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Rigoberto se aferró a la vida colgado de una cadena de oro. Pensó, cuando tenía el fango al pecho y las piernas aprisionadas entre el lodo, que aquel pedazo de metal dorado lo sacaría del dolor y de la muerte que veía y oía a su alrededor. Pensó mal.

Por mucho que ofreció el cordón, por mucho que imploró que lo sacaran de ahí a cambio del oro, no lo logró, y tuvo que recurrir a otros medios de supervivencia: la solidaridad y la compasión.

Su historia de superación comienza la mañana del propio 30 de octubre de 1998. Habitaba en la comunidad El Porvenir, al pie del volcán Casita, con su padre, unos hermanos, sobrinos, cuñados y primos.

Eran cerca de las once de la mañana y él caminaba rumbo a la parcela donde tenían cinco manzanas de siembro a ver qué rescataban después de ocho o diez días de lluvia que habían anegado todo.


El retumbo del cataclismo
Caminaba rumbo al campo cuando oyó un sonido extraño, como retumbo, un temblor de sueño y un intenso ruido como de motores de avión o helicóptero. Giró hacia todos lados para ver de dónde venía el ruido, y al alzar la vista a lo lejos, hacia el cerro, alcanzó a ver como una explosión en la loma del volcán, “como si un dique se hubiera reventado ante un río crecido”.

Se quedó congelado a medio camino, viendo a todos lados, y siguió unos pesos hacia arriba, siempre buscando el campo, pero algo en el interior le dijo que mejor regresara. No intuyó solo. Mucha gente empezó a salir de sus casas corriendo rumbo a cualquier lugar alto, llevaban a los niños cargando y algunos jóvenes fuertes cargaban a ancianos y mujeres embarazadas.

“Cogían para todos lados, para abajo buscando la cañada, y de pronto todo temblaba más, y cuando miré, un tumbo gigante de lodo negro se pasó llevando la mitad de las casas cerca de donde yo vivía”, recuerda Rigoberto, sentado en una silla de ruedas en su casa de León, porque ya se verá más tarde, que el alud se le llevó algo más que a sus parientes.

“Yo corrí duro para mi casa a buscar cómo sacar a mi gente, pero los miré cuando ya iban saliendo y en eso una corriente se los llevó y me cerró el paso a mí y a un poco gente que venía corriendo”, relata sereno Rigoberto.

Dice que se regresó sobre un cerco, saltó a un patio rumbo a una loma que él sabía que estaba ahí cerca, y miró como a Juan Moreno, un amigo suyo de infancia, que ahora corría cargando a un bebé en brazos y a una niña en la espalda y otra más grandecita corriendo tras él, lo levantó una corriente, lo envolvió y se lo tragó junto a otro montón de gente, y entonces miró cómo un brazo de la misma corriente se abrió pasó en un cauce, saltó y salpicó como ola de mar sobre un recodo y se dirigió enorme y atroz sobre él.


La tierra que zumbaba
“Yo me congelé cuando vi que a Juan Moreno se lo tragó la corriente con el niño de ocho meses de nacido, yo me miré solo en un claro, cerca de un palo de guanacaste, cuando en eso siento temblar la tierra que zumbaba y cuando miré venía encima de mí, y solo cerré los ojos, respiré profundo y me puse detrás del palo, y es verdad eso que dicen, que la vida es como un suspiro, porque después que respiré profundo sentí un golpe y todo se me puso negro”.

Rigoberto Beltrán Alaniz tenía entonces de 24 años; era un veloz jugador de béisbol, agricultor de oficio, estaba juntado con Gladis María Canales y era el padre de Fresia Beltrán, de tres años.

Cuando despertó era ya casi entrada la noche. Al inicio no sentía nada. No asimilaba la realidad y estaba desconcertado. “Miraba a todos lados y no sabía qué ocurría, hasta que el dolor me empezó a subir de las piernas y me desperté gritando”, recuerda.

Todavía llovía mucho. Miraba alrededor y no reconocía aquel ambiente de lodo y de muerte, donde todo estaba del color de la tierra mojada, y era una planicie donde apenas reconocía árboles caídos y algunas patas de animales saliendo del lodo.

Se quiso mover, y las piernas no le respondieron. A cambió lo atenazó el dolor. Estaba enterrado hasta casi el cuello, sacó las manos y vio que estaban intactas. Entonces empezó a tratar de salir jalando unas ramas, pero el cuerpo le dolía y la fuerza no le llegaba.


Soy Rigo, sálvenme…
“Entonces empecé a pedir ayuda. Soy Rigo, gritaba, pero nadie me respondía. En realidad no oía nada, estaba como sordo con el lodo metido en la nariz, en la boca, en la oreja…
“Antes que la noche llegara por completo, vio pasar a lo lejos a Alonso Hurtado. “Iba renqueando, casi de arrastras, llegó con sus dos niñas y los dos niños, todos morados y casi muertos como ahogados los chavalitos y las niñas. Él andaba todo desbaratado, andaba sangrando de las costillas y la cabeza”.

“Él me dijo que no me preocupara, que pronto iba a regresar por ayuda, que por favor le cuidara a las niñitas y que él bajaría por ayuda a sacarme y llevarse a sus niñas. Ya no volvió el pobre”. Poco a poco, conforme iba tomando conciencia de la tragedia, y mientras el dolor aumentaba junto a las ganas de salir de ahí, fue recuperando el audio y lo que oyó, lo aterró más.

“Las chavalitas de Alonso lloraban y una de ellas le decía: papito, no me dejés, y él les dijo: ‘Amor, ya regreso por ustedes, voy a sacar a sus hermanitos y a buscar a tu mamita’”, recuerda.


Lamentos de muerte
Alonso no regresó. El dolor de los huesos rotos se impuso y ya no pudo caminar de regreso. Rigoberto oyó por muchas horas llorar a las niñas hasta que guardaron silencio para siempre. Murieron de frío, hambre y dolor.

“Ese hombre andaba desbaratado, dejó a dos niñas a mi cuido, mirámelas, me dijo; unas personas que pasaban de largo y me veían, me decían vamos a regresar por vos, y miré como sacaban a otra gente; Ramón Sandoval estaba herido por ahí cerca, estuvo hablando conmigo el mismo día del deslave, estaba reventado y hablaba conmigo y me decía que resistiéramos, al final cuando yo logré salir, él estaba muerto, no aguantó”, recuerda.

“Yo ya estaba por morir y dejé de oír a las niñas, un ternero que estaba cerca de mí berreaba como persona, y así estuvo hasta que al día siguiente se murió, porque dejó de llorar. Ahí Alonso me dijo que ahí andaba Juan Moreno buscando a su madre, a su familia, que lo llamara”.

Y Juan Moreno acudió al llamado. Llegó arrastrado donde Rigoberto gritaba. “Iba de rama en rama sobre los árboles caídos, porque el lodo no permitía dar un paso, se podía hundir uno, había casas completas que estaban debajo del lodo y mucha gente se ahogó tratando de salir”.

Mi vida por una cadena
“Ahí cuando Juan llegó, yo le dije: ‘Hermanito, sacame de aquí, te voy a dar la cadena, sacame no me dejés morir’. Y Juan andaba desbaratada una rodilla, pero andaba buscando a su gente, y me dijo: ¡No seas loco, hermanito, guardate eso, te voy a ayudar!’”

Quiso jalarlo, pero no pudo moverlo, y Rigo gritaba del dolor. Juan casi se sumergió en el lodo para desprensarlo, pero palpó dos grandes troncos de madera y le dijo que estaba prensado.

“Mirá, guardá esa cadena, voy a bajar a pedir ayuda, no te vas a morir, te lo juro por Dios hermano”, le dijo, y a como pudo, le colocó un techo de ramas y hojas con una lámina de zinc para que no se siguiera mojando, y le dejó unas ramas de limón dulce cerca por si le daba hambre. Le dijo que iría a buscar un hacha y un mecate, y que regresaría. Entonces, Rigoberto ignoraba que 12 miembros de la familia de Juan Moreno estaban desaparecidos, y apenas tres de ellos saldrían vivos de ahí.

“Juan tuvo la gran voluntad de hermano de ayudarme, venía sobre los árboles, arrastrado, con la rodilla partida, y yo todavía le digo: ‘Juan, si logro sacar unos animales te los doy también, pero sacame’. ‘No hombré, calmate hermanito, no me ofrezcás nada, yo te voy a sacar, sólo dame tiempito’. El hombre lo intentó, echó toda su fuerza para sacarme, yo aún con dolor quise zafarme, pero qué va, estaba quebrado todito de abajo…”, narra Rigoberto, quien horas después perdió el conocimiento y ya no lo recuperó hasta la tarde del lunes primero de noviembre, cuando sintió que lo estaban rescatando los militares y las brigadas de voluntarios.

Lo llevaron al Hospital “Lenín Fonseca” donde lo atendieron de urgencia; luego una brigada de voluntarios médicos de Estados Unidos y personal nicaragüense de un organismo no gubernamental lo llevaron a Nueva Orleáns, donde lo operaron y le pusieron prótesis.


El oro que volvió
A su regreso de Estados Unidos, en marzo de 1999, un amigo que le ayudó a salir del lodo, le mandó la cadena que Rigoberto ofreció para que lo rescataran. La guardó por varios meses hasta que lo volvió a ver.

Juan Moreno aún vive en Posoltega, está sin empleo y guarda las cicatrices de su rodilla destrozada. Parte de la historia se reconstruyó con sus recuerdos, y no olvida la desesperación de Rigoberto ofreciendo una cadena por su vida.

Rigoberto, ahora de 34 años, guarda aún el cordón de oro. Vive en León, administra junto a su esposa y su hija, ambas supervivientes del alud, una pequeña pulpería.

Al lugar donde vivió ha regresado dos veces, estaba invitado a ir este décimo aniversario, pero viajará a Nueva Orleáns a revisarse las prótesis, que se han dañado, ya no le sirven; cuando lo llevaron a Posoltega, hace cinco años, lloró como aquellos primeros días cuando supo que nunca, nunca más, volvería a caminar.