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Hacía una llamada telefónica en mi casa cuando nos sacudió el terremoto de 6.2 grados. El televisor y otros aparatos electrónicos “bailaban” sobre las mesas, amagando con irse al piso. Eran las 5:27 de la tarde, jueves 10 de abril. No supe en qué momento colgué el teléfono y corrí desesperada en busca de las llaves, solo pensé en salir a la calle.

Al dejar la casa todavía pude ver los vehículos mecerse, estaban parqueados junto a las aceras y por la fuerza del movimiento parecía que iban a chocar unos con otros. Fue un momento largo, después supe que el sismo había durado 45 segundos.

Con las manos aún temblorosas logré, desde mi teléfono, publicar en Facebook y Twitter que había ocurrido un temblor. Después pensé que hacer eso había sido una locura, pero lo hice, por costumbre, por instinto. No sé. Intenté llamar a mi mamá y no fue posible, las redes de telefonía celular estaban colapsadas.

Los vecinos, asustados en la calle, comentaban lo fuerte que había sido el temblor; la energía eléctrica falló y eso creó más temor. Todos pensamos en algo peor y buscamos con ansiedad los primeros reportes noticiosos en un pequeño radio de baterías que cargaba uno de los vecinos.

Nos encontrábamos en la urbanización Santa Eduviges, en Ciudad Sandino, un municipio bastante cercano al epicentro del terremoto, y después del primer sacudión vinieron otros sismos, de tres, cuatro y hasta cinco grados en la escala de Richter. Así pasamos hasta el amanecer de ayer viernes, expectantes, con los nervios en alza por la cadena interminable de movimientos terráqueos. ¿Alguien durmió bien? Lo dudo, al menos en mi zona nadie, aunque cerraban los ojos e inclinaban las cabezas sobre las sillas y mecedoras que sacaron a la calle, o se acostaban en las salas de las casas con las puertas abiertas. Prevalecía la sensación de que algo peor estaba por ocurrir.

La radio informaba que en los municipios de Nagarote y Mateare decenas de viviendas se habían desplomado. Eso cultivaba más el temor.

Ya muy noche, también faltó el agua; y de pronto varios vecinos nos encontramos haciendo una fila frente a la pulpería para comprar bidones con agua, candelas y fósforos. Seguíamos las recomendaciones de prepararnos para una eventualidad que podía ser trágica.

Así, alertas y agotados, nos encontró el sol. A las 5:30 de la mañana, doce horas después del terremoto había que alistarse para ir a trabajar. Creo que dormí al menos dos horas; creo, porque quizás no profundicé tanto el sueño. Seguía abierta la puerta de la sala de mi casa, y las de casi todos los vecinos porque afuera la gente seguía en grupos, comentando lo tensionada que había sido la noche. Sin embargo, miré en sus rostros un poco de alegría por haber conseguido llegar vivos al nuevo día y sin la noticia de que hubiera ocurrido otro terremoto.

Solo los chavalos jugaban en la calle, algunos celebrando que este viernes no habría clases. Por lo visto, estos niños vivieron el susto del terremoto de otra forma, muy diferente a los adultos que aún seguimos alertas ante lo impredecible de la naturaleza.

ipalacios@elnuevodiario.com.ni