerrilleros venían detrás de ellos, siguiéndoles los pasos; comían cogollos de palmas.


Creyeron que estaba borracho
El domingo, muy temprano, vieron al otro lado de un río caudaloso... un puesto militar, uno de los muchos colocados en los últimos meses para cercar la zona. 'La orden era cercar no ahorcar', aclaró el comandante del Ejército Mario Montoya. --'¡Ejército!, ¡ejército!', grito Lizcano; necesitaban una canoa para cruzar. No le hicieron caso; 'pensaron que era un borracho'.

Le dijo entonces a Isaza: 'Muestre su fusil' --el guerrillero también llevaba una granada--, Isaza lo alzó, Lizcano gritó su nombre, los soldados reaccionaron --algunos se tiraron al río--, los auxiliaron. Más tarde llegó el general Montoya en el helicóptero que lo trajo, pasado el medio día, a esta ciudad, por decisión del presidente Álvaro Uribe. A Isaza le espera una millonaria recompensa, la posibilidad de refugio en Francia con su compañera --también guerrillera-- que se escapó hace cuatro meses del campamento.


Comió mico y oso hormiguero
Mauricio contó a EL PAÍS más detalles de la odisea que vivió su padre: 'La noche que se escaparon rezó tres rosarios; el domingo al amanecer rezó el último completo'. Asegura que está lúcido, que repite una y otra vez las mismas historias: que comió mico, oso hormiguero, que en una oportunidad pasó un mes entero sólo a punta de agua y sal. Por eso, ahora afirma que se dedicará a luchar contra el hambre.

Para Mauricio, una de las imágenes que jamás podrá olvidar es la de su padre frente al primer plato de comida que le sirvieron, en la clínica, en libertad: pollo, arroz, verduras... Su gesto en ese momento lo ha impresionado más que el impacto de verlo por primera vez, tan delgado, tan sin fuerzas, tan distinto al papá que vio por última vez cuando tenía 24 años; hoy tiene 32.

Lizcano perdió más de 20 kilos. Tiene las manos llenas de espinas, ayer continuaron los chequeos médicos, aunque tuvo ánimos para asistir a una reunión en la brigada militar. Desde el primer momento, en sus charlas, ha sacado a relucir citas de autores famosos. Los libros y la radio fueron su refugio. Un comandante, 'muy actualizado' autodidacta, leía mucho y le pasaba los libros que iba terminando: Margaret Yourcenar, Nelson Mandela, Homero. 'La poesía me alimentó', ha confesado. La leía, la escribía…
Le duele haber dejado allá tirados en la selva, 20 poemas que le escribió a su 'balserita', su esposa Martha. Durante estos ocho años, la vio como la balsera que lo mantuvo a flote en su barca que hacía agua. Estuvo muy enfermo, ocho veces le dio paludismo, en una de ellas se le paralizó medio cuerpo. Él era su propio médico; también de sus carceleros cuando le permitían opinar. Con ayuda de un Vademécum decidía, entre los pocos medicamentos que a veces llegaban, cuál podría servir para cada mal.

Las condiciones de cautiverio no fueron siempre iguales. Los primeros tiempos --se lo llevaron en agosto de 2000-- permanecía seis, ocho meses en el mismo campamento. Con la llegada de Uribe al poder sintió el cambio: empezó el acoso militar, debían moverse permanentemente. 'A veces me sentía impotente para seguir marchando, para pasar ríos, bajar precipicios muchas veces ayudado con sogas...'. Sólo una vez lo tuvieron encadenado: fue hace años, en septiembre de 2001, cuando en un intento de rescate militar murió otra canjeable: la ex ministra de cultura Consuelo Araujo. 'Yo tenía diarrea, se lo dije al comandante que dio la orden. 'No importa --le contestó--, yo vengo y le abro el candado'. La situación fue tan humillante que se le quitó el mal de estómago.


Fusilan a guerrillero de 17 años
A comienzos del año, otro guerrillero le ofreció ayuda para fugarse. En una noche lluviosa se acercó, le jaló la mano, le dijo: ' Póngase las botas, ¡nos vamos!' A Lizcano, por su estado, le dio miedo intentarlo. 'Sentí pánico. No estaba preparado'. El insurgente se fue solo, lo descubrieron y lo fusilaron; tenía apenas 17 años. 'Los guerrilleros --cuenta el recién liberado-- se la pasan limpiando sus armas...' Cree que ingresan a la organización porque la pobreza, la desigualdad, los empuja a 'asumir esa causa'. No se atreve a decir si, como lo piensa el Ejército, la presión militar obligará a los que siguen allá en el frente que lo vigiló tantos años, a desertar. 'Ellos mantenían su moral; es difícil pulsar sus sentimientos, el frente está vivo, tienen buenas armas'.

Óscar Tulio Lizcano no es el primero que se escapa de las FARC; pero es el primero en hacerlo de la mano de su carcelero. El ex canciller Fernando Araujo lo logró a comienzos del año pasado. Poco después repitió la hazaña el intendente de policía John Pinchao; duró vagando 15 días por la selva, antes de encontrar quién lo ayudara. Aún quedan 25 canjeables viviendo la pesadilla; por ellos caminará Lizcano el próximo 28 de noviembre, por ellos seguirá exigiendo un acuerdo humanitario. Un rescate militar, dice, 'es una locura’.