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San Dionisio, entre la religiosidad, el licor y la pobreza

Cuenta la historia que San Dionisio fue un obispo condenado a morir decapitado. Tras ser degollado, caminó varios metros –algunos dicen que kilómetros- con su cabeza en la mano. Al poco tiempo se rindió y murió. En la comarca nicaragüense Monte Verde, municipio de San Dionisio, la gente camina igual de desorientada que el fallecido santo, a quien celebran cada nueve de octubre.

Tienen hambre y no hay qué comer. Tienen sed pero no hay agua. Tienen tierras pero no pueden cultivarlas, no hay con qué. Ahí la palabra pobreza va junto a otra que la hace peor: extrema.

La comarca, ubicada en las alturas de San Dionisio, está pintada en rosado fucsia en el mapa de pobreza de Nicaragua. El color indica que en esa zona hay pobreza extrema, que es lo mismo que decir que tienen dos o más necesidades básicas descubiertas.

Hasta hace poco Monte Verde era tierra de nadie. Una banda de asaltantes operaba en los caminos que llevan a ese poblado, que tiene poco menos de ochocientos habitantes. Hay quienes se atreven a contar historias más aterradoras. “Allí una vez un hombre le comió el lomo a otro”, “y a una mujer, el hombre la mutiló, le cortó los senos”, “las mujeres llegan a tener doce hijos y nunca bajan a la ciudad”.

San Dionisio se encuentra a 166 kilómetros al norte de Managua, tiene diecinueve comarcas, cinco barrios, una extensión de 112 kilómetros cuadrados y 25,932 habitantes. En el Mapa de Pobreza del Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide) está situado en la categoría de pobreza extrema, acompañado de San Ramón, El Almendro, Ciudad Antigua, El Cuá, Rancho Grande, San Nicolás y las Regiones Autónomas, entre otros municipios.

Delincuencia

Sin embargo, en ese concurso ingrato de las comarcas más pobres en municipios como San Dionisio, Monte Verde gana pues la incidencia de la pobreza extrema es de 86.8%. “Por las características, porque es montañosa, Monte Verde es refugio de delincuentes, hay lugares que propician el refugio de delincuentes”, comenta el párroco de San Dionisio, Juan Francisco Zeledón, para graficar una de las caras de esa pobreza.

El año pasado la Policía Nacional encontró más de trescientas plantas de marihuana, reflejo del otro problema que aqueja a este municipio: el alto consumo de drogas.

Las cifras del Juzgado Único Local de San Dionisio revelan que pocas personas denuncian los delitos. Los principales casos que se registran tienen que ver con demandas de pensión alimenticia. En lo que va de 2014 se han presentado once casos. La cifra ha disminuido, en 2013 se registraron cuarenta y nueve y en 2012 setenta y siete. En lo penal se ven faltas y agresiones, pero la cantidad es menor.

El Zarzal: autoconsumo

Para llegar a El Zarzal se precisa de hora y media de camino. Esta comarca de San Dionisio que cuenta apenas con 68 hogares, también está pintada de rosado fucsia. La incidencia de la pobreza extrema es de 70.1%. La gente cultiva arroz, frijoles y sorgo millón para autoconsumo. En junio y julio la situación se agrava, pues usualmente en esa época ya no tienen granos básicos para comer. En esos meses muchos emigran a Costa Rica en busca de trabajo.

María Ramos es una muestra de la grave situación que atraviesan los pobladores de esta comarca. En enero fue operada de apendicitis y hoy aún sufre las secuelas de la recuperación en su modesta casa, la que comparte con su hijo, un chavalo de veintiocho años que aparenta cuarenta. Les acompañan cinco gallinas y “La Cubana”, una perra que deja ver sus costillas y no tiene ánimos ni para ladrar. En las afueras de la vivienda, sin piso, de tablas y con dos bancas rústicas, se encuentran dos hermosos chanchos. Adentro se cuela el sol y hay un fogón donde se cuecen los frijoles.

Ramos tiene pocas energías para hablar. Es la mayor de doce hermanos y hace dos años, aquejada por los gastos y el hambre, le pidió a su madre que le prestara unas manzanas de tierras para cultivarlas. “Hay gente que está peor porque debe alquilar la tierra y se va mitad y mitad de las ganancias con el dueño”, cuenta ella.

Ese es el caso de Francisco Espinoza, quien ya casi no tiene comida en su casa y ha salido a trabajar con un productor de chiltomas. En la vivienda que comparte con sus padres no hay agua ni luz. Camina a una quebrada y a unos pozos para buscar el líquido y se alumbra con unos candiles.

Sus cálculos no salieron tan bien, cosechó quince quintales de frijoles en el invierno pasado, unos pocos los vendió para obtener ganancias mínimas y los otros los dejó para autoconsumo. Es probable que la cantidad no ajuste para alimentar a los cuatro miembros de su familia. En junio llegará la hambruna.

La pesadilla: el licor

En la zona urbana de San Dionisio la calma solo es alterada por los ebrios. El principal problema en la ciudad es el consumo de licor. Hace dos años había trece cantinas que simulaban ser bares y restaurantes para abrir todo el día, hoy solo hay cuatro. Sin embargo bastan para provocar ruido. “La idea no es hacer santo a San Dionisio sino evitar la proliferación de todo este cantinal”, explica el jefe policial, subcomisionado Yurby Moreno, quien tiene a su cargo seis policías.

“La Joyita es lo que más piden y los domingos es muy concurrido porque vienen de las comunidades”, confiesa Joaquín Aráuz, dueño de una cantina que está ubicada esquina opuesta a la delegación policial.

Los domingos los campesinos bajan de las comarcas a tomar licor y muchos quedan tirados en el camino de regreso. Son, en boca de un trabajador del juzgado, una muchedumbre de tomadores. Un lunes camino a la comarca Los Limones es usual ver hasta a niños caídos a causa de la embriaguez, cuentan los pobladores. Esa situación solo ha cambiado en Susulí, que está sobre la carretera a Matagalpa, a cinco kilómetros de San Dionisio.

El pastor Benjamín Estulzer reunió firmas y las cuatro cantinas de este poblado de 1,794 habitantes desaparecieron. “En Susulí tampoco hay galleras, es territorio liberado de vicios”, cuenta el jefe policial.

El empleo es una moneda poco común en San Dionisio, en cuya entrada sobresale una rotonda diez veces más pequeña que las de Managua. Aquí no hay restaurante ni hotel alguno. La distracción es el licor y el billar.

Las montañas que le circundan sufren un proceso acelerado de desertificación y solo en la temporada de café hay trabajo, pero no en ese municipio. Sus pobladores deben viajar a Matagalpa o a Costa Rica. En enero cinco buses se estacionaron en el parque central. Eso fue como la panacea. Los buses se llenaron y se enrumbaron a San Carlos, a trabajar a los cultivos que ahí se encuentran.

Mientras termina el verano y los alimentos aún no escasean, los pobladores de San Dionisio esperan las festividades de San Isidro Labrador, una de las más alegres del pueblo y que se celebran a mediados de mayo. A este santo le han encomendado las cosechas que todavía no han cultivado.

Consumo de marihuana

Un problema reciente en San Dionisio es el consumo de marihuana. Hay niños que están siendo usados para trasladarla y que también están consumiéndola.

“La droga sale de Matagalpa y de Esquipulas, hemos hecho retenes para poder captar la droga, le hemos caído a unos expendios, les cayó (la Policía de) Matagalpa, ya cambiaron la modalidad de la venta, hasta niños están usando y sí nos está afectando ese problema”, reconoce el jefe de la Policía, subcomisionado Yurby Moreno.

Al producto que venden le llaman “combo”, es la marihuana hecha motete envuelta en una cajilla de cigarros.

“El año pasado quebré un plantillo en la zona de Monte Verde. La zona no es muy accesible porque es montañosa, hay montañas vírgenes y los campesinos lo saben. Ahorita con el gobierno municipal, la Policía y Juventud Sandinista estamos tratando ese tema”, agregó el jefe policial.

57.8 por ciento es la incidencia de la pobreza extrema en este municipio

80.3 por ciento de los suelos están subutilizados

57 es el índice de dependencia económica

 

Los cinco indicadores para determinar el nivel de pobreza son: vivienda inadecuada, hacinamiento, servicios insuficientes, baja educación y dependencia económica.